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16 OPINIÓN VIERNES, 4 DE ENERO DE 2013 abcdesevilla. es opinion ABC LA TRIBU TRIBUNA ABIERTA ANTONIO GARCÍA BARBEITO REYES Un año te pedí a ti el que se convirtió en el más hermoso juguete de mi vida: un diccionario JOSÉ LEÓN CASTRO, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO JOSÉ LEÓN- CASTRO ALONSO Catedrático de Derecho Civil N UNCA te lo pregunté, aunque yo me lo preguntara cien veces todos los años, cuando veía los regalos de los chiquillos de familias pudientes del barrio. Me lo pregunté la primera vez cuando descubrí que los Reyes Magos de la noche del 5 eran algo mío, solo mío, de todos mis sueños, y yo, en el amanecer del 6, era cosa ajena a cuanto mis sueños habían calentado bajo las frías sábanas de la noche de vísperas. Yo había escrito mi carta, y en mi carta- -aunque con faltas de ortografía- -estaban muy claras mis peticiones, y nada de lo que pedí, nunca, lo hallé en el comedor, bajo el cuadro de la Sagrada Cena, en el suelo, aquella mañana que perdía su mágica realeza ante la mirada de un niño desencantado. Nunca, cuando veía a los niños con bicicletas de dos ruedas, rifles que disparaban triquitraques, balones de fútbol de reglamento, patines, pistolas de tambor que se abría y se cargaba de mixtos y que parecían las del Oeste que veíamos en el cine, te pregunté por qué eran tan pobres los Reyes Magos que habían estado en casa, si en la misma calle habían dejado maravillas y a José y a mí solo nos habían dejado una pelota de goma que, cuando se vaciaba, llenábamos con una aguja que le pedíamos a doña Isabel la matrona y una bomba de bicicleta, un carrillo de mano y una palita y un rastrillo, juguetes que muchas veces no llegaban vivos más allá del día del estreno. Nunca te lo pregunté. Pero quizá la pregunta la viste en mi cara, cuando, junto a mi madre, esperabas nuestro despertar, a ver qué impresión nos llevábamos. ¿Por qué nunca aquel coche de pedales tirado por dos caballos de madera, blancos y hermosos? ¿Por qué nunca un mecano, aquella cosa que yo pedía sin saber bien qué era? ¿Por qué siempre un Juego de la Oca, una lotería, ya como Reyes para todos, si lo que yo quería era ser John Wayne en La Verea, Burt Lancaster en la Mauré, Campanal en el patio y en la calle... Un año, cuando supe que los Reyes que venían a casa eran tan pobres como nosotros, en vez de escribirles, te pedí a ti el que se convirtió en el más hermoso juguete de mi vida: un diccionario. Tenía once años y todavía sigo jugando con él, mira si me ha durado. Aquel diccionario me trajo otros, y entre todos me llevaron a las palabras, por las que sigo torpemente tratando de aprender a juntarlas. Fue para mí como asomarme al País de las Palabras Definidas. Y siempre que digo catacumba indeleble lubricán lucero vuelves a echarme los Reyes, los mejores Reyes. Nunca te lo dije, pero fuiste, sin más dinero que el cariño, mi mejor Rey Mago. El único. gbarbeito telefonica. net AMÁS calle alguna tuvo nombre más justo, Pureza, para ver en ella nacer el 4 1 1913 un sevillano irrepetible: José León Castro. Hoy, centenario de su nacimiento, confieso que me sobra el corazón y no sé por qué me sigo perdonando la vida cada día Quienes conocieran al Dr. León Castro le recordarán preocupado en practicar y hacer practicar una medicina del enfermo más allá del órgano y la enfermedad. Tan humana actitud le condujo a un dilema insoluble: ¿quiénes serían más desafortunados: los enfermos que lo están, o el médico que ve impotente cómo desfilan? Los primeros latidos vocacionales le llegarían de los maestros del Campo y Andréu Urra. Pero será en la Universidad de Santander donde hallará y abrazará una nueva forma de humanismo basada en la ética católica, merced a la herencia legada por la escuela alemana de comienzos del XX y al descubrimiento de la Metafísica que le ofrece la venerable figura de Maritain. Tan honda fue la huella que a partir de ahí entiende la fragilidad del neopositivismo de una juventud marcada por la lectura de Comte para explicar verdades tan profundas que solo la guía de S. Pablo o S. Agustín, T. de Chardin, G Morente, Unamuno o Machado, podían esclarecer. La Cátedra le aguarda pero, no obstante el vasto bagaje que sus múltiples monografías y el prestigio nacional e internacional labrados le otorgan, y pese a que nada parecía poder frente al sectarismo militante bajo el lema de que la verdad del hombre es lo que omite, León Castro se propone desdecirlo con ese talante severo y humilde tan suyo, invocando con Giambattista Vico el postulado inverso: la única verdad del hombre habita en lo que es y hace. Al fin llega aquella (Cádiz, 1954) remisa aunque justa como ninguna, y Sevilla no podía privarse de uno de sus más preclaros hijos de modo que a ella retorna en 1956, siquiera fuera para ocupar la vacante dejada por su siempre honrado maestro J. Andréu. Su trabajo no cesa: miembro de la Sociedad Española de Patología Digestiva y la Sociedad Médica de Hospitales, dirige su órgano de difusión, Anales de Medicina de Sevilla medios a través de los cuales va forjando lo que sería la Escuela de Clínica Médica de León Castro. La consagración llegaría, ¿cómo no? con una lección que con ocasión de su ingreso en la Real Academia de Medicina el 9 6 1963 pronuncia bajo un título que no precisa corolario, La Medicina actual y la cultura contemporánea y cuyo final no podía ser sino un lírico y hermoso canto a la Fe y a la Esperanza. Sin embargo, pronto descubre que la Universidad que heredó no es la idealizada desde su madurez temprana, pese a lo cual su honestidad e integridad universitarias y su entrega profesional a los demás, le llevan en 1969 a J En palabras de su biógrafo Miguel Ángel Yáñez Polo, bien podría decirse que José León Castro representa el último humanista olvidado de esta ciudad... dictar un Curso de Sociología Médica que constituye un grandioso homenaje a la Deontología, especialmente exigible a la clase médica, sobre los más firmes pilares de la compasión, la bondad y la caridad, tan necesarias para compartir el sufrimiento ajeno, tal vez por comprender mejor que nadie que vita mutatur, non tollitur. En aquella Universidad, cuyo deterioro inició un camino imparable hasta hoy, su magisterio nunca precisó de aulas, ni de planes de estudio, ni de cómplices prebendas, ni serviles adoctrinamientos. En su conciencia solo cabían: la generosidad que le llevaba hasta regalar el don más preciado, el propio tiempo; la humanidad, arraigada en un indeformable sentimiento que le hizo afirmar que después de la Fe en Dios es la Fe en los hombres lo que más necesita el mundo actual; y la rectitud para asumir que a todo se ha de preferir la amistad y el amor excepto a la justicia. Con tales virtudes, el Prof. León Castro supo inculcar a cuantos le requirieron, el valor del gesto o la palabra incluso cuando, fracasado el saber y agotados los medios, únicamente queda la senda que conduce al Señor desde nuestra realidad cierta e implacable. José León Castro falleció el 14 4 1973- -pronto hará 40 años- -quién sabe si víctima de cuanto habían sido sus ideales. La creciente masificación, el vulgar especialismo, la socialización de la medicina, y las circunstancias de un mundo deshumanizado, todo estaba reñido con sus más íntimos principios. La misma añoranza que él podría sentir hoy ante todo esto multiplicada, además, por el dolor de su ausencia, sentirán cuantos le conocieron y gozaron: su mujer, sus hijos, sus discípulos, sus amigos y, sobre todo, sus enfermos en todos los que, lo asevero, vive su recuerdo por mucho que pudiera superarles un sentimiento natural e inevitable de orfandad ante la inmensidad de su figura. Pero por desgracia a veces la muerte se improvisa y ahí, en su desatino o su extemporaneidad, radica su fracaso. Hacía tiempo que, temiéndole a una soledad que los más cercanos trataron de combatir a su lado para que nunca le poseyera, y que otros, mediocres y mezquinos, alimentaron a diario al par que su propia envidia, había decidido apearse del aire y desde el cielo, seguir velando por cuantos tanto lo necesitábamos. En palabras de su biógrafo y dilecto discípulo M. A. Yáñez Polo, bien podría decirse que José León Castro representa el último humanista olvidado de esta ciudad... por ahora. Pero ya que hacia otra luz más pura partió el maestro de la luz del alba, rindámosle gratificados ese duelo de labores y esperanzas que él siempre deseó y creyó. Hoy apenas nos quedan este puñado de recuerdos que, a fin de cuentas, son la única realidad humana, porque lo presente deja de serlo a cada instante, el futuro es siempre incierto, así que toda nuestra vida se acoge a la inmensa liturgia del pasado. Sin embargo, el caudal completo de su íntimo tesoro solo Dios lo habrá estimado desde aquel 4 de enero de 1913. A nosotros, que lo disfrutamos sin apenas conocerlo y lo conocimos sin apenas disfrutarlo, solo nos queda el don preclaro de la memoria a la que nos entregamos evocando su sueño con la machadiana sentencia a modo de su Evangelio apócrifo: Vivid, la vida sigue los muertos mueren y las sombras pasan lleva quien deja y vive el que ha vivido ¡Yunques sonad, enmudeced campanas!