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32 Sevilla LUNES 22 7 2002 ABC ALFÉIZAR ROSA DÍAZ LA ÚLTIMA DE MIGUEL ÁNGEL YAÑEZ POLO TOMATES FRITOS... ROJOS Sobre la metafisica del sevillano NOMBRE: Miguel Angel Yáñez Polo. EDAD: Sesenta y un años OCUPACIÓN: Sevillano. Ha ejercido la medicina, escritor e historiador de la fotografía. Acaba de publicar la Historia de la Fotografía Documental de Sevilla. SU FRASE: No me da miedo morirme. Pero me da pánico no conocer. Lo más grande del hombre es su capacidad de conocimiento E SPECIFICO el color porque esto no va de película. Encantadora película, que empezaba con paseo por la vía del tren y mala pata, y terminaba con juegos de gastronomía donde un comisario acababa comiéndose en salsa, a cierto marido matón y abofeteador de chica honesta y exprimida. Luego, el tal agente de la ley, se quejaba de no encontrar a la víctima. Será, que toda víctima suele estar dentro de nosotros. Pura mística. La antropofagia nos va desde siempre, aunque los vericuetos donde solemos ocultarla, sean innombrables como el mismo nombre de Dios. Bueno, pues como dije no va de película sino de realidades y es que, la otra tarde, me llamó mi nuera por teléfono para preguntarme algo verdaderamente insólito en la juventud de ahora. Me dijo: -Rosa, ¿cómo se hacen los tomates fritos? Yo pensé, que la criatura había comprado una lata de quilo de esas marcas que todos conocemos, pero me respondió que no, que cuál era el procedimiento íntegro, de los tomates que llegan directamente de la tierra al perol. Mi nuera se llama Fátima. Es moderna. Y guapa. Usa una talla treintaiseis. Trabaja todo el día en Sevilla y se recoge en el Aljarafe, en esas casas a cinco minutos del Cachorro, a un tiempo respetable en horas punta, y a hora y media con Cumbre Europea. Vamos, quiero decir, que mi nuera, tiene una vida con mucho tomate como todo hijo de vecino. Con las recetas de cocina se ha hecho hasta muy buena literatura, y si no, nada más hay que leerse el capítulo de Paradiso, donde Lezama Lima, describe a la señora Augusta haciendo natillas, pero no natillas de fonda. Mira hija, tienes que escaldar los tomates con agua hirviente, los pelas, los troceas pero no le quites las semillas, porque es el marchamo de la autenticidad del acto heroico que vas a acometer. Tritúralo. Calienta abundante aceite y no espere que humee demasiado, fríe unos dientes de ajos y antes de que tomen color, pon una pizca de pimiento molido apartando la sartén. Viértelo en esa pasta rosa que bulle en la cacerola, quítale a la vitrocerámica su prisa compulsiva y que retorne al fuego de sus padres, al chup chup compatible con las salpicaduras, remueve y tapa, destapa y remueve, prueba, y según la acidez, distribuye azúcar, con tacto, eso sí, con mucho tacto. Ahora yo voy y beso la mano de Fátima como una reliquia. La beso. Aunque ella no sea la hija del profeta. OR la ventana del estudio entra la luminosidad insultante de julio sin llamar, si pedir permiso, inundando una estancia abarrotada de libros y recuerdos, transportando en su vital claridad el eco plácido de los gorriones y los ladridos alegres de los perros. Sentado, al lado de esa ventana abierta al verano hispalense, está Miguel Angel Yáñez Polo, con cierto ademán borgiano en su talante, hablando quedo, despacio, con precisión de escritor y memoria de elefante. Y habla de Sevilla y de los sevillanos, de la metafísica hispalense, de esos dos hijos distintos y complementarios que la madre tierra local pare, diariamente, desde que somos lo que somos. Y con un sutilísimo humor a mitad de camino entre la especulación filosófica y la visión castiza, Miguel Angel Yáñez, me dice que el sevillano responde, en líneas generales, a dos grandes grupos. El extrovertido, alegre, jaranero, bullanguero, amante del Rocío y del capillismo, propenso a los altos decibelios y chistoso; y el otro grupo: el introvertido, solitario, de cierto tinte funerario, que no es ni capillita ni rociero y eso no quiere decir que no le guste ni la Semana Santa ni el Rocío, enamorado de las piedras de su ciudad, metafísico y, para los otros, esaborío y malage. Yo me hago un auto test y doy positivo, me veo malage. Pero reivindico al sevillano esaborío comenta. La muerte, los toros y Curro. Hablando sobre la actitud hispalense ante la muerte, tan distinta en su forma de entenderla a la de otras latitudes, Miguel Angel Yáñez te lleva a analizar el léxico del sevillano para definirla, quizás entre el respeto extremo y el humor negro. Aquí cuando alguien muere se dice que palmó, la espichó, estiró la pata, una mezcla conseguida entre el infortunio y la alegría. A mi la muerte no me da miedo. Me da pánico no conocer. Lo más grande del hombre es su capacidad de conocimiento Quizás por eso, me recuerda, una tarde de toros en el tendido 3, donde asegura que se ha criado, en una tarde no muy afortunada de Curro que los sevillanos P Yáñez Polo, en su medio habitual, la biblioteca entendieron con respeto y benevolencia, un mal día de un matador que le dio a su público muchas tardes inolvidables. En el tendido había un tipo que no era de aquí ni entendía nuestras cosas. Y se pegó todo el tiempo insultando a Curro, que si la entrada le había costado tanto, que si no toreaba nunca. Hasta que un paisano no se pudo aguantar más y, voz en grito, le contestó que ni con la madre Angelita, ni con Curro, ni con el jamón de pata negra le consentía que se metiera porque atacar esos tres símbolos era lo mismo que atacar a Sevilla y a su gente. El aplauso que le dimos fue tremendo y es posible que el tipo aquel entendiera un poco de qué pasta está hecha Sevilla y los sevillanos La fotografía, la medicina, la escritura, Entre estas tres pasiones Nieves Sanz Yo me hago un auto test y doy positivo, me veo malage. Pero reivindico al sevillano esaborío se mueve la vida de Miguel Angel Yáñez Polo. Su archivo fotográfico es la memoria viva de la ciudad y su gente desde 1840. Una mina para rastrear la sociología, el urbanismo, la arquitectura, la sicología popular, las costumbres de esta ciudad que, algún día, alguien tendrá que interesarse por ella para que ni se pierda ni se disperse; fue médico internista, discípulo de José León Castro y Grande Covián quiso llevárselo para EE. UU, pero, me asegura, lo salvó un sueño, en el que me veía lejos de la calle Sierpes y sin posibilidad de hacer los ejercicios espirituales por el río y aquí me quedé y escritor, un finísimo narrador amigo de Ernesto Sábato, con quien ha paseado por Dueñas y a quien le da la razón cuando le dijo que los escritores que son fieles a sí mismo no pueden evitar que le salgan siempre los mismos fantasmas independientemente del medio que elijan Miguel Angel Yáñez ha elegido ser fiel a su metafísica sevillana, a esos sevillanos esaboríos y malages que, sin hacer ruido, son capaces de hacerte feliz sin un chiste ni una gracia, sólo con el don de su talento y su capacidad para reconocernos en una ciudad con muy mala memoria. J. Félix MACHUCA