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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE El Royal Scotsman es el mítico ferrocarril escocés que recorre un paisaje de irregulares cañadas, picos solemnes o lagos cristalinos. Los pasajeros de este lujoso tren disfrutan, al son de los gaiteros, de la historia, la gastronomía y la geografía de las Tierras altas escocesas huéspedes para leer o para tomar un par de güisquis escoceses por la noche mientras al son del acordeón entonan canciones escocesas que levantan al pasaje. La cena ha sido de gala y los hombres lucen su kilt con chaquetas de terciopelo negro. Los güisquis, la música y las canciones surten su efecto, y hay quien no puede evitar que se le escape alguna lágrima, sobre todo a aquellos que emigraron años ha a Suráfrica, a América o a Australia y vuelven a recorrer su tierra natal a bordo del Royal Scotsman. Este vagón, llamado Observador tiene un balcón exterior, ideal para aspirar el aroma de las flores y de los pinos y ver como el tren va cruzando castillos, lagos y praderas vestidas de una hierba salvaje, morada y florida. La gente se va conociendo. Cada noche a la hora de las copas en el vagón Observador surge alguna anécdota nueva, mientras una joven escocesa pasea sus dedos por un arpa de la que se escapan notas del folklore escocés. El Royal Scotsman hace sus paradas en puntos estratégicos: La playa de arena blanca de Morar Sands poblada de gaviotas y amenazada con negros nubarrones: ¿Por qué será que los nativos al agua le llaman El sol líquido de Escocia La visita a Fort William está repleta de historia, gracias a Ray Owens, que vestido de auténtico escocés desmenuza los pormenores históricos de su nación. Así comenta como aquel puente a lo lejos fue escenario de una de las películas de Harry Potter y opina sobre la versión cinematográfica de Braveheart que según él difiere un tanto de lo que se podrían llamar hechos contundentes Tras haber pasado por las afueras de Glasgow se llega a Wemyss Bay desde donde se coge el ferry a la isla de Bute para hacer una de las excursiones más atractivas del viaje. Ya desde el barco se otea un pueblo de construcción victoriana, poblado de casas pintorescas, yates y barcos de recreo en el puerto con un ambiente de veraneo. La joya de la isla es Mount Stuart espectacular mansión gótico victoriana, fantasía del tercer Marqués de Bute y su arquitecto Sir Robert Rowand Anderson. El jardín poblado de hortensias, estanques es un aperitivo de la grandiosidad de la casa y del frondoso bosque que la rodea y que esconden la vista del colindante océano. El Royal Scotsman pone ruta a Edimburgo, la tripulación y los pasajeros se despiden, se toma la última copa y el ensueño de la Escocia añeja se desvanece al salir del tren para sumergirse en el ritmo trepidante de un festival que durante un mes combina el pasado con el presente y augura el futuro en todas las posibles formas del arte. Más allá del tren de vida, restaurantes y tiendas con productos típicos. Cada poco, entre la regia arquitectura victoriana, aparece un callejón; son los closes albergaban destilerías, gremios, historias terroríficas... Desde la ventanilla... A Edimburgo le rodean siete colinas, y tras ellas se adivina un paisaje alfombrado de verde, salpicado por ovejas de blanca lana y cabeza negra y adornado por la flor nacional de Escocia, la thistle que con su tono lila oscuro embellece los campos. Nada mejor para adentrarse en este bucólico escenario que un viaje a través del tiempo a bordo del mítico ferrocarril Royal Scotsman. Guarecido en la estación de Waverley, aguarda su partida en lo que fue el Lago Nor que tras su desecación en el S. XIX se convirtió en la segunda estación ferroviaria más grande del Reino Unido después de la de Waterloo en Londres. Desde allí el Royal Scotsman comenzará al son de los gaiteros, su peculiar recorrido por la historia, la gastronomía y la geografía escocesa. El color de sus vagones es de un rojo oscuro matizado por el escudo amarillo y azul de la compañía ferroviaria. OrientExpress Hoteles, Trenes y Cruceros adquirió el tren hace algún tiempo. El tren guarda todo el encanto de antaño, el sabor de la gastronomía escocesa y sus rituales. De los variados itinerarios que realiza el tren en su recorrido por Escocia, esta ruta en especial encauza las tierras altas del oeste. La primera impresión es acogedora y elegante. Si los vagones a la antigua usanza brillan como un espejo, el interior cubierto en madera es un ejemplo de nitidez. Y no es de extrañar, la tripulación cuida cada detalle y estará pendiente de hacerle la vida agradable a los 36 pasajeros a los que da cabida el tren. Los dormitorios tienen de todo. Su decoración de camarote de galeón incluye un escritorio, armarios, ducha y una mesilla donde por las tardes aparece un pergamino con los pormenores del viaje. Antes de deshacer el equipaje la curiosidad por recorrer el tren es inevitable. En el vagón restaurante con sillones de orejas, las mesas esperan a los comensale con velas, cubertería de plata y vajilla de porcelana con el escudo del tren. En el siguiente vagón por la ventanilla de la cocina aparece el chef que deleitará el paladar del pasaje con sus exquisitas vieiras del Atlántico, el solomillo de Buccleuch o el ciervo con grosellas. A este vagón le sigue la biblioteca repleta de libros y con un par de mesas que invitan a escribir, a jugar o a desayunar por las mañanas. El coche siguiente es donde realmente se hace la vida. Mezcla de cuarto de estar, bar y salón de lectura, allí se reúnen los Un mundo sobre raíles Los güisquis y las canciones surten su efecto, y hay quien no puede evitar alguna lágrima, sobre todo aquellos que emigraron y vuelven a recorrer su tierra a bordo del Royal Scotsman