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16 8 09 LA IMAGEN La abogada de los narcos TEXTO: ENRIQUE SERBETO FOTO: AP Y EFE or desgracia, el narcotráfico es una de las principales actividades económicas de México. Tan unido está a la cultura popular que ha creado su propio universo, sus héroes y sus villanos, sus corridos y sus leyendas. Por tener tiene hasta su propio santo, san Jesús Malverde, el bandido justiciero que robaba a los ricos y socorría a los pobres. Todos saben que también tiene sus alcaldes, sus diputados, tal vez sus ministros, puede que sus sacerdotes, sus deportistas, sus policías, sus periodistas; el dinero de la droga mancha pero no huele y en muchas partes del país es más abundante que el del Estado. En Monterrey tenía- -como no podía ser menos- -su abogada: Silvia Raquelenel Villanueva, que se hizo célebre defendiendo sin pudor a los cabecillas de los principales cárteles de narcotraficantes mexicanos. Célebre y rica, puesto que, como dice su personaje en el corrido que ya le han dedicado, de que les cobro les cobro; eso no le quede duda... No vengo a defender monjas ni sacristanes ni curas, vengo a sacar a mis clientes padrinos y jefes de los principales cárteles de la droga. Todo ciudadano tiene derecho a una defensa y un juicio justo. ¿Qué pasa cuando alguien se especializa en defender a los que se sabe sin ninguna duda que son auténticos criminales? A Silvia Raquelenel se lo dijeron cuatro veces, con cuatro intentos de asesinato a balazos, antes de que el pasado domingo cinco sicarios le enviasen el último mensaje al que no podrá responder, al menos desde este mundo. La tesis de la abogada de Monterrey ha sido siempre muy simple: un policía o dos no pueden garantizar la impunidad a un narcotraficante. Para eso hace falta un jefe muy alto, con estrellas en los galones De sus clientes se quejaba porque en lugar de limitarse al trasiego de cocaína colombiana o marihuana local, habían sucumbido a la tentación del crimen a palo seco. Sin embargo culpaba del estallido de criminalidad en México a la llegada al poder de Vicente Fox, que terminó con siete décadas de monopolio del PRI. Es posible que con eso solo confirmara sus simpatías políticas, porque en México la corrupción se ha pegado a la política desde hace mucho hasta un punto que ni con estrellas ni con galones se puede terminar con ella. P