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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Los tarados van en patinete POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE gosto es un mes altamente peligroso y el simple hecho de terminarlo supone un motivo de alegría y celebración; y digo esto con las precauciones y las alarmas propias de la fecha de hoy, pues queda por delante la segunda mitad de él, tan peligrosa o más que la primera. Tal vez sea, sencillamente, una cuestión de temperatura, pero el caso es que algo muy especial tiene este mes que todo aquel que esconde una mala tendencia, va y la muestra. Asesinatos espeluznantes, con los intrumentos más brutales y a A los seres más próximos y queridos; agresiones, robos, abusos, desfalcos, incendios provocados... Un martillo o un hacha son, en cualquier otro mes del año, herramientas de trabajo, pero, en agosto, se convierten en objetos sospechosos... Uno ve, en diciembre, a alguien con un hacha y piensa: pues irá a por el árbol de Navidad lo ve ahora y lo más sensato es cruzarse de acera. En fin, los estudiosos del cerebro humano saben que allí cabe cualquier cosa, cualquier tara o tendencia y que hasta lo más impensable se ha pensado al menos una vez. Pues eso, agosto es como un patinete cuesta abajo para nuestros vicios y lacras... Y hasta los políticos, tan acostumbrados al disimulo y la envoltura, se destapan en agosto sin vergüenza ni miramientos. Y no me refiero, sólo, al espectáculo, generalmente deleznable, de sus posados playeros, sino a ese otro propio del relajo agosteño de no impedirle la salida al bicho que llevan dentro. Y cualquier día de cualquier agosto veremos a un gobierno superdemocrático y supergüay apropiándose de las armas del Estado para aniquilar a la oposición, y cumplir así esa vieja aspiración de cualquier representante del Pueblo en la Tierra de ser más chavizta que Chavez. Y el día de cualquier agosto que tal cosa ocurra, seguro que a la oposición le sale también su cara oculta de plañidera y mancillada, una especie de Belle de jour que por la noche se calza, con perdón, su guante blan- co... Si bien no hemos podido librarnos este mes de las noticias de martillazos, hachazos y cerillazos, afortunadamente, nuestros políticos se han comportado con una exquisita pulcritud democrática, gracias, tal vez, a esa labor sorda que hace el presidente Zapatero y su edecán, Fernández de la Vega, que tienen una idea tan clara de eso tan higiénico que se llama reparto de poderes que no corren el menor peligro de que ese reparto se haga en otro sitio o se haga mal. Pero, ya digo, aún queda casi medio mes de agosto por delante y ójala no tengamos que ver ninguna imagen políticamente espeluznante, como algún miembro del partido de la oposición acorralado, o perseguido, esposado, asustado, humillado y... liberado. O a la propia oposición secándose las lágrimas con la mano derecha mientras intenta quitarse el guante blanco de la izquierda. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Volando, volando POR XAVIER PERICAY o sé qué tienen las islas, que casi todo el mundo- -sólo conozco una excepción, Jon Juaristi- -se derrite por vivir en ellas. La culpa será de la literatura, me digo, tan contaminante. O de la imaginación, que para el caso viene a ser lo mismo. La verdad es que la simple alusión a una isla y a la posibilidad de instalarse en ella suele provocar en la mayoría de las naturalezas, un poco a la manera del perro de Pavlov, una secreción incontenible de felicidad. Es comprensible. En una is- N la se vive bastante bien. Y mucho mejor se viviría si uno no se viera forzado a abandonarla de tarde en tarde- -o sea, si uno pudiera permanecer allí toda su vida, hasta el extremo de olvidar que se encuentra en una isla- Porque el problema es tener que salir. En fin, seamos francos: el problema es el avión. Una vez descartados, por inservibles, el coche y el tren, y ante la imperiosa necesidad de ausentarse, uno debe echar mano del avión. No queda más remedio. Cierto: está el barco. Pero el barco es enemigo de la prisa y de la distancia. O sea, que no hay tu tía: si el tiempo aprieta, hay que salir volando. Y, claro, eso de volar no acaba de convencer a mucha gente. Y no sólo porque el que vuela se expone siempre a caerse, sino también por las incomodidades que conlleva semejante actividad. Dejemos ahora a un lado las estrecheces del aparato, que han ido convirtiendo a los pasajeros en unos dignísimos émulos de los contorsionistas del Cirque du Soleil. No, no estoy pensando ahora en esa clase de incomodidades. Pienso en las que van apareciendo de resultas de la imparable expansión del avión como medio de transporte. Por ejemplo, las relacionadas con el idioma. Si uno tiene la mala suerte de viajar en una compañía extranjera cuya lengua desconoce, ya puede irse preparando. Y, si no, que se lo pregunten al pasaje del avión de Vueling con destino a Alicante que la pasada semana tuvo que abandonar a toda prisa el aparato en el aeropuerto París- Orly, justo antes del despegue, por el incendio de un motor, y que a duras penas acertó a comprender, durante la evacuación, las indicaciones del personal de a bordo. Desventajas de ser francófono y no entender ni papa de español. Claro que también existen incomodidades de orden físico. O pueden existir en el futuro, si el presidente de Ryanair, Michael O Leary, se decide a llevar a la práctica sus amenazas. Por ejemplo, la de cobrarle al viajero un suplemento por usar el baño del avión. O la de hacerle pagar por viajar sentado. O, en fin, la de penalizarlo por no ser, a su juicio, una persona suficientemente agraciada. Y todo porque uno es isleño y, como a los pájaros, no le queda más remedio que volar. www. xavierpericay. com