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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE Una imagen demasiado frecuente en Afganistán y donde los afectados no cuentan con nada (AIHRC) calcula que novecientos civiles han perdido la vida en lo que llevamos de 2009 en Afganistán, de ellos el sesenta por ciento a causa de las acciones de la insurgencia y el resto por operaciones de las fuerzas internacionales. Novecientas familias más a las que poco o nada les interesan las próximas elecciones en las que ninguno de los candidatos ha dado importancia a las víctimas de esta guerra en la que vive inmerso el país desde la caída del régimen talibán. Las ong internacionales tampoco tienen programas específicos para ellos y fuentes de la Unidad de Derechos Humanos de la misión de Naciones Unidas (UNAMA) aseguran que su capacidad llega a una primera fase de toma de contacto y asesoramiento pero que carecen de programas para las víctimas de este tipo. Entre la comunidad internacional y los políticos afganos han creado un sistema de atención tan poco transparente que un afgano que sufre no sabe a dónde acudir. Al final todo depende de la rentabilidad política o de imagen que se le pueda sacar al tema lamenta un cooperante americano. Hamid Karzai, Abdala Abdala, Ashraf Ghani y Ramazan Bashardost monopolizan la información sobre un país en el que las elecciones mantienen paralizadas las instituciones. La comunidad internacional maneja un presupuesto de 223 millones de dólares, a los que hay que sumar los 100.000 dólares que costó el registro, en unos comicios en los que resultará tan complicado mantener la seguridad en los colegios electorales, como garantizar la limpieza del proceso ya que hay muchas áreas que continúan fuera del control del Gobierno de Kabul y de las fuerzas internacionales. Los problemas se amontonan en las mesas de los ministerios, blindados con muros de cemento y alambradas, que cada vez se separan más de un pueblo acostumbrado a sufrir. El país tiene infinidad de problemas, pero el de las víctimas de la violencia es el gran olvidado. No hay un mecanismo estructurado de ayudas por parte de las instituciones. Casi ninguna familia recibe asistencia informa Ahmed Nader Nadery, miembro de la comisión del AIHRC. Primero son los fallecidos, que se convierten en simples cifras en los titulares de prensa y pasan a engordar las estadísticas de las organizaciones interna- AFP Falta una política clara que ayude a supervivientes o heridos en atentados y acciones de guerra. Novecientos civiles afganos han muerto en lo que va de año cionales, pero detrás de los titulares quedan familias destrozadas, inmuebles dañados y consecuencias psicológicas que van marcando a este país a largo plazo confiesa Nadery. Ante esta indefensión absoluta, la AIHRC ha enviado una propuesta al Departamento de Veredictos Religiosos de la Corte Suprema para pedir a los clérigos que emitan una fatua (edicto religioso) que fije unas cantidades a percibir en caso de atentado. Su esperanza es que el respeto por la religión obligue a los políticos a solucionar el grave vacío legal al que se enfrentan día a día ciudadanos de todo el país. La Policía y el Ejército Nacional presumen de dar una cobertura a sus caídos y heridos en acciones armadas, pero cada día se producen más denuncias por parte de sus familias. Sobre el papel, el ministerio de Defensa garantiza España y las compensaciones 100.000 afganis (1.400 euros) a las familias que han perdido a uno de sus miembros. A los heridos se les traslada a buenos hospitales y si después del alta están aptos para el Ejército, vuelven a su puesto. Si no pueden volver, se les paga 50.000 afganis (700 euros) informa un portavoz del ministerio. ISAF no siempre paga por los muertos que causa asegura Nadery. Cada país de la alianza tiene una política diferente de compensaciones. ISAF tiene un protocolo y países como España siempre responden, y aunque ningún dinero es suficiente para pagar una vida humana, nosotros damos la cara aseguran fuentes militares españolas consultadas que no ofrecen cantidades porque las cifras varían en función de cada caso Estados Unidos es el país con mayor presencia militar y el que más víctimas civiles ha causado. Los bombardeos de aldeas civiles son los casos más célebres y que mayor volumen de muertes y destrucción provocan, pero hay otros incidentes como los denominados ROE Escalation (intensificación de las reglas de enfrentamiento) que resultan también mortíferos todas las semanas en las carreteras y caminos de Afganistán. En el intento de minimizar los posibles daños de los artefactos explosivos improvisados- -que son la principal causa de muerte de soldados extranjeros- los vehículos blindados circulan por la mitad de la calzada y el que abre convoy tiene la misión de ir limpiando el camino para que nada se aproxime a la columna. El tráfico en el país, especialmente en las zonas urbanas, es un auténtico caos y los tiradores de las torres de los blindados deben tomar decisiones en cuestión de segundos. Primero se dan las luces, después se dispara al suelo y finalmente a matar, el objetivo es evitar que un kamikaze se empotre contra el vehículo detallan fuentes militares. El pasado mes de febrero las fuerzas españolas mataron a un ciudadano afgano a causa de este motivo. Rodeada de sus cinco hijos, Zahra vuelve a guardar la fotografía de su hijo muerto con la esquela conjunta de los tres primos. Odia Kabul. Odia los cambios. Odia la llegada de las fuerzas internacionales. Odia a los talibanes o quien quiera que puso esa bomba. Maldice cada día esa fatídica mañana. Esto no es vivir, nos limitamos a pasar los días en la miseria esperando la muerte afirma desde la más absoluta impotencia. Seguro que su hijo fue portada en los periódicos de Occidente hace ahora un año y que tras el bombazo los editoriales de los grandes medios y los políticos afganos pidieron más dólares para mejorar la seguridad en Afganistán. Doce meses después, Ali es un número más. Nadie se acuerda de él. Nadie.