Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE José María de Areila, uno de los políticos qu e han dejado un a huella más pr ofunda en la ar ticulación de un a derecha civiliz ada y democrá tica LUIS ALONSO José M de Areilza En el centenario de José María de Areilza, el subdirector de ABC, Santiago Castelo, evoca la figura de aquel monárquico leal, político centrado y reformista, intelectual de honda cultura, diplomático, académico, escritor. Y por encima de todo, persona cálida, profundamente humana POR: SANTIAGO CASTELO ntre las personas que he tenido la suerte de gozar de su amistad, y que a medida que pasan los años se da uno cuenta de su importancia y su valía, está José María de Areilza. Al cabo de los años puede uno decir que conoció y trató a una de las personalidades más significativas y deslumbrantes del siglo XX donde Memoria de un gran liberal bramos una cena donde los gritos subversivos eran ¡Viva el Rey! Y allí escuché por primera vez hablar a José María de Areilza. Era un hombre que andaba por la cincuentena, con un porte extraordinario y un discurso claro, bellísimo, reformista que a los monárquicos nos ponía constantemente en pie. Eran la forma y el fondo: la elegancia de la persona y la hondura del pensamiento. Recuerdo que Darío Valcárcel, su gran amigo, decía que las palabras de Areilza se desarrollaban con un plan didáctico tan exacto que quizás la civilización no pueda darse sin esta clase de conversaciones. Abogado e ingeniero, Areilza fue un excelente diplomático en las más difíciles negociaciones que llevó siempre con su habitual cosmopolitismo y su profunda vocación intelectual. Años después de aquel discurso semiclandestino, tuve la suerte- -ya trabajando yo en ABC- -de que me encargaran de las Colaboraciones y ahí se estrechó nuestra relación. Porque José (Pasa a la página siguiente) Cosmopolita E se daban todas las calidades del intelectual puro con un gran prestigio literario y un talante conciliador amable y extraordinariamente liberal. Yo era muy joven cuando a finales de los sesenta, con un grupo de jóvenes monárquicos que nos reuníamos en casa de Jaime Miralles Álvarez en torno a Unión Española conocí al que entonces era jefe del Secretariado político del Consejo privado de Don Juan de Borbón, a quien llamábamos siempre el Rey Juan III. Recuerdo una cena, estrechamente vigilada por la policía secreta, un día de San Juan, en un restaurante popular, de esos de bodas, bautizos y comuniones que había en la calle de Bravo Murillo y que irónicamente se llamaba Casa Franco Allí, convenientemente vigilados, cele-