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26 7 09 ACTUALIDAD Camboya TEXTO Y FOTOS: PABLO M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A PHNOM PENH (CAMBOYA) a llaman la Montaña de Humo porque está constantemente cubierta por una espesa capa de niebla que ciega los ojos. Son las emanaciones de gases, sobre todo metano, que desprenden los desperdicios en descomposición, que pican la nariz e irritan la garganta. Eso es lo primero. Curiosamente, el mal olor viene después. Un repugnante hedor a podrido que, como una bofetada, se agarra a la pituitaria hasta que uno acaba mareado. Y envuelto en el zumbido de una nube de moscas que revolotean sin cesar, otro enjambre, pero éste humano, se agita rebuscando entre la basura y acarreando pesados sacos. Mientras tanto, a su lado no dejan de pasar camiones cargados con el maná que todos esperan con ansiedad: toneladas y toneladas de desechos. Bienvenidos al vertedero de Los niños de la basura Por un par de euros al día, cientos de personas, entre ellas decenas de niños, se ganan la vida rebuscando entre los desperdicios del vertedero de Phnom Penh, que luego venden a empresas de reciclaje. Vong, de once años, se pasa en el basurero desde las siete hasta el anochecer 8.000 riels (entre 1 y 2 euros) Para reunir ese dinero, él y sus seis hermanos se pasan desde las siete de la mañana hasta el anochecer en el promontorio de basura de Stung Meanchey, donde cada jornada llegan más de 200 camiones procedentes de Phnom Penh, una ciudad de tres millones de habitantes, y los pueblos de alrededor. El más pequeño de dichos vehículos transporta 1.000 kilos de residuos urbanos, que descarga sobre una marabunta que se abalanza sobre los desechos como fieras hambrientas a la caza de una presa. Todo lo que encuentran de valor lo venden luego a las empresas de reciclaje instaladas alrededor del vertedero, donde el trasiego es frenético. Al tiempo que los camiones vacían su carga, una apisonadora aplasta a toda velocidad los desperdicios para alisar el terreno y seguir rellenando la fosa del vertedero, que ya tiene ya varios metros de altura y recibe cada jornada unas setecientas toneladas de basura. Todos los meses muere alguien atropellado y todos los días hay varios heridos porque los conductores no tienen cuidado y ni siquiera miran por los espejos retrovisores se queja Vong Pheokhdey esquivando un camión de grandes dimensiones que hace temblar los bloques de hormigón colocados en el suelo, que sirven como carretera para abrirse paso sobre el montículo de basura. El muchacho nació en la provincia de Kampong Speu un sábado de enero de 1998, pero no recuerda el día y nunca ha celebrado su cumpleaños. Desde 2003 vive en las chabolas que han proliferado alrededor del basurero. Su padre, un alcohólico que tenía dos esposas, vendió la poca tierra que tenían y se trasladó a la capital en busca de un futuro más próspero. Lo mejor que encontró fue un terreno junto al vertedero donde plantaba berenjenas, así que pronto los siete hermanos acabaron rebuscando entre los desechos. Me levanto a las seis de la mañana, barro la casa y llego aquí a L Stung Meanchey, enclavado a las afueras de Phnom Penh, la capital de Camboya, y donde cientos de personas han hecho de la basura su forma de vida. Entre ellos destacan decenas de niños que, armados con sus ineludibles pinchos y cubiertos por una grasienta costra de mugre, escarban entre los desechos en busca de una lata, una botella de plástico, un zapato viejo, un trozo de hierro, un pedazo de aluminio o un cable de cobre que echar al saco de plástico. Para los demás, tan sólo son restos de objetos que ya han usado o no quieren, pero para ellos suponen su único sustento y la garantía de que su familia podrá echarse hoy al estómago un pequeño cuenco de arroz con verdura. Por un kilo de latas nos dan 200 riels y 300 por uno de plástico explica a D 7 Vong Pheokhdey, un niño de once años que, trabajando en el vertedero junto a su madre, consigue cada día entre 4.000 y Atropellados por los camiones Cientos de personas, entre ellas decenas de niños, se abalanzan sobre la basura tan pronto como es depositada por los camiones