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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE Andrea Busfield con un soldado afgano delante del palacio Darul Aman de Kabul sombreros pakoul y pistolas antiguas que databan de las guerras angloafganas. Y cuando el sol se ponía y la llamada a la oración se perdía entre la brisa, la ciudad se volvía mágica. Las tiendas adornadas con luces de feria y bombillas de colores brillantes daban a las noches un aire festivo; el humo del carbón de los puestos de kebabs flotaba por los paseos; y desde Wazir Akbar Jan hasta Shar- e Naw y Qala- e Fatullah, los todoterrenos abarrotaban las calles transportando a la gente a cenas, restaurantes y bares. Por la noche, lejos de la mirada de los afganos, los expatriados convergían en sus lugares predilectos, como los bares- restaurantes L Atmosphere, Gandamack y La Cantina. Aunque Afganistán es un país islámico, la prohibición de beber alcohol sólo se aplica a los musulmanes, y la única norma impuesta a los juerguistas occidentales era la de dejar las armas de fuego en la entrada. En 2005, Afganistán prometía oportunidades, salarios libres de impuestos y diversión; y Kabul ofrecía las emociones de la posguerra pero con muchos menos peligros que Bagdad. Por desgracia, para cuando me fui en 2008, los talibanes habían vuelto y ocupaban los titulares con bombas y ataques suicidas. El inagotable odio de una minoría volvía a destruir las esperanzas de la mayoría, y resultaba muy doloroso verlo. Para mí, Kabul era una mezcla fascinante de dos culturas diferentes que, cuando se respetaban mutuamente, trabajaban casi en armonía. Pero el país seguía atrapado en el lodazal del conflicto (y de vez en cuando, éste dejaba sentir su presencia en la capital) Al menos dos veces al año, la ONU y las principales ONG imponían toques de queda a su personal cuando se producían protestas por lo que se percibía como una injusticia o un ataque. Y en mayo de 2006, el Gobierno afgano dictó un toque de queda de una semana en Kabul después de que se produjesen disturbios tras una colisión mortal al norte de la ciudad en la que había estado involucrado un camión militar de Estados Unidos. En aquel entonces, más que asustada, gran parte de la comunidad de expatriados estaba molesta por el cierre a las 10 de la noche. Los atentados terroristas seguían siendo poco habituales en la capital y los civiles occidentales rara vez eran el blanco de la furia afgana. Afortunadamente, y no sin cierta ironía dado que yo era una empleada de la ISAF, mi libertad de movimientos nunca se vio restringida por los militares, y mientras muchos occidentales se subían por las paredes de sus complejos residenciales por el aburrimiento y la frustración, los periodistas extranjeros de la ciudad, junto con los afganos, seguíamos con nuestras vidas cotidianas sin encontrar la menor traba. Entonces, en enero de 2008, el mismo mes en que dimití de mi puesto, el hotel de cinco estrellas Serena fue atacado. Se decía que el hotel era prácticamente a prueba de bombas, pero algunos pistoleros se las arreglaron para asaltar el edificio. Seis personas murieron y otras seis resultaron heridas. En respuesta, las embajadas y las ONG impusieron confinamientos inmediatos (solamente se permitía salir al personal por asuntos que fuesen críticos para la misión y Kabul se convirtió en una ciudad fantasma. Al igual que sucedía después de todos los incidentes importantes que sacudían la ciudad, el miedo se disipó rápidamente, pero marcharse en mitad de aquello parecía una traición. Yo amaba Afganistán, pero había tomado una decisión e iba a seguir a mi corazón hasta otro sitio; el sitio en el que vivía mi novio. Conocí a Lorenz en Kabul y, ABC En 2005, Afganistán prometía oportunidades, salarios libres de impuestos y diversión; y Kabul ofrecía las emociones de la posguerra pero con muchos menos peligros que Bagdad Quería mostrar una cara diferente de Afganistán, lejos de la brutalidad, la guerra y la violencia interna que reflejan algunos libros y recientes titulares de periódico cuando él se marchó el verano anterior, sabía que tenía que seguirle. Por suerte, él estaba de acuerdo. Sin embargo, Lorenz vivía en Viena, y siendo una ex periodista de un tabloide que no hablaba alemán, era dolorosamente consciente de que las oportunidades laborales podían ser limitadas. Por tanto, en el otoño de 2007, empecé a escribir un libro. Cuatro meses más tarde veía la luz Bajo un millón de sombras. Es mi carta de amor a un país que se merece muchísimo más. Desde el momento de concebir la novela, sabía que quería mostrar una cara diferente de Afganistán, lejos de la brutalidad, la guerra y la violencia interna que reflejan algunos libros y titulares recientes. Y, por encima de todo, quería que a la gente le importase. Por eso decidí escribir una historia de amor narrada por un niño; alguien lo bastante joven como para ver el bien, independientemente de la ferocidad con que le tratara el mundo. También tomé la decisión consciente de evitar la política y la historia, y tratar de ofrecer una solución para una situación de una complejidad inimaginable. A través de mi héroe, Fawad, que está inspirado en un niño de ocho años al que conocí, espero haberlo conseguido. Y si algunos lectores pasan la última página y terminan con un pedacito de Afganistán en sus corazones, habré logrado todo lo que me propuse hacer.