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19 7 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Carta de amor a Afganistán Andrea Busfield llegó a Afganistán para cubrir la guerra de los talibanes para el periódico británico News of the World Allí se enamoró del país hasta el punto de que lo dejó todo por trabajar en un periódico afgano. En este artículo escrito para ABC nos cuenta el proceso de aquella fascinación, que le ha llevado también a escribir la novela Bajo un millón de sombras esde el momento en que puse el pie en suelo afgano, estaba perdida. Era el año 2001 y, unas semanas antes, Osama bin Laden y su alegre banda de asesinos habían arrasado las Torres Gemelas de Nueva York. Fue un momento decisivo en la historia y también en mi carrera, porque posteriormente me enviaron a Afganistán a informar sobre la guerra contra el terrorismo Como es comprensible, mis padres estaban fuera de sí de la preocupación. A decir verdad, yo no sabía qué esperar. Trabajaba para el periódico nacional más grande de Gran Bretaña; volaba en primera clase; me alojaba en hoteles de cinco estrellas; y me gastaba el dinero en milagrosas cremas faciales de precios desorbitados. Nunca había hecho una guerra antes; y fue un golpe. De repente, estaba durmiendo en un suelo polvoriento bajo una manta desgastada por el uso, duchándome con un cubo, bebiendo agua de un río, manteniendo una distancia prudencial con niños que llevaban armas de gran tamaño y añorando la electricidad. Al cabo de dos meses, había perdido más de doce kilos y medio porque tenía miedo de comer cosas con aspecto de estar más que caducadas. Y aun así, fue la experiencia más fabulosa de mi vida. Había una guerra, combates, minas terrestres tiradas por el campo, y fui alcanzada por un disparo, pero cada día traía risas, calor y amistad. Los afganos que me rodeaban eran corteses, curiosos y orgullosamente hospitalarios, y al cabo de tres meses había hecho amigos para toda la vida, algunos de los cuales son ahora como hermanos. Afortunadamente, ése fue sólo el comienzo de mi- -hasta ahora- -historia de amor de ocho años con el país. Cuando mi periódico perdió el interés por Afganistán, yo volví no como periodista sino como turista. Sin embargo, lejos de saciar mi interés, los viajes no hicieron más que acrecentar mi deseo de pasar tiempo de calidad en un país que me parecía completa y absolutamente fascinante. Por lo tanto, en 2005 me lié la manta a la cabeza y D Título: Bajo un millón de sombras Editorial: Ediciones B Páginas: 336 Precio: 19,5 Euros me trasladé a Kabul para aceptar un puesto cómodo y bien pagado dirigiendo el periódico Sada- e Azadi. Se trataba de una operación para tratar de ganarse los corazones y las mentes de la población financiada por la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad dirigida por la Alianza Atlántica (OTAN) Como sólo había tenido ocasión de pasar unos días en la capital después de la caída de los talibanes, los cambios que encontré eran enormes. En 2001, los fundamentalistas habían puesto casi de rodillas a la antes bulliciosa ciudad. Cuatro años después, las colegialas atestaban las aceras; los hombres jóvenes ya no ocultaban sus hermosos rostros bajo barbas de un palmo de longitud; las mujeres iban al trabajo con sombrillas para proteger sus caras sin burkas del sol; y los negocios florecían. La ciudad había despertado; y compartiendo ese nuevo amanecer había una animada comunidad de expatriados formada por diplomáticos, cooperantes, periodistas y agentes de seguridad. Por mis visitas anteriores, era muy consciente de las dificultades con que podía encontrarme por ser una mujer occidental en un país islámico. Por lo tanto, siempre tenía cuidado de respetar las costumbres, como la de vestir de forma apropiada, con los brazos y las piernas cubiertos, y llevando un pañuelo. También aprendí uno de los idiomas locales. Aunque mis esfuerzos eran apreciados, la mayoría de los afganos corrientes no eran ni remotamente hostiles hacia los occidentales. Cuando los hombres se quedaban mirando era por curiosidad y no por malevolencia. Nunca tuve Andrea Busfield Periodista y escritora Había una guerra, combates, minas terrestres tiradas por el campo, y fui alcanzada por un disparo, pero cada día traía risas, calor y amistad Tenía una casa espaciosa que estaba a dos portales de un popular prostíbulo; un hombre que cocinaba y vigilaba el lugar; un trabajo decente y un móvil al que llegaban cotilleos la impresión de que no era bien recibida y no me sentía vulnerable en absoluto. Por este motivo, no acepté el alojamiento gratuito que me ofrecieron tras las alambradas de espino del cuartel general de la ISAF. Contraté a un chofer y a un cocinero, y me trasladé a Wazir Akbar Jan, un barrio residencial relativamente lujoso que albergaba embajadas, sedes de organizaciones no gubernamentales (ONG) y buenos restaurantes. También visité un refugio para animales y me llevé a casa a un cachorro de cuatro meses al que llamé Blister (ampolla) porque su aspecto era por entonces un tanto sarnoso. Cuando me trasladé a mi casa del callejón 2, que salía de la calle 15, me sentía más feliz que nunca; tenía el perro que hacía mucho tiempo que quería; una casa espaciosa que estaba a dos portales de un popular prostíbulo; un hombre que cocinaba y vigilaba el lugar; un trabajo decente; y un teléfono móvil al que llegaban cotilleos e invitaciones de amigos extraordinarios. Kabul me dio una vida con la que nunca podría haber soñado en Londres; buena compañía y tiempo para disfrutarla. Lo que no quiere decir que estuviera exenta de dificultades. En Kabul, la electricidad era un visitante ocasional que aparecía durante cinco horas una noche cada 48 horas (o cada 72, cuando los ríos se secaban y las centrales hidroeléctricas se paraban de golpe) Al estar a 1.800 metros sobre el nivel del mar, los inviernos eran excepcionalmente crudos, con 20 grados bajo cero en el exterior y 15 bajo cero en el interior. Las cañerías se congelaban; había que sacar el agua de un pozo; los retretes se vaciaban a mano usando un cubo; y la calefacción era una fuente de frustraciones y peligros. Sin duda, el invierno era una amarga lucha contra vientos gélidos que cuarteaban la piel y traían ataques de bronquitis, pero en cuanto la nieve se derretía y salía el sol, todo el mundo lo seguía. En el centro de la ciudad, el núcleo turístico de Chicken Street era un hervidero de occidentales que regateaban para comprar alfombras persas, burkas de regalo, joyeros de lapislázuli, pañuelos,