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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE El astronauta Edwin Aldrin pasea sobre la superficie lunar. Fotografía tomada por su compañero Neil Armstrong mara de TV frente al Eagle, desplegar un detector de partículas solares, recoger 22 kilos de rocas, instalar un sismógrafo que registrase la posible actividad interna del satélite, disponer un retrorreflector de rayos láser para medir las distancias exactas a la Tierra, dejar un disco con mensajes de todas las naciones del mundo, junto a las medallas recibidas de la familia del primer astronauta, Gagarin, sellar la primera estampilla espacial de 10 centavos y, naturalmente, plantar una bandera norteamericana, así como hablar con el presidente Nixon, que les felicita y no puede evitar largar su discursito político: Espero que del Mar de la Tranquilidad venga la paz y la tranquilidad al mundo Duermen 4 horas y 20 minutos, lo que significa que han estado en la Luna algo más de 14 antes de encender los motores de despegue del NASA Todo transcurrió de forma tan ordenada que creí detectar entre los corresponsales que seguíamos el alunizaje cierta decepción. Esa fue precisamente la grandeza del Apolo XI Piensen que disponen de un solo motor, con 70 miserables toneladas de combustible, para ir y volver. Pero cuentan con una fuerza infinitamente más potente: la de la gravedad Eagle, que deja detrás sus patas, para dirigirse el encuentro del Columbia, que les espera en órbita lunar. Se acercan muy lentamente hasta marchar en formación, momento en el que el Eagle gira sobre sí y queda atrapado por los garfios de atraque de la nave nodriza. Se abren las compuertas entre ambas naves y comienza el trasvase del material recogido. Dura más de dos horas, y los dos astronautas pasan al Columbia, cierran la compuerta y se procede al desenganche del Eagle, que se deja caer sobre la superficie lunar. Misión cumplida, y pueden emprender el regreso. Son las 6,35 de la mañana del 22 de julio cuando encienden el motor que debe devolverles a la Tierra. No necesitan tenerlo encendido más que dos minutos y medio para escapar de la gravedad lunar y entrar en la terrestre. En adelante, se dejarán llevar por ésta, cada vez más fuerte, en un viaje de 60 horas que no ofrece ninguna novedad. La zona prevista para el amerizaje está azotada por el temporal, y hay que elegir otra, al SE de Hawai. El portaaviones Hornet será el encargado de recogerlos. Llegan a 40.000 kilómetros por hora y no necesitan frenos: el rozamiento con la atmósfera terrestre reduce su velocidad, aunque deja la cápsu- la al rojo. Las tres series de paracaídas van abriéndose sucesivamente y a las 18,50 del 24 de julio de 1969, 8 días, 3 horas, 18 minutos y 35 segundos después de haber salido de Cabo Kennedy, el Apolo XI da por terminada satisfactoriamente su misión. No traen oro, ni diamantes, ni aventuras exóticas que contar. Pero han cumplido un viejo sueño de la humanidad. Por cierto, todavía hay gentes que sostienen que no hubo tal ida a la Luna, que todo fue un montaje televisivo y dan como prueba la bandera plantada allí, que se agita por el viento, cuando en la Luna, al no haber atmósfera, no hay viento. Esa gente no se ha enterado de que las trece bandas rojas y blancas de la bandera norteamericana no van simplemente cosidas, sino fruncidas, precisamente para dar la impresión de viento aunque no lo haya.