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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE cionado entenpodría ción niendo en orden sus papeles con objeto de procurarse un pasaporte y pasar también la frontera. El día antes de suicidarse regresó a su casa para recoger el dinero y las alhajas para huir, pero una vez allí se enteró por los periódicos de la per- secución de que era objeto, y observó además que la Policía intentó forzar la puerta de su casa. Entonces fue cuando decidió suicidarse. Carmen Atienza, enterada de que su marido acababa de suicidarse, quiso declarar lo que sabía rela- con el crimen, diendo que así atenuar la acde la justicia. Confesó que intervinieron en el crimen un tal Honorio, dueño de una casa de huéspedes y un muchacho joven, hijo de un teniente coronel de la Guardia Civil. La Policía, con esos datos, tomó nota de las casas de huéspedes, y encontró que una de ellas estaba a nombre de Honorio Sánchez Molina, en la calle de las Infantas. En la casa, el administrador de Honorio declaró la verdad de la vida de éste, y contó que la casa de la calle de las Infantas estaba hipotecada, y lo mismo la fábrica de harinas de Daimiel. Respecto a los amigos íntimos de Honorio, pronto sonó el nombre de un muchacho llamado José, oficial de Correos. Al relacionar esto con lo declarado por Carmen, se confirmó que el indicado era José Sánchez Navarrete. Al llegar la Policía a la calle de Orellana, número 5, y serle facilitada la entrada al piso de Navarrete por una muchacha, ésta dijo al comisario que su señorito estaba cenando con su madre y que iba a pasarle recado, a lo cual se opuso el Sr. Fenoll y se dirgió al comedor. El comisario rogó a Sánchez Navarrete que tuviera la bondad de acompañarle a la Dirección, pues tenían orden de conducirle allí con objeto de que prestase declaración, y en seguida tranquilizó a la madre diciéndole que su hijo seguramente regresaría a su casa al poco tiempo. Navarrete se puso a la disposición del comisario, demostrando gran serenidad y gran cinismo, y rogando al señor Fernoll que le permitieran pasar a sus habitaciones para lavarse la manos. Se negó a ello el comisario, y entonces Navarrete dijo que iba a buscar el sombrero, y se disponía a hacerlo cuando el comisario ordenó a Navarrete que no se separase ya de su lado. Volvió a ser cacheado más detenidamente Navarrete, y se le encontró en uno de los bolsillos un libro de La imitación de Jesucristo, y en una de sus páginas una cedulilla certificando que había comulgado en su parroquia, se supone que pocos días después de cometerse el crimen. En cuanto a Donday, una vez en París, cambió el dinero que llevaba por francos, obteniendo la suma de 6.000 y pico, y como este dinero no le bastaba para pasar a Londres y poder vivir allí algunos días, como era su deseo, decidió irse a Dieppe, donde tenía conocidos, y jugarse allí el dinero, con ánimo de aumentarlo; pero la suerte no le favoreció, y en Dieppe perdió cuanto llevaba. Regresó a París, y allí se enteró por los periódicos del suicidio de Teruel y de la declaración de Navarrete. Y tras darlo todo por perdido, decidió presentarse en la Embajada y confesar lo que sabía. Arriba, el cadáver del criminal Antonio Teruel momentos después de suicidarse. A la derecha, los serenos Eliseo y Constantino, que alertaron a la Policía. Abajo, fajo ensangrentado de ejemplares de ABC que transportaba el tren expreso