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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Grande entre los grandes por siguiriyas y fandangos, hombre de palabra, carismático, celoso de lo bueno y desdeñoso de la mediocridad, necesitado de sus rincones y cenáculos íntimos, Los Canasteros que abrió en Madrid en 1963 de regreso de una triunfal gira por América con su hija Luisa y fue bautizado por la Duquesa de Alba como el Teatro Real de los Gitanos, ha quedado en la historia como el arquetipo del tablao, la referencia cuasilegendaria a la que todavía hoy las nuevas canteras de guitarristas y bailaores se refieren con ojos encendidos por el hechizo de la fábula. El Madrid flamenco en que Caracol abrió las puertas de su sa- la de fiestas, y en el que existían ya las de Alberto Verdasco Café de Chinitas Manuel del Rey Corral de la Morería y Gitanillo de Triana (El Duende era el de las andanzas bohemias y la cosecha de laureles de Faíco Adela Chaqueta Bambino Porrina de Badajoz Sordera Carmen Mora, Juan y Toni El Pelao Mario Maya, Calderas de Salamanca Fernanda y Bernarda, María Albaicín Paco de Lucía, El Güito José El Rumbero Paco Valdepeñas, Manuela Carrasco, Camarón de la Isla Pansequito Indio Gitano Juan Habichuela Blanca del Rey, Antonio El Camborio Manolete Las Grecas Rosa Durán, Ramón El Portugués Manzanita Antonio Arenas, José Mercé Los Chorbos Amina, Marote El Tupé Serranito La Marelu Un Madrid, en fin, con el Duende haciendo de las suyas por las esquinas. Imbatible en las fiestas gitanas, Caracol fue también, por su señorío, su arrolladora personalidad y la dramática exuberancia con que brotaba su talento, el cantaor preferido de la aristocracia y las esferas distinguidas. De hecho, su nombre artístico se lo impuso, siendo aún niño, la Duquesa de Santoña en una fiesta celebrada en el Palacio de las Dueñas. Vivía intensísimamente la Semana Santa sevillana, claro que más como mandan los cánones flamencos que los romanos. Por eso este año la Hermandad de los Gitanos, que en 2006 homenajeó con una levantá en su honor a Arturo Pavón, este año, decíamos, por iniciativa de su nieta Salomé Pavón Ortega- -heredera y continuadora de ambas casas cantaoras- -y con otro de su estirpe- -Juan Miguel Ortega Espeleta- -a la cabeza, portó a hombros al Cristo mientras, por primera vez, sonaba a ritmo de marcha La Salvaora a su paso por la Campana, donde tantas veces aqgitano saliera al paso al Nazareno para romperse a sus pies por siguiriyas. Constituyó un homenaje de lujo a aquel temperamento de abisales intuiciones artísticas que tenía luego, dicen, salidas muy infantiles. Por ejemplo, le sentó muy mal que nunca le llamaran para darle la llave de La Casa de los Martínez aquel programa de televisión de cuando éramos niños, distinción a la que vete a saber qué importancia podría atribuir un hombre que era un mito viviente y cenaba con condes y ministros. O se rebelaba porque, cada vez que encendía la televisión, apareciera siempre José Bódalo, que era buen cliente de su tablao y con quien, por otra parte, se llevaba muy bien. ¿La razón? También Luis Prendes, por ejemplo, estaba en aquella época a todas horas en la tele. Pero Prendes, Mariano Medina, Alfonso Sánchez o Kiko Ledgard le daban igual. La fijación suya era con Bódalo. Pero a esas cosas se reducía su infantilismo. Por lo común, era de armas tomar. Una noche se enteró de que un tablao de Madrid había contratado para quince días a un cantaor al que algunos pretendían etiquetar como rival suyo. Ni corto un perezoso, se presentó allí. El rival nada más verle, palideció. En la primera mesa estaba sentado Luis Miguel Dominguín con Don Marcelino, el enano que le acompañaba siempre y que se estaba fumando un puro más grande que él. Apenas terminó la actuación del rival Caracol subió al escenario y rompió a cantar. A mitad del encendido fandango, se detuvo inesperadamente y, fijando sus ojos iracundos en Don Marcelino, le imprecó: ¡Apaga ya ese puro! Con toda la sala temblando, Don Marcelino obedeció. Caracol siguió cantando y... Bueno. El rival había firmado quince días de contrato. Al día siguiente se despidió. Pansequito fue testigo, y puede dar fe. Fue, en fin, artista de los que, cuando están inspirados, no dejan títere con cabeza. A los cantaores que, en su opinión, no valían un duro, no les echaba ni cuentas. Es que ni los saludaba. Eso, si no les mandaba callar. Y se callaban ipso facto. Por algo sería. Su manía con José Bódalo 1960. Manolo Caracol de pie junto a su padre, Caracol el del Bulto, y su hijo Enrique Ortega (en pie con un vaso en la mano) ABC