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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Las mezquitas de Xinjiang, como la de Id Kah en Kashgar, están controladas por el Gobierno chino para evitar la propagación del separatismo musulmán cenario de un ataque, un cartel da la bienvenida mostrando una foto del presidente chino, Hu Jintao, para promocionar la empresa de alquitrán KSBC, que ha florecido con el amanecer del Partido Comunista Al amparo de los cercanos campos de petróleo, han proliferado las petroquímicas y compañías que trabajan con derivados del crudo, atrayendo a numerosos emigrantes han Pero no todos están contentos con este desarrollo. Las fábricas de los chinos han traído más contaminación a Kuqa y se están construyendo muchos bloques protesta Abu Lati, quien también reconoce que el Gobierno entregó el año pasado 4.928 yuanes (500 euros) a las familias uigures para compensarlos por la subida de los precios. Esta tutela del régimen llega incluso a la alcoba. Ten hijos tarde para ser próspero recomienda otra pancarta donde aparecen mujeres uigures premiadas con dinero por su baja natalidad. Con esta política de planificación familiar, el Gobierno pretende reducir la población autóctona y seguir fomentando la colonización han Más eficacia y más desarrollo se lee en otro cartel que muestra una central nuclear, una jungla de rascacielos y a un soldado para simbolizar el progreso de los últimos 30 años. Contradiciendo la proclama, los uigures pasan por debajo en carros tirados por burros y comen en tenderetes callejeros en el zoco. En las carreteras, plagadas de controles de la Policía, los carteles recuerdan que la seguridad es una misión de todos No tenemos el apoyo de EE. UU. ni Europa porque se identifica musulmán con terrorismo, pero se están violando los derechos de los uigures se lamenta desde el exilio en Bishkek, la capital del vecino Kirguistán, el presidente de la Asociación Ittipak, Dilmurat Akbarov. Además de la represión, los uigures critican el control de Pekín sobre la religión. Los imanes son elegidos por el Gobierno y sus discursos supervisados. En la mezquita de Id Kah, en Kashgar, un vigilante luce la hoz y el martillo en la hebilla del cinturón, pero los uigures deben renunciar a su fe si quieren trabajar para la Administración o unirse al Partido Comunista. En la plaza del Pueblo, dos mujeres con el rostro totalmente cubierto pasan por debajo de la estatua de Mao, mientras que los niños uigures cantan el himno nacional al izarse cada mañana la bandera china en la Escuela Número 8 de Kashgar. Las clases son en mandarín, y no en uigur, para borrar nuestra identidad cultural critica un profesor, que oculta su nombre. En las aulas, los retratos de Mao, Marx y Lenin contribuyen al adoctrinamiento desde la infancia. De igual modo, la Ciudad Vieja de Kashgar, un bellísimo barrio árabe compuesto por casas de adobe y estrechos callejones, está siendo derribado para dar paso a los rascacielos y centros comerciales que trae el crecimiento. En su intento por homogeneizar el país, el autoritario régimen de Pekín ha convertido la Ciudad Vieja en un parque de atracciones donde hay que pagar para entrar. La visita se realiza con un guía- espía que, más que mostrar el lugar, impide que los turistas hablen con los vecinos. Como si fuera un zoológico humano, el guía no sólo enseña los talleres artesanales, sino también una casa que el Gobierno ha habilitado para las viudas uigures. Al terminar el recorrido y el bombardeo de fotos al que son sometidas por los turistas, las viudas pasan el platillo para recibir un donativo. Dentro de su intento por convertir la tradición uigur en un espectáculo folclórico, como ya ha hecho con las otras nacionalidades excepto la tibetana, el otrora caótico Gran Bazar de Urumqi ha sido reconvertido en una galería comercial. Junto a los rascacielos que han proliferado en la ciudad, es el perfecto ejemplo de la colonización china, ya que este moderno edificio de ladrillo rojo se halla presidido por un falso minarete de estilo afgano como el de Turpan. Antes de la revuelta, los restaurantes de su interior ofrecían actuaciones folclóricas donde los turistas chinos se atiborraban en el buffet. A unos metros de allí, los uigures viven en cuchitriles en abigarrados callejones plagados de puestos ambulantes de pinchitos de cordero y nan (pan) desiertos esta semana por miedo a un nuevo estallido de violencia. Mientras tanto, el régimen sigue extrayendo el petróleo de las ricas reservas de Xinjiang para alimentar su crecimiento. En la carretera de 500 kilómetros que atraviesa el desierto de Taklamakan, hay más de 120 casetas donde viven durante ocho meses dos personas, siempre de la etnia han. Por 800 yuanes (80 euros) mensuales, riegan los matorrales de los arcenes para que las dunas móviles no cubran la carretera y los camiones cisterna sigan transportando el crudo hasta la ciudad- refinería de Korla. Independentismo, religión, represión, desigualdades sociales y colonización se mezclan en el cóctel molotov de odio interétnico que, como ha ocurrido esta semana en Urumqi, estalla cada cierto tiempo en el polvorín de Xinjiang. No tenemos el apoyo de Estados Unidos ni de Europa porque se identifica musulmán con terrorismo, pero se están violando los derechos de los uigures