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12 7 09 EN PORTADA Hemingway De vuelta a San Fermín (Viene de la página anterior) autógrafos y nunca le habían leído ni una sola línea. En Pamplona, Hemingway era un viajero de corto recorrido. Raras veces necesitaba otra cosa que no fuera un sitio para garabatear las notas apresuradas que utilizaba luego en sus novelas y que, además de darle bien de comer y beber, le permitiera charlar a gusto y observar el tráfago humano que se movía por la Plaza del Castillo. En este reducido espacio urbano lo tenía todo a mano, y su atalaya preferida era, sin duda, el Café Iruña, fundado en 1888, que todavía hoy conserva su aire decimonónico distinguido y sigue siéndo el punto de encuentro más emblemático y famoso de la ciudad, abierto a pobres y ricos. Refugio acogedor de celebridades de toda calaña. Proscenio predilecto del gran teatro sanferminero donde todos son protagonistas. Hemingway menciona muchas veces al Iruña en la novela Fiesta, a veces llamándolo simplemente el café o el café de la plaza. Era el lugar ideal para charlar en amigable tertulia- -relata- en el corazón de la ciudad y de la fiesta... degustando sin ninguna prisa el vino de Navarra o la copa de Fundador... El Iruña era ese palco desde el que se veía el escenario de la fiesta Una de las curiosidades del Iruña es el Rincón de Hemingway, donde puede verse la figura de bronce patinado en tamaño natural del escritor acodado en la barra, obra del escultor navarro José Javier Doncel. Un punto de arranque de muchos itinerarios nostálgicos que a Papa (sin acento final) o don Ernesto (Hemingway odiaba que lo llamaran por su apellido) no le habría hecho mucha gracia, aunque hoy el turismo de la ciudad se lo agradezca. Los de 1959 fueron los últimos Sanfermines de Hemingway y el remate triunfal de sus visitas a Pamplona, pero ya la serpiente de la depresión y la decrepitud física le corroían por dentro. Era un escritor célebre, imitado, envidiado e influyente. Todo un Premio Nobel dispuesto a continuar la gran parran- La última farra Estas fiestas y esta ciudad le sirvieron de asidero vital, como a un soldado que aprende a valorar el instante sabiendo que la bala que ha de matarle ya está preparada La llamada de Hemingway atrae año tras año a una multitud de norteamericanos y otros extranjeros a estas fiestas da iniciada en 1923, aunque ya no era lo mismo. Nada es lo que fue, por mucho cuento que le echemos a la busca del tiempo perdido y a la magdalena de Proust. Pero el hecho es que Pamplona le esperaba y se había comprometido con la revista LIFE a escribir un reportaje (a dólar por palabra) sobre el mano a mano que ese verano mantuvieron Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín por las plazas de España. Dos gallos de pelea que no cabían en el mismo corral. Hemingway era un romántico que escribía con la pureza espartana de un clásico, aunque en esta ocasión se le fue la mano. Las 10.000 palabras encargadas por LIFE se convirtieron en 125.000, y el texto podado acabó en 1985 como libro (El verano peligroso) con 70.000, después de que la revista publicara en 1960 un extracto en tres entregas. El héroe del relato es, por supuesto, Ordóñez, y Luis Miguel, el villano. Una visión maniquea e injusta de la que Hemingway se arrepintió cuando ya era tarde. Tanto el libro como el reportaje fueron un fiasco. La obra de un autor crepuscular y agotado. Prematuramente envejecido, Hemingway, el campeón de la prosa precisa y enérgica se repetía a sí mismo. El vino, las comilonas, el festejo y las canciones eran los mismos, y los rostros de los amigos parecían no haber cambiado, pero ya el río de la vida estaba a punto de llegar al mar, y él era consciente: Yo creía que beber un trago sería siempre lo mismo, pero las cosas cambian... Bueno, dejad que cambien. Nos habremos ido todos antes de que todo cambie demasiado En los últimos meses que pasó en España creyó revivir sus años jóvenes, pero la juventud se había esfumado. Siempre estuvo más ebrio de soledad que de alcohol, pero ahora era un hombre acabado, minado por los excesos. El fulgor de los premios era en realidad el frío resplandor de la pelona (le encantaba la palabra) que avanzaba guadaña en mano. Le fallaban los riñones, la vista, el hígado, tenía almorranas y la tensión por las nubes, apenas podía leer ni recordar, y los electrochoques a que lo sometieron en una clínica psiquiátrica de EE. UU le habían hecho papilla el cerebro. En esas condiciones se planteó lo que Camus llama cuestión fundamental de la filosofía juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida. Había anulado las entradas para los toros y el viaje a Pamplona, y lo enterraron, precisamente, un 7 de julio de 1961, festividad de San Fermín. Cinco días antes, en la casa de vacaciones de Ketchum, frente a las Montañas Rocosas, Mary Welsh escuchó las pisadas de Papa bajando la escalera. Oyó como abría la puerta del sótano, donde se guardaban bajo llave las armas en una vitrina, y luego sonó un disparo. El mundo seguía su marcha, pero Hemingway ya se había ido.