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12 7 09 EN PORTADA Hemingway De vuelta a San Fermín TEXTO: FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ FOTOS: ERNESTO AGUDO l mediodía del domingo 6 de julio la fiesta estalló. No hay otro modo de decirlo Hemingway lo escribió así, a su manera, aunque haya otras formas de expresarlo. Pero sí es verdad que solo existe un modo auténtico de vivir la realidad de San Fermín: entregándose a la vorágine, entrando en el barullo organizado y descomunal, cada uno dentro de sus límites y mientras el cuerpo aguante. Desde el amanecer, en el sexto día de julio, la fiesta calienta motores y la multitud es la única protagonista. Año tras año, el oleaje humano rompe contra el acantilado del Ayuntamiento pamplonés a las doce en punto. En la casa consistorial, el estampido seco del chupinazo desata el vocerío apiñado en la plaza y el oleaje de los pañuelos rojos. En su inmensa mayoría son jóvenes empapados de sangría y sudor, desorbitados por el vino, roncos de entusiasmo y ardor festivo. Durante siete días- -cuenta Hemingway- -continuó el baile, el ruido, el beber. Todo ocurría en un mundo irreal... Y el verdadero milagro, año tras año, se repite, quizá por influencia celestial del santo patrón Fermín martirizado en Francia. Pese al gran tumulto de cientos de miles de personas entregadas a la juerga y la bacanal, la gente no se desmanda y los incidentes violentos son mínimos, rápidamente controlados por unas fuerzas del orden muy atentas a cortar cualquier ramalazo de pelea. A Este año la fiesta tiene una nota evocativa especial. Se conmemoran los 50 años de la última visita de Hemingway a los Sanfermines de Pamplona. La primera fue en julio de 1923, cuando era un desconocido periodista del semanario canadiense Toronto Star, y luego repitió viaje hasta nueve veces, marcado por una ciudad y unas gentes que le sirvieron de asidero vital, como a un soldado del carpe diem que aprende a valorar la experiencia del minuto a minuto presente, sabiendo que la bala que ha de matarle ya está preparada y solo espera el momento de ser introducida en la recámara. Los pasos de Hemingway aún pueden rastrearse por el Hotel La Perla, el Bar Txoko, el Café Iruña, el Hotel Yoldi y la plaza de toros, a cuya entrada campea, tallado en granito de Navacerrada, un gran busto del personaje, que pesa ocho toneladas y fue inaugurado en 1968 con la presencia de Mary Welsh, su cuarta y última esposa. De otros sitios favoritos del escritor, como la taberna Casa Marceliano, famosa por su ajoarriero y el estofado de toro, o el café bar Torino, que hoy ocupa una sucursal de Caja Navarra y el Windsor Pub, solo queda el recuerdo en fotografías y hemerotecas. A Hemingway, la visión de Pamplona en fiestas, donde las calles eran una masa sólida de gentes danzando y la música era algo que golpeaba y latía con violencia le sacudió como una descarga eléctrica. Al Gran Hotel La Perla llegó la noche del 6 de julio de 1923 la primera vez que pisó Pamplona. Iba acompañado de su primera mujer, Hadley Richardson, que estaba embarazada de seis meses, pero la habitación era demasiado cara para su escaso presupuesto en aquel tiempo. Amablemente, la dueña, Ignacia Erro, le buscó otro sitio más barato. Una fonda situada en el n 5 de la calle Eslava, cerca de la plaza de San Francisco. Hemingway se sentía atraído por este hotel porque era un sitio al que acudían los toreros y la fascinación del mundo taurino ya había hecho mella en él. Allí iba a charlar con los matadores mientras se vestían para la lidia, siempre en la habitación 217 reservada a las figuras, que hoy en día corresponde a la 201 y tiene dos balcones a la calle Estafeta. La habitación tiene un efecto fetiche en muchos fervientes incondicionales del escritor y los Sanfermines. Durante doce años la ocupó un sueco que terminó por comprarse un piso en Estafeta, y este año la ha ocupado un ruso. Potentado, sin duda, pues el precio de la habitación en semana de fiestas es de 1.600 euros la noche, cantidad que se rebaja notablemente el resto del año. Hemingway no pudo alojarse en ella hasta 1953, cuando ya era un escritor famoso y con dinero. Una descarga eléctrica La sombra del gran Ernest todavía parece flotar por los lujosos pasillos y escaleras de La Perla. Un local más conocido por Las Pocholas, que estaba situado en el Paseo de Sarasate y regentado por nueve hermanas popularmente conocidas con ese nombre. Las nueve se mantuvieron unidas y solteras hasta el fin de sus días, muchos años después de que Hemingway se convirtiera en cliente fiel de la casa. Mítico también en la biografía hemingwayana, y hoy desaparecido, fue el Hotel Quintana, frente al hotel La Perla, en otra esquina de la plaza que ocupa ahora el edificio sobre la cervecería Tropicana y que aparece en Fiesta, la novela que hizo famoso a Hemingway, con el hombre de Hotel Montoya. En 1924 costaba 12 pesetas, con comida, cena y desayuno incluidos. El norteamericano se alojó allí por primera vez en 1924, y el sitio le encantó porque su dueño, Juanito Quintana (en la novela, señor Montoya) era un gran aficionado a los toros y hablaban con frecuencia del tema. Aquí, el escritor, además de agarrar monumentales borracheras que llegaron a alarmar al resto de la clientela, conoció al matador Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, padre de Antonio Ordóñez, el torero por quien el escritor sintió amistad rayana en la idolatría, y al que siguió como una