Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
D 7 5 7 09 TEXTO Y FOTO: ANNA GRAU LA CARTA DEL CORRESPONSAL 32 D 7 LOS DOMINGOS DE Jazz en Nueva York Música para las gárgolas Los clubs de jazz de Nueva York son un lugar de culto, donde sólo debería oírse el gótico rugido del hielo al caer sobre las copas asta la boina estoy de paracaidistas que se tiran sobre Nueva York, obligándome a secundar sus turistadas. A mí, que ya poseo el lustre de la neoyorquina de pro, y a quien los yanquis ya me paran para preguntarme direcciones. Conque, si puedo, no suelto a ningún turista en Nueva York sin haberle hecho pasar bajo las gárgolas del Village. ¿Qué gárgolas son esas? ¿Desde cuándo aquí manda lo gótico? Desde 1935, cuando Max Gordon fundó uno de los espacios más maravillosos del mundo para tocar y oír música de jazz. The Village Vanguard, en Greenwich Village. La entrada es roja y descendente como el infier- H no, pero al llegar allí no hay que abandonar nada, y menos que nada la esperanza. Dentro el garito es verde oscuro, verde billar cuando el billar era una religión, y Paul Newman su profeta. Hay pocas mesas. Todo está pasado de moda, todo es anacrónico, excepto los precios, que es lo único que corre a la velocidad de los tiempos. Otro estilo es el del mítico Blue Note, donde se puede sufrir un espantoso cruce de cables entre la música celestial del escenario y los cubiertos del desaprensivo que aserra un bistec junto a tu cogote. ¿Pero a ti no te enseñó tu madre de pequeñito que cuando se escucha según qué música no se cena? En el Vanguard no echan de co- Jeff Ballard, batería de jazz. A su lado, retrato cubista del propio Jeff firmado por su mujer, la barcelonesa Lourdes Delgado mer. Lo que ya marca distancias. Este es el templo en el que se realizaron históricas grabaciones de Sonny Rollins, Bill Evans, John Coltrane, o del joven pero exquisito Brad Mehldau. Siendo casi siempre insuperables los que tocan, qué decir de los que escuchan. Porque aquí nadie viene sólo a oír. La gente da el alma. Nadie habla, nadie mira la blackberry, nadie cuchichea, las parejas no se magrean sino que alcanzan la perfecta unidad de estar absortos en lo mismo. En general el público de eventos musicales en Nueva York es de una dedicación extraordinaria. Aquí nadie acude por quedar bien. Van por necesidad. Casi van de urgencias. En el caso del jazz es una operación a corazón abierto. Porque, contra lo que puedan imaginar los turistas que se adentran en la caverna del Vanguard, hace tiempo que el jazz música fundacional de EE. UU. -su cante jondo- -devino capricho de minorías. Aclamados jazzeros de Nueva York gozan de más predicamento- -y ganan mucho más dinero- -en Barcelona, París u Oslo que en casa. Por eso hay que ir al Vanguard, y pagar sin rechistar: es un acto de apoyo humanitario a una de las músicas más adultas. Es ayudar a estos americanos a encontrarse a sí mismos. Si pudieron votar a un presidente negro, ¿no podrán sobreponerse algún día a Britney Spears? ¿Y las gárgolas? Así llaman los músicos a la barra del Vanguard, donde se acodan junto a sus amigos, permitiendo que un único sonido se engarce con el del escenario: el gótico rugido del hielo al caer en las copas. Las gárgolas. Así lo cree Jeff Ballard, prodigioso batería de Brad Mehldau. A mí me lo contó su mujer, Lourdes Delgado, que es de Barcelona, y que en sus años neoyorquinos levantó impresionante acta fotográfica de la comunidad jazzera. Jeff y Lourdes ya no viven en Nueva York. Ahora habitan una masía en la comarca catalana de La Selva. Aunque allá donde van les sigue el eco de las gárgolas del Village Vanguard. PRESIDENTE DE HONOR Guillermo Luca de Tena PRESIDENTA- EDITORA Catalina Luca de Tena CONSEJERO DELEGADO José Manuel Vargas DIRECTOR GENERAL José Luis Romero DIRECTOR Ángel Expósito Mora DIRECTOR ADJUNTO José Antonio Navas SUBDIRECTOR Alberto Aguirre de Cárcer REDACTOR JEFE Alberto Sotillo D 7