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26- 27 D 7 LOS DOMINGOS DE nila. Al llegar, lo primero que nos dio la bienvenida fue el calor y la humedad, si bien con el tiempo el cuerpo se fue aclimatando. Evidentemente la ropa de abrigo es innecesaria para este clima (30 de media) sólo se recomienda llevar alguna de estas prendas para los aviones, ya que hay compañías aéreas locales que hacen gala de ser las más refrigeradas de esas latitudes. Manila, como toda gran urbe asiática, es caótica, encantadoramente caótica; allí se mezclan las zonas más humildes con las más ricas y sin puntos intermedios. Salir del hotel es toda una aventura visual, donde uno no para de observar las cosas que van pasando a su alrededor, desde las telarañas de cables eléctricos que van de poste en poste dificultando la visión del cielo, al ir y venir de gente portando todo tipo de enseres. Los autobuses (jeepney) colmados de personas en su interior que viajan en una resignada y paciente espera- -agachadas en el pequeño habitáculo- transitan de una punta a otra de la ciudad. Tuvimos la posibilidad de visitar la ciudad vieja (intramuros) donde encontramos la prueba arquitectónica del paso hispánico por estas tierras. Luego de disfrutar de la capital durante un par de días, salimos para viajar a unos 50 kilómetros al sur, donde hicimos una excursión a uno de los volcanes más pequeños del país, el Taal. Para llegar a él tuvimos que ir a la región de Tagaytal, donde cogimos una diminuta canoa para atravesar el lago. En la otra orilla nos encontramos con los habitantes de esta isla, que nos recibieron junto a unos caballos enanos y cabezones; sobre su lomo subimos por estrechos y empinados senderos hasta llegar a la boca del volcán. La experiencia valió la pena, ya que el paisaje que se Arriba, Resort Pearl Farm en la isla Samal. Junto a estas líneas, barcazas sobre el río Loboc B. Ventura observa desde esa altura es deslumbrante. Salimos de Manila hacia Cebú por su aeropuerto en un vuelo local, un recorrido que nos llevó unos 50 minutos. Al llegar a Cebú fuimos al resort Alegría, un lugar encantador, ideal para quien quiera estar aislado del mundo por un tiempo. Esta instalación cuenta con todo tipo de comodidades para el visitante; en él hay un club de submarinismo especial para aquellas personas que intenten experimentar este deporte por primera vez y donde podrán observar los asombrosos arrecifes de corales (9- 10 metros de profundidad) Para los más experimentados existe la posibilidad de superar esta barrera y alcanzar profundidades más serias. La tranquilidad de este estable- cimiento es asombrosa, aun estando su capacidad al completo, debido a que su clientela principal es de origen japonés y surcoreano, turistas que llevan su discreción al extremo. Pero si uno quiere salirse de la ruta turística y palpar directamente las costumbres del filipino de a pie, no deje de ir al Mercado del Carbón donde se vende todo tipo de artículos, desde frutas exóticas o gallos de pelea a ropa de segunda mano. Frente a Cebú está la isla de Bohol, a la que cruzamos en barco. Una vez allí, nos desplazamos hasta el pequeño y comercial puerto del río Loboc, donde nos esperaban unos lanchones restaurantes para emprender una travesía por el río. Está bordeado de una inconmensurable masa vegetal, y en la propia embarcación degustamos diferentes tipos de comidas hasta llegar a un atracadero donde reside en cautividad el mono más pequeño del mundo, el Tarsero. especie en vías de extinción. Salimos de Cebú a Davao (una hora de avión) Al llegar nos dirigimos al embarcadero del que parte el barco hacia la isla Samal. Allí nos encontramos con un paradisíaco resort el Pearl Farm con sus cabañas sobre el agua y sus playas blancas, ideal para pasar una semana o más disfrutando de todas las actividades que nos ofrecen: submarinismo, motos de agua, caminatas por el interior de la isla, etc. Al cabo de un tiempo, y con resignada disposición, nos tocó emprender la vuelta. Cogimos un avión directo a Manila y desde allí a España; eso sí, esta vez las horas del viaje de regreso fueron un poco más duras.