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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Manuel Zelaya con aspecto ranchero, cazadora de cuero y sombrero de ala ancha REUTERS durante los seis meses anteriores a la fecha de celebración de los comicios. Zelaya sigue en sus trece, o en su cuarta, y, apoyado por organizaciones sindicales, estudiantiles e indigenistas, reclama el derecho del pueblo a hacer oír su voz. Enfrentado también a la Corte Suprema, al Tribunal Electoral y a las iglesias cristianas, ordena al jefe de las Fuerzas Armadas, Romeo Vásquez, que distribuya el material electoral. Éste se niega (en marzo ya le advirtió de que los militares no se prestarían a un autogolpe manejado desde el poder) y es destituido, pero antes saca los tanques a la calle para evitar incidentes Acompañado de una tur- ba de seguidores, Zelaya marcha hacia una base aérea para recoger urnas y papeletas y se atrinchera con ellas en la Casa Presidencial. Allí permanecerá protegido por una suerte de ejército de Pancho Villa compuesto por taxistas, parturientas y espontáneos cantantes folclóricos. Insiste en que la consulta no es vinculante, que sólo es una suge- rencia que después enviará al Congreso para su estudio. De la limpieza del proceso caben serias dudas, pues era el Ejecutivo el que convocaba y organizaba la consulta, el que escrutaría después los votos y el que habría de proclamar los resultados. Sólo los grupos afines al gobernante parecieron interesados en seguirle el juego, a pesar de que muchos funcionarios públicos denunciaron amenazas de despido si no secundaban la convocatoria. Así las cosas, Zelaya mantuvo su particular cita con las urnas para el pasado domingo. El sábado, bien entrada la noche, abandona la Casa Presidencial para pernoctar en su residencia de la colonia Tres Caminos. Después de tres días de tensión institucional, el Ejército se había retirado de las calles. Pero, de madrugada, dos centenares de soldados se presentan en su casa y, tras enfrentarse con su guardia personal, lo encañonan para, descalzo y en pijama, conducirlo a un avión militar y trasladarlo a Costa Rica. Horas más tarde, el Congreso, casi por unanimidad, muestra una carta de renuncia irrevocable ¡firmada el jueves anterior! por razones de salud, destituye al mandatario y nombra jefe del Estado interino al presidente de la Asamblea, Roberto Micheletti. Apenas unos cientos de partidarios de Zelaya se congregan ante las puertas de la Casa Presidencial, que serán dispersados el lunes a pelotazos de goma, gases lacrimógenos y agua fría. La prensa local, compinchada en buena parte con el golpe, difunde- -amparada en informes del Congreso- -que Zelaya tenía previsto dar a conocer los resultados (favorables a su propuesta) de la consulta a media tarde del domingo, disolver el Parlamento y convocar a Cortes Constituyentes. La nueva Carta Magna ya estaría redactada, a semejanza de las que impulsaron Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. En las calles, miles de ciudadanos salieron a festejar la salida de Mel bajo el lema Porque los buenos somos más y queremos vivir en paz Zelaya nos quiso imponer un Estado chavista y desatendió sus obligaciones de Gobierno Nadie puede estar por encima de la Constitución Tenemos miedo a Chávez, no queremos ser como Cuba o Venezuela Defendemos la ley y la democracia eran algunas de las explicaciones que se escuchaban entre la multitud congregada frente a la catedral de Tegucigalpa. Pero el mundo entero condena la asonada, que el nuevo Ejecutivo interino define como sucesión constitucional Y Zelaya pasa de ser aspirante a tirano a convertirse en mártir de la democracia. El sainete bananero no ha hecho más que comenzar.