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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE pe IV Foxá exclamó enton. ces: ¡Qué lástima de plaza ésta, cómo la han dejado! Parece un verso libre. ¿Os acordáis de ella cuando era como un poema romántico? ¡Aquella verja circular! ¡Aquellos árboles que rodeaban a Felipe IV como alabarderos vestidos de verde! ¡Aquellas amas secas y de cría, que eran como damas de la reina, llenas de collares y perifollos! ¡aquellas niñeras que eran como la prolongación de un soldado, niñeras con asistente que cuidaban de los niños como si fueran los niños del capitán general! Y, de pronto, empezó a recitar versos suyos. Versos madrileños. Versos de un madrileño que sentía a Madrid poéticamente. Al principio su recitación fue en tono de susurro. Pero poco a poco su voz se elevaba, se enardecía. A veces se le olvidaba un verso y entonces farfullaba y manoteaba los brazos en alto como si pretendiera coger al verso rebelde en el aire de la noche. En las pausas de poesía a poesía comentaba él sus composiciones y las comentábamos sus oyentes. El clamor del alba se empinó por detrás del teatro Real. Y al extenderse por la plaza, Agustín de Foxá, bruscamente, cortó su recitación. Se acabó Nada más antipoético que un amanecer. Vámonos a la cama Como otro gran poeta, como Antonio Machado, Agustín de Foxá era hombre de torpe aliño indumentario pero de refinadísima elegancia espiritual. Su amistad era como un regalo. Regalaba ingenio. Regalaba inteligencia. Regalaba humanidad. Estos tres dones se desbordaban inundándonos del bienestar que sólo se siente junto a los seres excepcionales. Y Agustín de Foxá lo fue en alto grado. Días antes de su viaje a Filipinas le pregunté: ¿Cuándo te vas? Y me contestó: No quisiera irme, porque eso de marcharse al otro mundo siempre es molesto. No quiero despedirme de nadie. Las despedidas son buenas cuando se va uno a Torrelodones. Cuando son para el otro mundo lo mejor es decir: Hasta luego Estoy seguro de que Agustín de Foxá no pensaba en la muerte acechándole sin más en la esquina. Pensaba en la Muerte, en la muerte que llega, pero que no acecha. Y como la Muerte lo sabía, la Muerte pensaba en él, y lo eligió. Y se lo ha llevado. Se ha llevado a un hombre bueno que regalaba poesía. Se lo ha llevado a las horas del amanecer. Razón tenía Agustín de Foxá. Nada tan antipoético como el amanecer. El asalto de la muerte Amanecer antipoético ANTONIO DÍAZ CAÑABATE Arriba, Agustín de Foxá en su biblioteca, leyendo bajo el peso de las armas familiares. De izquierda a derecha, Foxá joven diplomático. En su boda. Banquete celebrado en su honor por el cuerpo diplomático. En un descanso de los ensayos de Otoño de 3006 el conde de Foxá (derecha) intercambia impresiones con José Antonio Giménez- Arnau y Alfredo Marquerie