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28 6 09 LA IMAGEN Héroes de la edad de hierro POR MIGUEL ÁNGEL BARROSO iren a estos tipos. A la derecha, Jacques Anquetil, Monsieur Crono, el primer pentacampeón del Tour, frío, insolente, calculador, hasta ventajista, dirían sus críticos; elegante, superclase, inventor del ciclismo moderno, contestarían sus admiradores. A la izquierda, Raymond Poulidor, Pou Pou, eterno segundón en el Tour pero primer clasificado en el corazón de los franceses. En el centro, Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo, agitador irreductible cuando el asfalto se ponía cuesta arriba. Su historia podría ser una continuación de La Odisea de Homero, o una road movie protagonizada por locos de atar. Montando unas máquinas que pesaban más de doce kilos, el doble que las de ahora; con un ajuar que consistía en dos maillots y dos culotes que lavaban por la noche en el bidé; sin pinganillo para recibir información e instrucciones de carrera. En la edad de hierro el instinto, casi siempre, le podía a la premeditación. En 2009, cuando el fantasma de la curva ya no es la pájara (o el tío del mazo que diría Perico Delgado) sino el dopaje, pocos recuerdan que todo empezó en 1903 con una promoción publicitaria de un periódico para aumentar las ventas durante la estéril travesía veraniega. Geo Lefèvre, un plumilla del rotativo parisiense L Auto -actualmente L Equipe propuso a su director, Henri Desgrange, la celebración de una carrera ciclista que enlazase las principales ciudades del país. Desgrange, que amaba este deporte- -había logrado el récord de la hora en 1893- tuvo una visión: aventureros sometidos a una prueba suprema de supervivencia, pero tentados por la gloria; etapas de 500 kilómetros, casi una vida, donde cada corredor se las ingeniaba como podía para alcanzar la meta; diferencias que se contaban no en minutos, sino en horas... Y, por encima de todo, una historia que contar. El padre del Tour se frotó las manos: Sí, esta carrera va a ser capaz de asombrar al mundo En 1910 incluyó en el trazado cuatro grandes puertos de los Pirineos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Un año después, dos colosos alpinos: el Telegraphe y el Galibier. Faltaban los héroes para grapar al mito. Y llegaron. Todavía hoy nos causan admiración, hombres solos en compañía de otros, desde esta postal en blanco y negro. M De izquierda a derecha, Poulidor, Bahamontes y Anquetil. Tres leyendas ascendiendo el Tourmalet en el Tour de Francia de 1963