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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Tomoji Tanabe Muerto a los 113 años, récord de longevidad Madrugador empedernido y minucioso lector de la prensa diaria a las cinco de la mañana, jamás probó el tabaco y el alcohol. Aunque sí era un decidido partidario de la sopa miso con almejas y las gambas fritas POR EDUARDO CHAMORRO ació en Miyakonojo, un pequeño pueblo de la isla de Kyushu, al sur de Japón, el 18 de septiembre de 1895. Japón abandonaba el periodo Tokugawa para internarse en el imperio Meiji, desembarazarse de los desiguales tratados firmados con las potencias occidentales y plantear unas relaciones de igual a igual en sus acuerdos diplomáticos. El bacteriólogo japonés Shibasaburo Kitasato acaba de identificar en Hong Kong el bacilo causante de la peste, y Japón se dispone a aprovechar una serie de oportunidades y circunstancias históricas. En Corea, la disparidad entre Japón y su apoyo al regente Taewongun, y China, a favor del rey Kojong, se solventa con la paz de Shimonoseki y la entrega por parte de China al Japón de Taiwan (Formosa) y las islas de los Pescadores, reconociendo la independencia de Corea. Entre los japoneses cundían las ideas y las impresiones de que se abría una nueva etapa que no entrañaría cambios sustanciales ni indebidas turbulencias. En relación con el mundo exterior, Japón seguía siendo aquel Catay más allá de Cipango que el enigmático autor del Libro del conoscimiento de todos los regnos et terras et señoríos contemporáneo de John Mandeville, describía habitado por omnes de buenos entedimientos et de estrañas memorias e profundas ciencias... Los japoneses comenzaban a cultivar, tal vez de un modo casi instintivo, una cierta fama de introvertidos y un cuidadoso prestigio como gente especulativa según una metodología sosegada y prudente. Cuando Tomoji Tanabe nació en aquella isla de Kyushu al sur de Japón, sus padres recorrieron las playas de Miyakonojo en busca de cualquier cosa que les pudiera parecer insinuante o sugestiva de buenos augurios. Un buen acopio de los fragmen- N tos de porcelana, loza o barro llevados por las olas a la playa podía ser un buen vaticinio si el hallazgo permitía reconstituir un jarrón o una pieza decorativa cualquiera. Un pedazo de manto o el jirón de una toquilla planteaba una sugerencia de longevidad para cualquier ser querido de quien hubiera encontrado el harapo. El sesgo contemplativo del espíritu nipón exigía tiempo, y las mareas niponas, a veces, lo concedían. FOTOS: AFP Henry Allingham: Tómate la vida con calma El británico Henry Allingham, de 113 años, toma ahora el relevo a Tanabe como el hombre más viejo del mundo. Su secreto, asegura, es que siempre asumió sus limitaciones: Tómate la vida con calma. No te estreses Aunque, no sin ironía, también le gusta decir que la fórmula de la longevidad se resume en cuatro palabras: Whisky, cigarrillos y mujeres bravas Pero si Tomoji Tanabe percibió alguno de esos signos o entró en contacto directamente con el pedazo de un jarrón o el retal de una toquilla o consiguió llegar a la reconstrucción de la pieza, a nadie se lo dijo. Siempre fue un hombre de pocas palabras, y siempre que le decían que iba ya para muy viejo o que ya era, de hecho, el hombre más longevo del mundo, siempre respondía que Bueno, bien... Pero yo lo que quiero es vivir cinco años más El caso es que nunca dejó de vigilar las mareas y de estudiar los restos que las olas abandonaban en la arena. Eso era, de hecho, lo primero que hacía. Se levantaba apenas rayaba el alba, casi siempre a las cinco y media de la madrugada. Me gusta aprovechar el mundo en ese momento que es el de su mayor abundancia Recorría la playa de su aldea natal y al volver sobre sus pasos cuidaba, precisamente, de no pisar sobre sus huellas. La rutinas de sus días eran una liturgia ilustrada. Preparaba el té y el ruido del agua hirviendo le evocaba el paso del viento entre los pinos. En realidad, el mundo podía resultarle tan ajeno e impropio como entrañable e íntimo. Tomoji Tanabe creaba sus propias epifanías, que no tenían nada de extraordinarias, salvo por el acceso que le ofrecían a un panorama de realidades tan sencillas como un cuenco de laca y tan complejas como la arquitectura de penumbras que sabía ordenar en el lugar de su casa adecuado para cada momento o imaginación. Puede que fuera un discípulo de Junichiro Tanizaki (1886- 1965, un auténtico contemporáneo) en su cuidado de la sombra, o un intuitivo de sensibilidad tan callada como penetrante y poderosa. Apenas levantado de la cama emprendía la tarea de prepararse el desayuno. Hervía una pasta de soja fermentada con sal y levadura y picaba el resultado como si el ruido del cuchillo en la materia marcara los pasos de uno o varios peregrinos bajo el amplio y sombrío alero de su casa. Daba por sentadas unas cuantas obligaciones derivadas de la naturaleza de las cosas. Así el color rojo cenagoso o, bien, cercano a la arcilla, de la sopa de miso recién preparada, determinaba que fuera servida en un cuenco de laca negra para ser consumida a la luz tenue de unas velas. A ese primer plato del desayuno podía añadir un bol de arroz recién hervido, vaporoso y con los granos sueltos y brillantes como perlas. O una bandeja de gambas fritas que, de un modo u otro, daba paso a la lectura minuciosa de la prensa y al cuidado de un pequeño huerto. El resto del día lo dedicaba a sus responsabilidades como ingeniero civil de su ciudad natal, de la que nunca se alejó. En 2007, cuando el Guinnes World Records le avisó de que, con los 111 años que entonces tenía, era el hombre más longevo del mundo, Tomoji Tanabe insistió en que la clave de una vida tan prolongaba radicaba en que jamás había probado una gota de alcohol ni fumado un cigarrillo. Falleció de un ataque al corazón.