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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Paqui se colocó un pantalón y la chaqueta del pijama de su hijo menor, Asier, al que despertó para avisarle: No sé si ha sido aita, pero ha explotado algo Y bajó en pijama- ¿Por qué no te metes en una labor más tranquila? le preguntó Paqui a su marido, días antes del asesinato de ETA- -Es que mi trabajo es salvar vidas, contestó nicar infructuosamente con la vida de su marido. El portátil está adornado con un muñequito multicolor. Me asomé al balcón que da a la ría y ya no pude más, y bajé rememora. Paqui se colocó un pantalón y la chaqueta del pijama de su hijo menor, Asier, al que despertó para avisarle: No sé si ha sido aita, pero ha explotado algo Su madre, cinco días después, se arrepiente de haberle asustado así, quizá no debería haberle dicho nada para no dejarle tan intranquilo Su cuñado le riñe cariñosamente: Tú hiciste lo que creiste mejor La mujer del inspector Puelles, ya en el rellano de la escalera, no atinaba con el número de la policía. Un vecino le marcó el teléfono. Y Paqui demostró, una vez más, su fortaleza. A la persona con la que hablé le dije cómo se llamaba mi marido, su profesión y mi temor de que fuera la víctima Además, esta mujer coraje le pidió que localizara a su cuñado, el hermano chico de su marido, el ertzaina. Su cuñado la escucha y recuerda que nadie comunicó con él. Finalmente tuvo que ser su madre (su padre murió hace cuatro años) una anciana mujer, estampa dolorosa también en los funerales, la que le localizara cerca de las diez de la mañana en su casa. Yo había escuchado sirenas- -rememora- pero no era algo anormal. Hasta que mi madre, toda compungida, me dijo que había oído en televisión lo de la explosión al lado de la casa de mi hermano Puso la tele, y al ertzaina no le cupo duda alguna: Este va a ser Edu pensó en alto. Le llamaron los ertzainas compañeros de Galdácano para ofrecerle ayuda y él sólo pidió una cosa: que le dejaran acercarse en coche al lugar del atentado. Al mismo tiempo, todos los deudos de Edu, peregrinaban a Arrigorriaga. Su hijo Rubén (el mayor de los Puelles) también fue llevado por un amigo en su coche, con las luces de emergencia y un claxon ronco de tanto pulsarlo camino de la que ya era la tumba de su padre. Y a escasos metros del héroe, del gudari, como le llamó su hermano, Paqui recibió los primeros auxilios en forma de mentira piadosa: Marisol una concejala de A la calle en pijama Arrigorriaga amiga de su marido me tranquilizaba diciéndome que era un ajuste de cuentas apunta. Y la esperanza también gritaba desde su móvil, desde el que seguía llamando al marido con una señal nítida. Es buen síntoma- -le dijeron- -que no se haya desactivado, eso es que no estaba cerca de la deflagración Pero el miedo seguía agarrado a la garganta de Paqui por lo que llamó a la oficina de su esposo desde donde también intentaban localizar al inspector. Ellos fueron claros: En cuanto sepamos algo, sea lo que sea, te lo diremos Y dicho y hecho. El móvil fúnebre sonó: -Paqui... -Sí... -Las placas coinciden. Las placas, las matrículas, esas que cambiaba Eduardo habitualmente, terminaron siendo el ADN de este vasco trabajador y chirigotero. El hermano ertzaina cree que Puelles no debería haber aparcado en ese estacionamiento en superficie y tan solitario. Pero siempre lo dejaba ahí y tenía cuidado le dice su cuñada. Ya, pero esto es un txoco y nos conocemos todos Y cómo no conocer a Eduardo que lo había sido todo en Bilbao: tendero de ultramarinos; regente de una mercería; vigilante de seguridad y encargado del bar de su padre, desde donde despachó durante años las cervezas y el txakolí a sus vecinos. ¿Y cómo terminó de policía? pregunta la periodista a sus parientes. Pues de la manera más casual, aclaran. El agente asesinado acompañó a su cuñado, marido de su hermana Maite, a cumplimentar la solicitud para entrar en el cuerpo. Su familiar le convenció de que él también lo intentara. Accedió. Paradojas de la vida, finalmente Eduardo aprobó y llegó a inspector; el cuñado suspendió y hoy es taxista (el mismo al que llama Josu tras terminar la entrevista para que facilite un vehículo a la periodista de vuelta al aeropuerto de Sondika) Así, Eduardo Puelles García (Vizcaya, 1960) entró en el Cuerpo Nacional de Policía. Cuando el joven agente tenía 23 años conoció a Paqui Hernández en Amorebieta y comenzó una relación que terminaría en boda el 16 de junio de 1983. La viuda recuerda sin perder esa entereza que nos sacudió tras la manifestación de repulsa a ETA, que tres días antes de la bomba lapa habían celebrado su 26 aniversario de boda. En agosto de ese año, llegaron las riadas a Bilbao y Edu y Paqui perdieron el seat 127 destartalado en el que habían paseado su amor. Por fin, el 31 de julio de 1989 el matrimonio se va a vivir a Arrigorriaga, en Santa Isabel, donde se compran el piso del que saldría veinte años después el inspec (Pasa a la página siguiente) Tendero de ultramarinos Josu se enteró por su madre TELEPRESS De una casa, mejor dicho, de un piso del municipio de Arrigorriaga, gobernado por el PNV de escasos 90 metros cuadrados, de esos hogares humildes y trabajadores a los que, con saña, ETA gusta dejar desnudo de fruto y flor, como en el poema de Gerardo Diego. Es Paqui quien cuenta cómo su marido llegó a las diez menos diez de la noche el día anterior de su asesinato: Se puso a ver con mi hijo pequeño el programa de la ETB 2 Vaya semanita con el que se mondaba de risa. Mi hijo le preguntó ¿qué tal el día, aita? Y Eduardo siempre contestaba lo mismo, pues como todos, pesado y cansado La última víctima de ETA se marchó a la cama con una sonrisa: Cómo me gustan estos tíos le dijo al pequeño Asier sobre los humoristas de la televisión. Su viuda es un rosa- rio de recuerdos de la última conversación de los esposos en el cuarto: -Ya te vale lo tarde que vienes. -Pues si eran las diez menos diez, más tarde no era. Pero no miro el reloj. -Yo me paso el día mirándolo para ver cuándo vuelves. -Pues no mires tanto el reloj. El reloj. Ese aparato infernal al que Paqui inquirió cuando sus ventanas vibraron y en la calle no había ninguna tormenta, salvo la del terror que acababa de provocar la banda criminal. El reloj del móvil, que tomó apresuradamente, le devolvió una hora fatal, la de las nueve y cinco de la mañana. La periodista se fija en ese aparato minúsculo, encima de la mesa junto a Paqui y su zumo de piña, con el que esta vasca valiente intentó comu-