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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Licencia para matar... moscas POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE egún un sondeo hecho por una lujosa marca inglesa de camisas, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es el hombre más elegante del mundo... Si el sondeo lo hubiera encargado la célebre marca de chupas de cuero Macarret probablemente el resultado hubiera sido distinto ¿Chuk Norris? pero no por ello hemos de dejar de admitir que el presidente Obama ha hecho de la distinción y el estilo un arma de seducción masiva. En otras cosas, tal vez también, pero en lo tocante a la elegancia parece que ese gran país S ha dado un paso significativo entre el anterior presidente y éste. Pongamos como ejemplo para ver la longitud de ese paso una sencilla anécdota: si el ex presidente George W. Bush hubiera cometido la imprudencia de matar una mosca mientras le hacían una entrevista para la televisión, y las cámaras hubieran recogido ese instante, el mundo entero (o sea, los tertulianos de los programas de radio y televisión españoles) se hubiera puesto el cuchillo en la boca para analizar ese hecho convenientemente: ¡Matar una mosca en directo! ¡Menudo respeto por la vida! ¡Qué gesto tan infame, tan abyec- to! ¿Qué se puede esperar de alguien que no duda en segar la existencia de un ser vivo ante la mirada de millones de personas? Es evidente que todo esto son sólo conjeturas sobre una hipótesis, aunque no parecen del todo descabelladas. En cambio la segunda parte del ejemplo no es preciso suponerla porque se ha dado hace sólo unos días: el presidente Obama, durante una entrevista televisada, le dio tal capón a una mosca distraída en su mano que el molesto díptero la palmó allí mismo ante el regodeo y solaz del propio presidente, sus entrevistadores, los cámaras y el mundo entero (o sea, los tertulianos) ¡Con qué elegancia se ha deshecho Obama de esa mosca! ¡Qué reflejos! ¡Cuánta naturalidad! ¡Es un maestro de la puesta en escena! No es que quiera yo contradecir todo esto que dijeron los analistas políticos y de imagen, pues todo ello me parece cier- to, los reflejos, la puesta en escena... pero, vamos a lo que vamos. ¿Y a qué vamos? pues a que Obama (permítaseme la expresión un tanto adusta) mata con mejor talante que Bush. En realidad, y volviendo a la hipótesis primera, lo más probable es que George W. Bush hubiera matado esa misma mosca con el rabo, dicho sea sin otro ánimo que hacer una alusión a lo diabólico del personaje. Y, en fin, sobre este ejemplo ya sólo se me ocurren un par de preguntas, naturalmente absurdas. La primera es ¿hasta qué nivel de la escala animal se le permitiría matar a Obama sin que se resintiera su imagen? ¿cucaracha? ¿gusano? ¿hamster? ¿cervatillo? Y la segunda, tonta, tonta, tonta, ¿qué tipo de prenda, y de qué marca conseguiría que George W. Bush apareciera como el tío más elegante del planeta? ¿bombachos? ¿pellizas? ¿botas marca Acme? TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Alzas y bajas POR XAVIER PERICAY arece que la culpa de que algunos hombres sean más altos de lo que en realidad son la tiene Mario Bertulli. Ese artesano de Brescia se dedica a la fabricación manual de zapatos y, entre sus poderes, está el de hacer crecer a los hombres sin que se note. Sí, cuando uno observa detenidamente a la pareja Sarkozy- Bruni y constata que sus cabezas se hallan casi casi a la misma altura, y se dice que aquí hay truco, que eso no puede ser porque esa mujer tiene unas extremidades que no caben ni en P las fotos de estudio mientras que ese hombre, en una foto así, cabría hasta dos veces; cuando uno se dice todo esto, en lo primero en que piensa es en los tacones. Y acierta, si se trata de los de ella, pues rara vez ha vuelto a calzar Madame Sarkozy algo que la eleve un milímetro del suelo. Otra cosa son los de él: porque uno esperaría encontrar unos zancos, y no, aunque respetables, los tacones de Monsieur no rebasan lo que suele entienderse por normalidad. Y es que el truco, faltaría más, no se ve. Resulta que los zapatos de todos los grandes hombres bajos llevan una suerte de cuña en el interior, de modo que no hay forma de descubrir dónde demonios está la trampa, a menos que uno establezca con ellos cierta intimidad- -me refiero a los zapatos, por supuesto- Y no sólo la llevan los de estos hombres sin par; también los de cualquiera que desee andar de acá para allá con esas alzas mágicas y pueda costearse el capricho. De todos modos, lo que a mí me sorprende no son esos manejos, sino las condiciones de inferioridad en que se hallan, en este terreno, las mujeres, y muy especialmente las bajas. Piensen, por un momento, en los tacones femeninos que ahora están en boga- -que es como decir en Vogue- Da igual si son de aguja o un puro mazacote; lo importante es la altura. ¿Qué hacen allí arriba las mujeres, más que llamar la atención? Y sin ningún disimulo, puesto que aquí las alzas, además de verse, se exhiben. Y, con los tacones, los pies. No hace falta advertir que he sido siempre partidario de la libertad. Pero, o todos moros, o todos cristianos. Si existe una ley de igualdad, una ley punta, caracterizada por su indiscutible transversalidad, habrá que aplicarla en cualquier circunstancia, digo yo. Y el calzado no tiene por qué permanecer al margen. Me parece denigrante que a la mujer no le quede más remedio que enseñarlo todo para darse la ilusión de estar creciendo y que el hombre, en cambio, pueda lograr lo mismo sin exponerse a comentario alguno sobre la belleza del tacón o, lo que es peor, sobre la forma de los pies o el cuidado de las uñas. Venga, ministra, tome nota, que, como ha demostrado sobradamente, usted sí que puede. www. xavierpericay. com