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7 6 09 EL LIBRO Al Gore Historia de una militancia (Viene de la página anterior) vilización acabaría imponiendo un cambio profundo y desgarrador al clima de todo el planeta. Desde entonces estudio las mediciones del Mauna Loa cada año y la curva no parece haber variado salvo, quizá, en el hecho de que la concentración crece a un ritmo cada vez mayor. No hace ni veinticinco años los círculos científicos osaron poner seriamente en duda los fundamentos del efecto invernadero, a pesar de que entonces mucha gente suponía- -y aún lo sigue suponiendo- -que el sistema ecológico terrestre se las arreglaría para asimilar como fuera todos los malos tratos que le infligiésemos, protegiéndonos así de nosotros mismos. Sin embargo, el estudio del profesor Revelle me enseñó que la naturaleza no es inmune a nuestra presencia y que, de hecho, somos capaces de cambiar el aspecto de toda la atmósfera de forma fundamental. Si esta certeza supuso para mí una verdadera conmoción fue porque había heredado una creencia que aún hoy suele inculcarse a la mayoría de los niños: la Tierra es tan vasta y la naturaleza tan poderosa que nada de cuanto hagamos podrá afectar de un modo grave o duradero al funcionamiento normal de sus siste- mas naturales. Doce años después, siendo ya congresista, invité al profesor Revelle a que fuese el testigo inaugural de la primera sesión informativa que se celebró en el Congreso sobre el calentamiento del globo. Sin embargo, el primer sorprendido fui yo. Y no por los datos presentados, que eran incluso más preocupantes de lo que yo recordaba. Lo que me sorprendió fue la reacción de algunos de aquellos colegas a los que, por su inteligencia, creía mejor informados. Pero el consumo ilimitado de combustibles fósiles baratos cuenta con numerosos defensores acérrimos; aquél sería mi primer encuentro, y por supuesto no el último, con la poderosa y decidida oposición a la incómoda verdad de lo que le estamos haciendo a la Tierra. El estudio de la carrera armamentística me indujo a pensar en muchas otras cuestiones y, en especial, en la del medio ambiente mundial, de un modo nuevo y más productivo Dado que la mayoría seguía pensando en el medio ambiente en términos locales o regionales, resultaba imposible conseguir fondos para una investigación global Groelandia. Un cazador remata a una foca sobre un iceberg que se funde por el calentamiento del planeta AP A partir de entonces me dediqué a estudiar a fondo el problema del calentamiento atmosférico y otros graves problemas ambientales. Promoví sesiones informativas, abogué por la dotación de subvenciones a la investigación y por la aplicación de leyes preventivas, leí numerosos libros y publicaciones y hablé con ciudadanos de todo el país- -tanto con expertos como con personas sensibilizadas en el tema- -acerca de cómo resolver la incipiente crisis. Hacia finales de los años setenta, el tema preocupaba ya seriamente a una amplia capa de la población. Sin embargo, a pesar de que los hechos daban probada cuenta del carácter global del problema, muy pocos llegaban a comprender la necesidad de proporcionar una respuesta verdaderamente amplia. Mis esfuerzos por concienciar al público sobre el problema del calentamiento planetario constituyen un magnífico ejemplo. Dado que la mayoría ciudadana seguía pensando en el medio ambiente en términos locales o regionales, resultaba imposible conseguir fondos suficientes para llevar a cabo una investigación global. Tampoco existía consenso en cuanto a la inmediatez de la acción requerida. Ni siquiera los principales grupos ecologistas se hacían eco del problema: alegaban tener otras prioridades. Había quienes se mostraban escépticos ante la presunta escasez de evidencias y muchos prestaban una atención exagerada a la existencia de un innegable problema político: si se tomaba en serio la amenaza del calentamiento global y el mundo empezaba a buscar alternativas al carbón y el petróleo, la energía nuclear podría recibir un importante espaldarazo. De todos modos, poco a poco fue naciendo la certeza de la gravedad del asunto y también en otros frentes se observaron progresos notables. Por ejemplo, en diciembre de 1980, en la sesión previa a la toma de posesión de Reagan, logré por fin dar vía libre, junto con el congresista Jim Florio, Tom Downey y otros, a la ley de subvenciones extraordinarias para desmantelar los vertederos de residuos químicos peligrosos. Paradójicamente, mi propia comprensión de la crisis ambiental planetaria se vio particularmente reforzada a raíz de mi implicación en lo que parecía de antemano un tema completamente al margen. El estudio de la carrera armamentística me indujo a pensar en muchas otras cuestiones y, en especial, en la del medio ambiente mundial, de un modo nuevo y más productivo. Empecé, por ejemplo, a separar las cuestiones ambientales de carácter más localista, como el vertido de residuos peligrosos, de aquellas otras cuyo alcance era indudablemente planetario.