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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE Al Gore, durante una conferencia en Barcelona sobre el cambio del clima ambiente que los socavones, aunque también mucho menos visibles. Aquel veneno casi invisible, recibido al principio como una bendición, se convertiría para mí en el símbolo del daño indiscriminado que nuestra civilización es capaz de infligir al mundo, sin preocuparse por conocer su verdadero alcance. Pero tiempo después, durante la guerra de Vietnam, me encontré ante un veneno nuevo e incluso más poderoso, también éste al principio bien recibido. Enviado a Vietnam con el ejército, recuerdo nuestras travesías por zonas rurales que habían sido selváticas y que ya no eran más que un remedo de paisaje lunar. Un herbicida llamado Agente Naranja había limpiado la jungla y para nosotros era una buena noticia porque significaba que nuestros enemigos tenían menos sitios donde esconderse. Años después, al enterarme de que el Agente Naranja era, probablemente, la causa de ciertos trastornos genéticos detectados en hijos de soldados, cambié radicalmente de opinión. Al igual que muchos otros, empecé a desconfiar de todos los agentes químicos, cuya acción sobre nuestro entorno es particularmente poderosa. ¿Cómo podemos estar seguros de que la sustancia causa sólo los efectos deseados y no otros que no deseamos en absoluto? ¿Investigamos a fondo los efectos a largo plazo? El Agente Naranja es sólo uno de los ejemplos más conocidos de toda una generación de sustancias nuevas y poderosas nacidas a raíz de la aceleración de la revolución química posterior a AP la segunda guerra mundial; durante los últimos cincuenta años, los laboratorios y plantas químicas han fabricado herbicidas, pesticidas, fungicidas, clorofluorocarbonos (CFC) y otros muchos compuestos, a tal velocidad que resulta imposible seguirles la pista a todos. Como pretendían sus creadores, muchos han logrado mejorarnos Mi iniciación en el tema de la protección ambiental comenzó en la granja de mis padres. En nuestra granja aprendí mucho acerca del funcionamiento de la naturaleza Enviado a Vietnam con el ejército, recuerdo nuestras travesías por zonas rurales que habían sido selváticas y que ya no eran más que un remedo de paisaje lunar la vida. Sin embargo, otros muchos, quizá demasiados, nos han legado una venenosa herencia con la que tendremos que vivir durante generaciones. Me hice eco de estas preocupaciones en el Congreso y en 1987 recibí una carta de una granja cercana a Toone, Tennessee, en la que se me hablaba de una enfermedad que podía estar relacionada con el vertido de pesticidas junto a sus tierras. Resultó que estaban en lo cierto: una compañía de Memphis, situada a unos ciento veinte kilómetros en dirección este, había comprado la granja vecina y vertía varios millones de litros de residuos peligrosos en una serie de zanjas que filtraban su contenido a los acuíferos de varios kilómetros a la redonda. A raíz de aquello organicé una de las primeras sesiones parlamentarias sobre residuos tóxicos en torno a dos sucesos concretos: el de la pequeña comunidad rural de Toone, Tennessee, y otro caso de vertido de residuos localizado al norte del estado de Nueva York, en Love Canal. Como consecuencia, Love Canal se convertiría en símbolo del problema de los vertidos químicos peligrosos. Sin embargo, la erosión del suelo fértil y los residuos químicos de alto riesgo no representan, a pesar de su gravedad, más que amenazas básicamente locales para el medio ambiente. Sin desdeñar su importancia, apenas si son granos de arena comparados con las gravísimas amenazas planetarias a las que nos enfrentamos en la actualidad. Abrí por primera vez los ojos a la idea de una amenaza ambiental planetaria en mis tiempos de estudiante; uno de mis profesores fue la primera persona en registrar el índice de dióxido de carbono (CO 2) de la atmósfera. A fuerza de insistir, Roger Revelle había logrado convencer a la comunidad científica de que incluyera como parte del Año Geofísico Internacional (1957- 1958) su plan de control regular de la concentración atmosférica de CO 2; fue su colega C. D. Keeling quien realizó las mediciones desde la cima del volcán hawaiano de Mauna Loa. A mediados de los años sesenta, Revelle compartió con los alumnos de su curso universitario sobre demografía los contundentes resultados de sus primeros ocho años de mediciones: la concentración de CO 2 aumentaba velozmente año tras año. El profesor Revelle explicó que, de alcanzarse niveles más elevados de CO 2, se produciría lo que él llamaba efecto invernadero que implicaría a su vez un aumento de la temperatura de la Tierra. Las consecuencias que dejaban entrever sus palabras eran sobrecogedoras: sólo contábamos con ocho años de investigaciones pero, de continuar esta tendencia, la ci (Pasa a la página siguiente)