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7 6 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Al Gore, historia de una militancia Cuenta en este libro el ex vicepresidente de EE. UU. las razones que le llevaron a militar en el ecologismo y a presentar la lucha por el medio ambiente como una cuestión de supervivencia. Personaje a veces controvertido, lo que nadie puede negarle es su capacidad de convicción gracias a la cual ya ha conseguido vender sólo en Estados Unidos medio millón de ejemplares de esta obra ste libro forma parte de un periplo personal iniciado hace más de veinticinco años para conocer a fondo la crisis ecológica mundial y estudiar los medios para resolverla. He viajado allí donde se han producido las peores catástrofes ecológicas del planeta y he conocido a personas extraordinarias que dedican toda su vida a luchar contra la degradación del medio ambiente en los lugares más remotos del globo, y gracias a estos viajes he podido emprender una investigación más profunda: la de la verdadera naturaleza de nuestra civilización y su relación con el medio ambiente mundial. Si algo caracteriza nuestra civilización es que, cuanto más compleja se vuelve, menos arraigados nos sentimos en la Tierra. Partiendo de sus cimientos naturales, hemos ido construyendo de manera despersonalizada un mundo cada vez más prefabricado y artificial, a un precio, en mi opinión, demasiado elevado. Es evidente que en algún momento de esta arrogante empresa hemos perdido el contacto sensible con el resto de la naturaleza y hoy tenemos derecho a preguntarnos sin rodeos: ¿somos tan únicos y poderosos como para separarnos por completo de la Tierra? Muchos actuamos y pensamos como si la respuesta fuese afirmativa. Resulta demasiado fácil presuponer que la Tierra es un conjunto de recursos cuyo valor intrínseco no va más allá de su utilidad inmediata. Gracias, en parte, a la revolución científica, solemos organizar nuestro conocimiento del mundo natural en parcelas cada vez menores, sin parar mientes en su interrelación. Fascinados por las diferentes partes de la naturaleza, somos incapaces de verla como un todo. La perspectiva ecológica parte de una concepción global que permite comprender la interacción de las diversas partes de la naturaleza mediante sistemas tendentes al equilibrio y la autorreproducción. Esta perspectiva no puede tratar a la Tierra como un elemento separado de la civilización humana: también nosotros formamos parte del todo y por ello, al estudiarlo, nos E Título: La tierra en juego Autor: Al Gore Editorial: Planeta Páginas: 489 Precio: 19,5 Euros Fecha de publicación: 9 de junio estudiamos a nosotros mismos. Y si nos negamos a admitir que la parte humana de la naturaleza ejerce una influencia cada vez más poderosa sobre las demás- -y que somos, al fin y al cabo, una fuerza tan natural como los vientos y las mareas- no seremos capaces de comprender que representamos una seria amenaza para el equilibrio del planeta. Sin embargo, nuestra perspectiva adolece igualmente de otra clase de miopía. A menudo nos cuesta prever las consecuencias que nuestros actos podrán tener en nuestros hijos y nietos. Estoy convencido de que muchos ciudadanos han perdido la fe en el futuro, ya que tendemos a posponer las soluciones a largo plazo en nombre de necesidades y problemas más inmediatos. Una de las causas de esta tendencia creciente a desconfiar de las medidas futuras podría ser la conciencia del potencial aniquilador del armamento nuclear. Pero, sea cual fuere el motivo, la propensión a cerrar los ojos ante las consecuencias de nuestros actos ha generado una auténtica crisis en lo que respecta a nuestras relaciones con el entorno. Por una parte, no advertimos el peligro, pero por la otra estamos espiritualmente inquietos por haber perdido el sentido de lo universal y del futuro. En esta coyuntura no sabemos qué hacer, porque nos aferramos a viejos prejuicios y a anticuadas formas de pensar que nos impiden buscar soluciones a este dilema. Estos temas me preocupan desde hace mucho tiempo. Mi iniciación en el tema de la protección ambiental comenzó en la granja de mis padres, con un problema relativo a la erosión del suelo, y aún recuerdo la importancia que tenía Al Gore Ex vicepresidente de Estados Unidos y premio Nobel de la Paz impedir que el más pequeño socavón se saliera con la suya Cuando era niño, tuve oportunidad de ver en el condado numerosos ejemplos de lo que ocurría con los socavones descontrolados: abrían profundas grietas en los pastos, acababan con el suelo fértil y enlodaban los ríos. Por desgracia, no ha cambiado mucho. Incluso en la actualidad, por Memphis pasan flotando unas quince hectáreas de suelo fértil cada hora. El río Misisipi arrastra millones de toneladas de humus procedentes de las granjas del corazón de Norteamérica, toneladas de un suelo ya definitivamente perdido. Iowa, por ejemplo, había tenido una capa de unos cuarenta centímetros del mejor humus del mundo. Este grosor ha descendido a la mitad; el resto debe de estar en las profundidades del golfo de México. Siempre me he preguntado por qué las familias de granjeros no enseñaban a las jóvenes generaciones a evitar los socavones antes de que fuera demasiado tarde. Desde entonces, he podido comprender parte de la respuesta: la gente que explota la tierra en concesiones a corto plazo no suele pensar en el futuro. Exprimen al máximo el suelo fértil de cercado en cercado y luego se desplazan al predio siguiente. Incluso para quienes poseen las tierras resulta difícil competir a corto plazo con aquellos a quienes los plazos prolongados les traen sin cuidado. En nuestra granja aprendí mucho acerca del funcionamiento de la naturaleza, pero igualmente importantes fueron para mí las lecciones aprendidas en torno a la mesa, a la hora de comer. Recuerdo en especial el interés que suscitó en mi madre un clásico de Rachel Carson, The silent spring (1962) que versaba sobre el abuso del DDT y otros pesticidas. Mi madre fue una de las muchas personas que escucharon las advertencias de Carson. No se cansaba de decirnos a mi hermana y a mí que ese libro era distinto; e importante. Aquellas charlas me impresionaron vivamente, en parte porque me hicieron reparar en amenazas mucho más graves para el medio Cortedad de miras Si algo caracteriza nuestra civilización es que, cuanto más compleja se vuelve, menos arraigados nos sentimos en la Tierra. Hemos construido un mundo cada vez más artificial Muchos ciudadanos han perdido la fe en el futuro, ya que tendemos a posponer las soluciones a largo plazo en nombre de necesidades y problemas más inmediatos