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7 6 09 EN PORTADA Zapatero, Obama, Berlusconi y Sócrates premier luso) sobrevolando el malestar electoral por el uso de aviones oficiales (y otras hierbas) para fines privados POR ALFONSO ARMADA Hastío democrático La política degradada o todos los políticos son como el laborista Frank Cook, que pidió al Parlamento de Westminster que le reintegrara la limosna de 5 libras (5,5 euros) que depositó en el cepillo de una iglesia durante una piadosa visita a su circunscripción electoral. Tras las virutas y el estiércol dejados por una paupérrima campaña electoral para renovar el Parlamento Europeo no es raro que los votantes se pregunten por el valor de su sufragio. La conclusión demagógica, la que cultiva la peligrosa idea del despotismo democrático (del que alertó Alexis de Tocqueville, el celebrado autor de La democracia en América sería que todos los políticos son iguales: una forma miserable de medir con el mismo ruin rasero todos los discursos, todas las biografías. La degradación de la política degrada la democracia, y en ese caldo gordo alimentado por el uso de bienes públicos (léase fondos, léase aviones) se cuecen el desafecto y el cinismo, y por esa ranura se cuelan soflamas antidemocráticas, como la ultraderecha, la segunda ideología más votada en la desencantada Holanda. La degradación no es patrimonio de España, sino que alcanza la noción de democracia en otros socios que empezaron a votar el jueves (Holanda y Reino Unido) y hoy completan la renovación de la Eurocámara. El comportamiento de la clase política que con har- N ta frecuencia actúa como tal, como se ha visto en el uso privado de aviones oficiales ha levantado olas de varia indignación en España (Zapatero sirviéndose de un Falcon de la Fuerza Aérea para acudir a mítines de su partido) o Italia (Berlusconi y su largueza a la hora de disponer de aviones oficiales para transportar a amigos y azafatas de televisión a saraos en su mansión de Cerdeña) no contribuye a cebar la fe democrática de los electores. Los ejemplos menudean, desde diputados que no asisten a las sesiones parlamentarias y si asisten no participan o dedican su tiempo a pasatiempos (hay recientes testimonios gráficos de la Asamblea madrileña: diputados del PP, PSOE e Izquierda Unida dedicados durante un pleno a jugar al tetris hacer dibujitos o crucigramas) que votan en masa (a la orden del jefe de filas: caso de España, con listas cerradas y la conciencia individual a buen recaudo) que mantienen trabajos que dejan en entredicho su dedicación exclusiva (y en ocasiones incluso votan leyes de las que son beneficiarios La degradación de la política degrada la democracia, y en ese caldo gordo alimentado por el uso de bienes públicos (fondos, aviones) se cuecen el desafecto y el cinismo Nuestra democracia es de naturaleza liberal: no le exige casi nada al ciudadano, incluso le anima a que no se meta en política, que eso es cosa de los políticos (y para eso les pagamos) sus negocios) que cargan al erario público gastos y caprichos injustificables (incluso en el Reino Unido, donde por primera vez desde hace más de 300 años un speaker -presidente de la Cámara de los Comunes- -es obligado a dimitir) o el primer ministro de un país comunitario que ha forzado las leyes para quedar impune de una ristra de imputaciones (Berlusconi) Demasiados políticos se olvidan de que como padres de la patria deberían predicar con el ejemplo. Catedrático de Filosofía Política y Moral en la Universidad del País Vasco, amenazado por ETA, Aurelio Arteta cree que la política, en general, se degrada cuando regresa a un estadio pre- político: a la guerra de todos contra todos; o sea, al miedo y al sálvese quien pueda. En particular, esta o aquella política o forma de gobierno degeneran cuando se alejan del ideal al que dicen aspirar; cuando traicionan los valores últimos que la justifican. La política democrática se justifica porque pretende fundarse en la igual libertad de los sujetos políticos o ciudadanos y se degrada cada vez que atenta contra esa libertad y esa igualdad. Los modos y las medidas de esa degradación son múltiples. Hoy la gente se siente políticamente libre porque no vive bajo una dictadura y, paradojas democráticas, porque tiene derecho a desentenderse de la política. Un ciudadano se cree igual que otro no sólo por disponer de los mismos derechos; también porque se conforma con una parecida incompetencia de todos ellos a propósito de criterios públi-