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31 5 09 LA IMAGEN Vampiros sin glamour FOTO: IGNACIO GIL TEXTO: ALBERTO SOTILLO o más inquietante de las historias de terror es que éstas tienen muy poco de fantasía, sino que más bien se encuadran en el género del realismo cotidiano. He aquí el ejemplo. Este paisano del poblado de Las Barranquillas con su brazo ulcerado por decenas de pinchazos, la pierna otro tanto, la chuta entre los dientes y el esqueleto que se le transparenta bajo la camisa. Este paisano del mayor hipermercado de la droga de Europa es un vampiro de sí mismo que devora y envenena su propia sangre. No hay fantasía del terror gótico ni sobresalto de película tan espeluznante como la visión de su brazo pustulado y desvalido. Podríamos continuar hablando, con un punto de cinismo, de zombis y ciudades de muertos vivientes. Y recordar que los vampiros que habitan entre nosotros tienen muy poco glamour. Pero el paisano, por aterrador que nos parezca, no es un zombi. Está vivo y siente y padece como cualquiera de nosotros. No es una anomalía, sino un hombre que por extraños caminos ha ido a parar a ese remoto planeta de la heroína del que tan difícil es encontrar billete de vuelta. Hay una apostura jaque y un arranque flamenco con el que el paisano mira a la cámara. Pero hay también algo muy desvalido en su mirada, como si quisiera llamar la atención sobre su existencia y decirnos que no es una alucinación, ni un accidente del camino, ni un perro abandonado, sino un hombre como todos los demás que, probablemente, no sepa explicarse cómo ha venido a parar a este paisaje de terror. Nuestra imaginación ha inventado líricas historias de glamourosos vampiros para evadir la atención de estos otros rehenes del horror cotidiano. Porque todos sabemos que existen, pero preferimos no verlos. Es demasiado incómoda su realidad. Y sin embargo, si los caminos de la vida se nos hubieran enredado como a ellos, también cualquiera de nosotros podría haber acabado en este paisaje de escombros y jerinquillas, entre cadavéricos paisanos que ofrecen sus buenos oficios para ayudarnos a ponernos el chute a cambio de unas monedas o de una parte de la dosis que guardarán para su ración diaria de veneno. Ya se ve. El horror cotidiano tiene muy poco glamour. L