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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE A bordo del buque U. S. S. Samuel Chase. Las tropas planifican los desembarcos del Día D estudiando una maqueta de la costa normanda soldados. Me tiré boca abajo y toqué con ella la arena de Francia. Besarla no me apetecía. Jerry tenía todavía mucha munición y yo deseaba fervientemente que me tragara la tierra y salir un rato después. Las posibilidades de que aquello ocurriera eran cada vez menores. Giré la cabeza y me encontré nariz con nariz con un teniente que había estado sentado a mi mesa la última noche de póker. Me preguntó si yo sabía lo que él estaba viendo. Le respondí que no y que no creía que pudiera divisar mucho más allá de mi cabeza. Te voy a decir lo que veo- -susurró- veo a mi madre en el porche de mi casa, saludándome y agitando mi póliza de seguro. Saint- Laurent- sur- Mer debió de haber sido en tiempos un destino de vacaciones gris y barato para maestros de escuela franceses. Hoy, el 6 de junio de 1944, era la playa más fea del planeta. Agotados por el mar y por el miedo, nos tumbamos en una estrecha franja de arena húmeda, entre el agua y el alambre de espino. La pendiente que hacía la playa nos protegía en cierta medida de las balas de las ametralladoras y los fusiles, siempre que nos quedáramos tumbados, pero la marea nos empujaba hacia el alambre, donde nos podrían acribillar a sus anchas. Me arrastré hasta donde se encontraba mi amigo Larry, el capellán irlandés del regimiento, quien blasfemaba mejor que cualquier aficionado. ¡Maldito medio gabacho! gruñó. Si no querías estar aquí, ¿por qué carajo volviste? Reconfortado así por el clero, saqué mi segunda Contax y empecé a disparar sin asomar la cabeza. El siguiente obús cayó entre el alambre y el mar, y todas las piezas de metralla encontraron un cuerpo en que incrustarse. El cura irlandés y el médico judío fueron los primeros en levantarse en Easy Red. Hice la foto. Cayó otro obús, aún más cerca. Yo no me atrevía a quitar el ojo del visor de mi Contax y disparaba frenéticamente una y otra vez. Treinta segundos después, la cámara se atascó: se había terminado la película. Rebusqué en el macuto en busca de otro rollo. Lo encontré, pero mis manos mojadas y temblorosas lo echaron a perder antes de que pudiera colocarlo en la cámara. Me detuve por un momento y fue entonces cuando empecé a pasarlo mal. La cámara vacía me temblaba en las manos. Era un nuevo tipo de miedo el que me sacudía el cuerpo de pies a cabeza y me crispaba la cara. Desenganché la pala e intenté cavar un hoyo, pero la pala dio en piedra, así que me deshice de ella tirándola con rabia. Los hombres que me rodeaban estaban inmóviles. Sólo los muertos de la orilla daban vueltas empujados por las olas. Un pequeño barco encaró el fuego enemigo y de él surgieron un puñado de enfermeros con cruces rojas pintadas en los cascos. No fui yo quien pensó ni quien decidió. Simplemente, me incorporé y corrí en dirección a la barcaza. Me metí en el mar entre dos cadáveres; el agua me llegaba al cuello. La revuelta marea me golpeaba el cuerpo y las olas me abofeteaban la cara por debajo del casco. Sostuve las cámaras por encima de mí y de repente caí en la cuenta de que estaba huyendo. Intenté volverme, pero no podía volver a enfrentarme a esa playa. Voy a subir al barco para secarme las manos me dije a mí mismo. Alcancé el barco; de él salían los últimos médicos. Subí a bordo y según alcanzaba la cubierta sentí una sacudida y de repente me vi cubierto completamente de plumas de ave. ¿Qué es esto? -pensé- ¿quién está matando pollos? Entonces vi que habían volado la FOTOGRAFÍA DE ROBERT CAPA CORNELL CAPA, 2001 Yo deseaba fervientemente que me tragara la tierra y salir un rato después. Las posibilidades de que aquello ocurriera eran cada vez menores Me detuve por un momento y fue entonces cuando empecé a pasarlo mal. La cámara vacía me temblaba en las manos. Era un nuevo tipo de miedo el que me sacudía el cuerpo superestructura; las plumas provenían de los rellenos de los chalecos salvavidas de la tripulación. El capitán lloraba. Su asistente había volado literalmente en pedazos encima de él. Los chicos de la cocina que a las tres de la mañana de la noche anterior nos habían servido el café en chaqueta blanca, las manos enfundadas en guantes también blancos, estaban cubiertos de sangre y se esforzaban en coser las bolsas blancas de los cadáveres. Los marineros izaban camillas desde barcazas a punto de hundirse. Empecé a hacer fotos. Entonces, todo empezó a volverse confuso... Me desperté en una litera. Estaba desnudo y me habían tapado con una gruesa manta. Tenía sujeto al cuello un trozo de papel en el que ponía Caso de agotamiento. Sin placas de identificación. La bolsa de mi cámara estaba en la mesa, y yo recordaba quién era. En la segunda litera había otro joven desnudo con los ojos clavados en el techo. Su etiqueta sólo decía Caso de agotamiento Soy un cobarde dijo. Era el único superviviente de los diez tanques anfibios que habían precedido a las primeras oleadas de infantería. Todos esos tanques se habían hundido en el encrespado mar. El muchacho insistió en que debía haberse quedado en la playa. Yo le contesté que yo también.