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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE procha esto como una inconsecuencia y mal negocio. Ilundain, con rapidez lógica de hombre de negocios, le viene a replicar a Unamuno que al margen del dogma no hay más lógica que la del paganismo, ni más Santo Padre que el viejo Anacreonte, que amarraba con rosas los minutos fugaces de la vida. No vale la pena de prescindir de la fe para imponerse las incomodidades y ascetismos que Unamuno se imponía a nombre de una verdad personal y problemática. Frente a esta paganía de Ilundain, que ni siquiera tiene la compensación de una riente exposición a lo Valera, don Miguel se coloca, desde el primer momento, en un plano de verdadero director espiritual. Sus cartas no son de pura prosa especulativa; son activas, apostólicas. Más que exponer ideas, recomiendan un plan de vida: le aconseja que lea el Evangelio continuamente; le envía su meditación titulada El reinado social de Jesús le propone que, como a él, aun sin fe, se ajuste a ciertas prácticas religiosas de su niñez creyente; que entre sí; que rece... No habría más que cambiar una veintena de palabras para que sus cartas fuesen definitivamente las de cualquier cura, las de cualquier confesor. ¿Qué es lo que interceptaba entonces la pronunciación de esas veinte palabras que hubieran metido en orden y perfil aquel ímpetu apostólico? La Iglesia Católica- -escribe don Miguel- -no es, en gran parte, más que un monstruoso compromiso entre dos fuerzas que se destruyen: el Derecho Romano y el Evangelio. Ése es todo el nudo de su objeción paralizante. Él ve en el Evangelio una construcción pura de justicia, no de ley; de gracia, no de derecho. Y luego en la civilización cristiana, cree ver al Evangelio metido en un organismo romanista e impuro de derechos y leyes. Es ésta su desilusión. Postura deshumanizada de místico puro de puritano angélico. Pero acaso esa interrogación fue duramente acallada, de una vez para siempre, en aquel episodio juvenil que relata en la carta segunda verdadera joya autobiográfica de valor inestimable. Siendo casi un niño al volver de comulgar, don Miguel se decide a abrir el Evangelio al azar y poner el dedo sobre un versillo. Le sale aquel que dice: Id y predicad el Evangelio por todas las naciones. Don Miguel se estremece. ¿Deberá hacerse sacerdote? Pero ya entonces- -dice- -como estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaraciones. Abro otra vez el Evangelio al volver de comulgar y le sale el versillo 27, del capítulo IX de San Juan: Ya os lo he dicho y no habéis atendido, ¿por qué lo queréis oír otra vez? Don Miguel termina su relación: En mucho tiempo repercutió la sentencia en mi interior y el recuerdo de aquellas palabras me ha seguido para siempre. Quizás está en ese inestimable pasaje epistolar, mejor que en todos sus libros, la explicación de la vida y angustia de Unamuno. Siempre dio la impresión de un cura laico: desde su traje y su honestidad de conducta hasta esas cartas de director espiritual. JOSÉ MARÍA PEMÁN Con la pasión toda su vida. De izquierda a derecha, Unamuno pronuncia un discurso en la conmemoración del levantamiento del sitio de Bilbao por los carlistas; detrás de él el general Queipo de Llano. En su destierro en Fuerteventura por criticar la dictadura de Primo de Rivera. En su última lección en la Universidad de Salamanca