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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA El cine da tortícolis POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE el Festival de Cine de Cannes con lo que uno no puede volver es con uno de esos morenos brillantes, prietos y melosos de la playa. Y no es por falta de elementos, pues en el pueblecito de Cannes, durante el Festival de Cine (hoy se clausura) hay mucha playa y mucho sol, sino porque no estaría bien visto en su lugar de trabajo. Se supone que uno ha ido al Festival a ver películas, las cuales se proyectan inevitablemente en esos sitios oscuros que se llaman cine, con lo que malamente habrá cumplido con su obligación D si durante esos dias se ha torrado al sol, o da esa impresión. Lo que quiero decir con esto es que hay que tener mucho cuidado, y siempre ponerse a la sombra en la playa. Tampoco es de buen tono que el corresponsal de un periódico en este festival de cine vuelva con más peso del que se fue. Por razones parecidas a lo anterior. En las salas del Festival de Cannes están proyectando películas como un churrero proyecta masa en el aceite hirviendo, y de muchas de esas películas se habla, se escribe, se opina, lo cual quiere decir que también han de verse, o al menos dar la impresión de que se ven. Y desde luego no ayuda en nada a darla si uno vuelve lustroso y en forma, porque el tiempo que precisan tres o cuatro de estas películas de festival (un festival de cine es también en cierto sentido un muestrario de losas) no dejan mucho para banquetes. Lo mejor, pues, es llevar siempre encima todos los programas, press- book y los kilos de metralla informativa que ofrecen los servicios de prensa y aprovechar las varias comidas del día para enterarse de qué van las películas (en muchas ocasiones, se entera uno mejor leyendo lo que han querido hacer, que viéndolo en la pantalla) De ese modo se conseguirán ambas cosas: tiempo y lustre y buen tono, porque arrastrar tanto peso de restaurante en restaurante le hará eliminar con creces las comidas y cenas. Trasnochar e ir de fiesta en fies- ta también ayuda a conseguir ese tono general demacrado con el que se aconseja volver del festival a cualquier crítico de cine serio. Si se ha puesto en la sombra en la playa, si se ha dedicado al levantamiento de press- book y si se ha pateado todas las fiestas posibles, no dude usted de que volverá al trabajo con el aspecto de quien se ha visto cuatro películas de Michael Haneke o de Lars Von Trier al día y además las ha digerido. Sus compañeros se preocuparán por usted, es lógico, pero mientras tanto ninguno de ellos se ofrecerá voluntario para reemplazarlo mientras se repone del palizón del Festival. Hemos de hacer caso a los que pregonan que la salud es lo más importante, y siempre será mucho más saludable el mar y la playa (y más si es a la sombra) que un sillón de skay en una sala oscura (y más si echan una de Tsai Ming Liang, por poner uno) TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Publicidad a la carta POR XAVIER PERICAY s natural que la Asociación Española de Anunciantes ande preocupada. La decisión del Gobierno de suprimir la publicidad de Televisión Española les afecta de lleno. Según sus propios cálculos, con esta medida los anunciantes y sus colaboradores dejarán de percibir este año 300 millones de euros. Pero la preocupación del sector tiene también otras motivaciones, aparte de las económicas. Está la calidad, dicen. Cuanto más se achique el mercado, menos anuncios habrá. Y, si disminu- E yen los anuncios, disminuirá la variedad de la oferta y, en consecuencia, su calidad. Sin duda. En eso la publicidad no es ninguna excepción. Si aumenta el número de unidades, aumenta a un tiempo el porcentaje de posibilidades de que alguna de esas unidades llegue a sobresalir. Ahora bien, al revés que los demás productos, la publicidad, y en particular la que se inserta en los medios de comunicación escritos y audiovisuales, tiene un carácter parasitario. Uno no suele conectar la televisión para ver los anuncios. Otra cosa es que los acabe viendo, y que encima le gusten. Pero la publicidad, en esencia, constituye siempre un pegote, un añadido. Con la tremenda paradoja, eso sí, de que en este caso quien costea la broma es el parásito y no el organismo donde este se aloja. Hasta el extremo de que, en lo tocante a las cadenas privadas, sin parásitos no existiría siquiera el organismo. El problema surge cuando a uno la publicidad no le gusta y tiene que aguantarse, pues se la embuten en medio de un programa- -o, peor aún, superpuesta a las propias imágenes del programa- O cuando, por cada anuncio que sí le gusta, debe tragarse por lo menos veinte que le parecen horrendos. En este sentido, es muy probable que quienes se declaran enemigos acérrimos de la publicidad lo sean sobre todo del concepto. Y de su parte oscura. En otras palabras: es muy probable que, de po- der escoger el anuncio, su consideración sería muy otra. De ahí que haya que felicitarse por la aparición de la plataforma digital Adagreed (www. adagreed. com) de la que informaba el pasado domingo en estas páginas Cristina Jiménez Orgaz. Que uno pueda ver tan sólo la clase de publicidad que le interesa, y que además pueda juzgar lo que ve, supone un gran avance. Por un lado, rompe con el falso parasitismo a que aludíamos antes. Por otro, deja la iniciativa en manos del consumidor. Y es que no existe nada tan sagrado, hoy en día, como el derecho a elegir. Sin duda porque la red, ese interminable menú a la carta, se ha convertido en el principal referente de muchos de nosotros. Y, así las cosas, ¿quién va a querer cargar con una sarta insoportable de anuncios pudiendo quedarse con el que realmente le interesa?