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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA hermanos. Como miembros más jóvenes de la familia, se les debió de proteger hasta cierto punto de las peores secuelas. Además, se llevaban varios años con Hans y Rudolf. Ludwig conservaba algunos buenos recuerdos de Rudolf, pero de Hans (que era doce años mayor y desapareció de casa cuando él solo contaba trece) cabe suponer que recordaría menos. En todo caso, los Buben no pudieron quedar al margen de la atmósfera enrarecida de su hogar durante aquellos años y, en diversos momentos de su vida, ambos estuvieron muy cerca de quitarse la vida. En una evocación manuscrita sobre su infancia, Ludwig afirmaba haber albergado pensamientos suicidas por primera vez a los diez u once años; es decir, en 1900 o 1901, antes de la tragedia de Hans y Rudolf. La historia de los Wittgenstein está plagada de suicidios- -una tía y un primo también pusieron fin a su vida- pero no debería insinuarse- -como en ocasiones se afirma- -que los vieneses de principios del siglo XX consideraran aceptable, honorable o incluso normal esa forma de morir. Como ya se ha dicho, Karl se avergonzaba de lo que habían hecho Hans y Rudolf, y el padre de Otto Weininger sentía algo parecido con respecto a su hijo. El propio Weininger escribió lo siguiente poco antes de morir: El suicidio no es una muestra de valentía, sino de cobardía, aun cuando sea el menor de los actos de cobardía Ludwig se avergonzaba a veces de no haberse quitado la vida, pero la razón por la que ni él ni Paul lo hicieron era precisamente porque carecían de esa forma de cobardía. Sé que suicidarse- -escribió Ludwig- -es siempre un trabajo sucio. Seguramente nadie puede desear destruirse a sí mismo, y cualquiera que haya imaginado lo que comporta en la práctica sabe que el suicidio supone siempre un embate de las defensas de la persona. Y no hay nada peor que verse obligado a pillarse a uno mismo por sorpresa. Esta actitud ambigua, que Paul compartía, distaba mucho de la vergüenza que su padre sentía por los suicidios de Hans y Rudolf. Al igual que todos los Wittgenstein, Paul y Ludwig tenían aptitudes para la música. Ludwig aprendió a tocar el violín y el piano, y más adelante aprendió por su cuenta a tocar el clarinete; pero siempre se sentía eclipsado por sus hermanos y hermanas mayores. En una ocasión soñó que, estando en el andén de una estación de ferrocarril, oía a Paul decir a Hermine lo mucho que su cuñado Jerome admiraba sus increíbles dotes musicales (las de Ludwig) A la mañana siguiente, escribió: Según parecía, yo había cantado maravillosamente en una obra de Mendelssohn, las Bacantes (o algo así) con extraordinaria expresión y también con gestos particularmente expresivos. Paul y Mi- ning parecían completamente de acuerdo con las alabanzas de Jerome. Jerome había dicho repetidamente ¡Qué talento! Todo estaba teñido de autosuficiencia. Me desperté y me enfadé, o me avergoncé, por mi vanidad. Desde los primeros años de su juventud Paul pensaba en la posibilidad de convertirse en concertista de piano, desafiando tozudamente los deseos de su padre. No solo su padre, sino toda su familia trató de disuadirle. Le decían que no era bueno. ¿Tiene que aporrear así el piano? solía preguntar su madre. Le decían que, aun cuando fuera mejor intérprete, sería indecoroso que un chico de su clase social y con su formación se dedicara profesionalmente a la interpretación. Pese a la vehemencia de sus súplicas, Paul se mantuvo firme. En vacaciones recibía clases de Marie Baumayer (amiga de la familia y otrora alumna de Clara Schumann, a quien en su época se consi- En la escuela Ludwig Wittgenstein y Hitler eran unos inadaptados; insistían en dirigirse a sus compañeros con el tratamiento formal alemán de Sie en lugar del informal du A Hitler sus profesores lo veían como un zopenco problemático; a Ludwig se le consideraba en el mejor de los casos un alumno mediocre y de preocupantes notas deraba una de las intérpretes más sobresalientes de Schumann y Brahms) pero lo que más ambicionaba era que Theodore Leschetizky, el coloso de la pedagogía del piano, aceptara darle clases. Tal vez resulte extraño que Karl Wittgenstein, un corneta y violinista consumado, primo de Joachim, un hombre entre cuyos amigos se encontraban Brahms y Strauss, cuya colección de manuscritos musicales originales se contaba entre las mejores del mundo; un hombre que durante los conciertos de música clásica se enjugaba las lágrimas con el índice y mostraba orgulloso el dedo brillante a su esposa, tal vez resulte extraño, pues, que precisamente él se opusiera de forma tan radical a que sus hijos se dedicaran a la música. Al igual que muchos grandes hombres consagrados al comercio, tenía un conocimiento muy superficial de los factores psicológicos que operaban en su familia y solo era capaz de valorar a sus hijos comparando sus logros con los propios. Si demostraban tener menos energías que él, ser menos capaces y menos valientes, o estar menos dispuestos a asumir riesgos, consideraba que habían fracasado. La presión a que sometió a sus hijos varones (Hans, Kurt, Rudi, Paul y Ludwig) para que dejaran su huella en el fabuloso negocio del hierro, el acero, las armas y la banca que él había erigido contribuyó a generar una tensión nerviosa y autodestructiva en los cinco.