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24 5 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Compañero de colegio de Hitler Ludwig Wittgenstein, uno de los pensadores más venerados del siglo XX, desarrolló su compleja personalidad en el decadente esplendor de la Viena que vivió el fin del Imperio Austrohúngaro y en el seno de una familia de marcadas tendencias suicidas, artísticas y geniales. Entorno personal, social y político que Waugh reconstruye en este libro como una novelesca saga familiar n su tiempo Paul Wittgenstein era mucho más famoso que su hermano menor, pero hoy día es al revés. Ludwig, o Lucki, para la familia, se ha convertido en un icono del siglo XX: el apuesto, tartamudo, atormentado e incomprensible filósofo en torno a cuya formidable personalidad surgió un culto extraordinario en los años posteriores a su muerte, en 1951; un culto, por cierto, profesado por muchos que jamás han abierto sus libros ni tratado de comprender una sola línea de su pensamiento. De Schmarren! ¡Basura! calificaba Paul sus ideas. Sin embargo, semejante crítica no hacía mella en la amistad entre los hermanos. Cuando se publicó el Tractatus logico- philosophicus (un libro en cuyo prefacio el autor afirmaba haber encontrado la solución definitiva a la mayoría de los problemas filosóficos más desconcertantes) Ludwig regaló un ejemplar a Paul con la siguiente dedicatoria: A mi querido hermano Paul en la Navidad de 1922. Si este libro careciera de valor, que desaparezca pronto sin dejar rastro En la época en que Gretl y Jerome eran novios, Paul- -atractivo, neurótico, culto, amante de la naturaleza y vehemente- -tenía diecisiete años y estaba a punto de presentarse a los exámenes finales en el Gymnasium de lenguas clásicas y humanidades de Wiener Neustadt. Ludwig, año y medio menor, se alojaba durante el curso académico con una familia apellidada Strigl en la provinciana ciudad de Linz, donde durante el día asistía a clase en la Staatsoberrealschule, una escuela secundaria pública donde se impartían asignaturas de letras y ciencias a trescientos alumnos. Según recuerda uno de sus compañeros, la mayor parte de los profesores tenían algo desquiciado el cerebro, hasta el punto de que varios terminaron realmente en el manicomio cuellos postizos incultos Ya por su aspecto exterior rezumaban suciedad forman parte de un proletariado desprovisto de toda independencia y de una estupidez específica. Los maestros poseían todo lo necesario para ser el sostén E del edificio, afortunadamente derrumbado, de la República de Weimar. Ese alumno, tan solo seis días mayor que Lucki, era Adolf Hitler. Es poco probable que en aquel entonces Ludwig y Hitler llegaran a intuir el potencial ascenso del otro. En la escuela ambos eran unos inadaptados; insistían en dirigirse a sus compañeros con el tratamiento formal alemán de Sie, en lugar del informal du que utilizaban los demás. A Hitler, que padecía una afección pulmonar hereditaria, sus profesores no lo veían como un futuro Führer de Alemania, sino como un zopenco problemático que ni siquiera obtuvo su diploma en el último curso; a Ludwig, que sufría una dolorosa extrusión de los intestinos (comúnmente denominada hernia se le consideraba, en el mejor de los casos, un alumno mediocre, cuyas calificaciones, en la mayoría de las asignaturas, eran a menudo motivo de preocupación. En Urfahr, un barrio periférico de Linz, la madre de Hitler mimaba a su hijo con una incondicional confianza en todas sus capacidades, mientras en Viena la familia Wittgenstein tardaba en reconocer cualquiera de los talentos de sus dos miembros más jóvenes. Las interpretaciones de Paul al piano, que centraban la mayor parte de sus pensamientos durante el día, se despreciaban por su falta de sutileza y su carácter obsesivo. No es tan bueno como Hans decían; pero Paul al menos había triunfado donde su hermano había fracasado: consiguió acceder al Gymnasium académico de Wiener Neustadt. Ludwig, que había construido la maqueta de una má- Alexander Waugh Historiador Título: La familia Wittgenstein Autor: Alexander Waugh Editorial: Lumen Páginas: 512 Precio: 24,90 Euros Fecha de publicación: 29 de Mayo La historia de los Wittgenstein está plagada de suicidios. Ludwig afirmó haber albergado pensamientos suicidas por primera vez a los diez u once años Según recuerda un compañero de Ludwig, en la escuela de Linz la mayoría de los profesores tenían algo desquiciado el cerebro... varios de ellos terminaron en el manicomio quina de coser con varillas de madera y alambre cuando tenía diez años y cuyos intereses juveniles eran de carácter práctico y técnico más que académico, logró aprobar el examen de ingreso en la mucho menos académica Realschule solo después de recibir clases particulares durante una temporada. Al principio Karl había tratado de evitar que Paul y Ludwig fueran a la escuela, insistiendo en que se les enseñaran, como al resto de sus hijos, latín y matemáticas en casa. El resto de conocimientos (geografía, historia, ciencia, lo que fuera) tendrían que adquirirlo por su cuenta leyendo libros, ya que, a su juicio, el tiempo pasado en la escuela era tiempo perdido; en su opinión era mucho mejor que sus hijos dieran un saludable paseo o hicieran deporte. Solo después de la desaparición de Hans, cuando el ambiente en la casa de los Wittgenstein se tornó insoportable, Karl cedió por fin y permitió que sus dos hijos menores ingresaran en el sistema escolar público. Sin embargo, ya era demasiado tarde... demasiado tarde para que Ludwig aprobara sus exámenes y para que él y su hermano se formaran adecuadamente en el arte de las relaciones humanas. Las clases particulares les habían privado del contacto con otros niños de su edad y, aunque su madre había tratado de animarlos a que jugaran con los hijos de los criados, su estrategia no dejó huella en ninguno de ellos y fue causa de amargura. Los compañeros de juego eran pocos y, en consecuencia, todos los hijos de los Wittgenstein se convirtieron en unos individualistas redomados, que lucharon durante toda su vida por trabar y mantener relaciones valiosas. En su infancia Paul y Ludwig se peleaban como la mayor parte de los hermanos. En una ocasión, compitieron celosamente por las atenciones de un chico llamado Wolfrum. Paul, anarquista por naturaleza y muy travieso, disfrutaba poniendo en apuros a su hermano menor, pero la diferencia de edad entre ambos era escasa y su amistad, en aquel entonces, estrecha. Es imposible calibrar en qué medida les afectó el suicidio de sus