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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Castilla del Pino Psiquiatra, icono del antifranquismo Mantenido siempre a distancia de la universidad por el franquismo, creó toda una escuela más cálida y cercana en su atención al paciente. Académico de la lengua y experto en autorretratos literarios POR EDUARDO CHAMORRO ue un momento, una instantánea particularmente periodística, cuya peculiaridad radicaba en la soledad del protagonista, desvinculado de cualquier referencia antifranquista histórica, y puesto en escena como un referente de sí mismo en su conflicto con una institución tan arrojadiza y ambigua como la psicológica, puesta bajo aquel franquismo de finales de los sesenta en manos de los doctores López Ibor y Vallejo Nájera, pertrechados para impedir el acceso de Carlos Castilla del Pino a la cátedra que pretendía. Fueron seis los intentos fracasados, hasta que en 1983 le fue concedida con carácter extraordinario la Cátedra de Psiquiatría y Dinámica Social de la Facultad de Medicina de Córdoba, donde desarrolló su actividad profesional desde 1949, una vez formado como psiquiatra en Madrid. Había nacido en San Roque (Cádiz) en 1922. Aunque no todos apreciaron por igual lo noticioso de aquella peripecia ni los riesgos de darla a conocer. Así, Eduardo Haro Tecglen, subdirector del semanario Triunfo, rechazó la entrevista que preparé con Castilla del Pino según la oposición avanzaba a su fracaso. Pedro Altares publicó aquellos folios en Cuadernos para el diálogo. Algo hubo también de novelesco en aquel episodio en el que un profesional de la psiquiatría atacaba su puesta en práctica mediante la reclusión y el medicamento, desde una metodología marxista que también estaba en la base y fundamento de la justificación psiquiátrica para el internamiento de la disidencia soviética y la puntual arquitectura del Gulag. Pero eran Martín Santos y su Tiempo de Silencio quienes regían la norma de la parodia aplicada a las conferencias de Ortega y Gasset y el aspaviento de la manzana. Todo un catálogo de muecas y sarcasmos retumbantes del que Castilla del Pino tomó muy buena nota como advertencia y cautela del autorretrato al que se abrazó con una decisión vertiginosa y un compromiso audaz hasta con el más adverso de los infortunios. Abrazó el autorretrato apenas fue consciente de que jamás tendría alumnos, sino colegas dispuestos a hacerse pasar por sus discípulos y a reconocer- -desde el fervor, la crítica y, a veces, el desdén- -cuanto hubieran aprendido con él y de su autorretrato. Y él emprendió el autorretrato en la plena conciencia de que toda la galería de autorretratos de Rembrandt, por ejemplo, es una teoría de los disfraces, una fenomenología del disfraz, tan envenenada, peligrosa y fascinante como cualquier otra. Decidió una meditada distancia respecto a su obra ensayística previa, revisándola con un rigor F ROLDÁN SERRANO que podría haber sido ejemplar si no lo hubiera ocultado bajo las mil máscaras del hastío y los mil alardes de un autocontrol que de la impasibilidad del autorretrato dio en una imperturbable convivencia con el dolor. Eso hizo de él un hombre tenebroso y comprensivo, ex- Con Pío Baroja como punto de partida Para sus creaciones literarias Castilla del Pino tomó como punto de partida a Pío Baroja, un escritor tan desigual como Castilla del Pino se veía a sí mismo. Su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua, Reflexión, reflexionar, reflexivo le acreditó su soltura en esos pasos sobre un pavimento de espejos perto en escuchar, incluso con ternura, y en guardar un silencio a veces esquinado y siempre implacable. Puestos sus ensayos a la distancia de una perspectiva geológica, emprendió con humildad y constancia una obra de creación para la que tomó como punto de partida a Pío Baroja, un escritor tan desigual y rocoso como Castilla del Pino se entendía a sí mismo. Era un experto en palabras e incomunicación, aunque de lo que sabía era de una teoría de los sentimientos. Una teoría con nociones y conceptos como para andar con pies de plomo. Su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua, Reflexión, reflexionar, reflexivo no sólo acreditó la soltura de esos pasos, sino también su capacidad para darlos sobre un pavimento de espejos, con una obsesión creadora y recurrente, con un tiempo nervioso y fatigado, con un pensamiento que documentaba los sentimientos y sus teorías como si fueran los hechos de una memoria y una biografía. Gracias a ello consiguió unas distancias de seguridad- -siempre frágiles, vulnerables, con tendencia a contraerse- -frente a un destino, suerte o fortuna generosa en desgracias. Pese a los autorretratos, nunca dejó de ser un cabo, un hilo de la derrota, y nunca conoció otro tejido.