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17 5 09 HORIZONTES Plaza Durbar de Katmandú, donde se encuentran los más bellos templos y palacios de la ciudad Nepal Un refugio místico Hinduismo y budismo se mezclan en esta sobrecogedora ciudad plagada de templos y estupas, uno de los lugares más mágicos y misteriosos del mundo a la sombra su techo, el imponente Himalaya TEXTO Y FOTOS PABLO M. DÍEZ. ENVIADO ESPECIAL A KATMANDÚ atmandú. Su solo nombre ya evoca paraísos terrenales de templos perdidos entre las brumosas cumbres del Himalaya. Idílico destino hippy en los años 70, la capital de Nepal sigue conservando su encanto de antaño y atrayendo cada temporada a mochileros en busca de espiritualidad oriental, aficionados al senderismo y alpinistas ansiosos por coronar las cimas del Everest o el Annapurna. A todos ellos les espera uno de los lugares más mágicos y miste- K riosos del planeta. Sus tesoros están repartidos por toda esta caótica y destartalada ciudad de 700.000 habitantes que preside el valle de Katmandú, pero conviene empezar por la céntrica plaza Durbar. Esta se erige majestuosa en medio del laberinto de estrechos y polvorientos callejones que componen el turístico barrio de Thamel, plagado de hostales con encantadores jardines de sabor colonial, restaurantes en terrazas con vistas sobrecogedoras, bares con música en directo, cafeterías con chill out y wifi y tiendas de artesanía con cuadros de dioses hinduistas y thangkas budistas. La plaza gira en torno al antiguo palacio real de Hanuman Dhoka, que en su mayor parte fue levantado por el soberano Pratap Malla en el siglo XVII y refleja el poder que tuvo la monarquía hasta su abolición hace justo un año. Tras 240 años de reinado, la dinastía Shah, la última estirpe hinduista del mundo, fue sustituida por una república por culpa del absolutismo del soberano Gyanendra, quien en poco tiempo dilapidó la veneración que sentían los nepalíes por sus monarcas al subir al trono después de la oscura matanza en el palacio de Narayanhity. La versión oficial sostiene que el heredero a la corona de plumas, Dipendra, asesinó a su padre, Birendra, y a casi toda la familia real despechado porque no podía casarse con la mujer que amaba, pero muchos sospechan que la mano de su tío y hermano del rey, Gyanendra, se hallaba detrás de la masacre. El viajero puede sumergirse en todas estas intrigas palaciegas mientras contempla el ritmo diario de los vendedores ambulantes, las mujeres envueltas en vistosos saris de ricos colores y los rickshaws que atraviesan la plaza desde las escalinatas del templo de tres tejados de Maju Deval, dedica-