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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE de Azúa, Francesc de Carreras, Ferran Toutain y yo mismo tuvimos con Pasqual Maragall la tarde del 6 de julio de 2005 en el Palacio de la Generalitat. El presidente nos convocó justo después de que Albert Sáez, en aquel entonces director adjunto del Avui, no encontrara inconveniente alguno en publicar en este periódico semipúblico- -la Generalitat poseía y posee un 20 por ciento de sus acciones- -un artículo de Oriol Malló, ex terrorista confeso, donde se pedía que a los firmantes del manifiesto se los pasara a cuchillo. Es verdad que, a raíz de la aparición de nuestro texto, Maragall ya había expresado la voluntad de reunirse un día con sus autores. Y que había abonado estas intenciones con un argumento de peso: Entre los firmantes, hay buenos amigos míos Pero también es innegable que el encuentro debió de precipitarse por la publicación del artículo. El caso es que nos convocaron y fuimos. Maragall estuvo cordial. Nosotros también. Como él mismo había dicho, entre los firmantes tenía buenos amigos. Francesc y Félix lo habían sido en tiempos mejores, en tiempos más favorables a las promesas y, pues, a las creencias. Yo le conocía un poco, no mucho, de la época de Catalunya Segle XXI y el Instituto de Cultura. Además, mi apellido le remitiría seguramente a la vieja amistad entre su hermano Ernest y mi hermano Alfons, una amistad iniciada en el funcionariado municipal, proseguida en la isla vacacional de Menorca y concretada, por ejemplo, a mediados de los setenta, en unos partidos de fútbol que se celebraban en un campo de tierra de la parte alta de la ciudad, y en los que tanto Pasqual como yo habíamos tomado parte alguna vez, yo con cierta frecuencia y con una suerte más bien adversa, puesto que jugaba de portero y no paraba de recibir goles, y él, en cambio, muy de tarde en tarde- -vivía entonces en Estados Unidos- -y con una suerte aún más adversa que la mía, puesto que en uno de aquellos pocos partidos en los que participó se rompió la rodilla. En cuanto al último de los miembros de la delegación, Ferran, no había tenido hasta aquella fecha, que yo sepa, ningún trato personal con el mayor de los Maragall. La reunión, decía, fue distendida, cordial. Nos acompañaba Jaume Badia, que hacía el papel de apuntador, pues, al tiempo que iba tomando nota de los compromisos que adquiría verbalmente el presidente, le iba recordando las partes del guión que Pasqual desconocía o había olvidado. Empezamos hablando, como es lógico, del caso Malló. Se mostró aterrado por lo ocurrido. No salía de su asombro. Según nos contó, antes incluso de que se publicara aquel artículo desgraciado, el Gobierno ya tenía decidido hablar con los demás socios- -Planeta y Grupo Godó, con un 40 por ciento cada uno- -para renovar el periódico; septiembre era la fecha prevista. Todos estuvimos de acuerdo en que una situación como aquella, tan grave, no podía repetirse. Luego hablamos del manifiesto. De lo que significaba, de las razones que lo habían impulsado. Maragall defendió la necesidad de disponer de un nuevo Estatuto, reivindicó la estrategia de envolverse en la bandera para que no se envolvieran en ella los nacionalistas declarados y aseguró que la financiación era la clave de todo. Nosotros, claro, disentimos de su planteamiento. Y, además, le recordamos la política lingüística que estaban aplicando, sin fisuras, todos los departamentos controlados por Esquerra. Y le citamos casos concretos de marginación del castellano en el ámbito institucional y en el ámbito público. Reaccionó como si fuera la primera vez que oía hablar de multas a comercios, de oficinas de garantías lingüísticas y de centros de enseñanza en los que el castellano ha desaparecido de las aulas. Jaume, mientras tanto, Maragall reaccionó como si fuera la primera vez que oía hablar de multas a comercios, de oficinas de garantías lingüísticas y de escuelas donde el castellano ha desaparecido El presidente de la Generalitat comentó: Eso que pedís en el manifiesto, la creación de un nuevo partido en Cataluña, con estas características, no es ninguna tontería... fiel a su desdoblamiento funcional, iba apuntando con la palabra que cuanto decíamos era cierto, e iba apuntando en una libreta todas las gestiones que el presidente prometía hacer en adelante en relación con las fechorías identitarias de sus socios de gobierno, gestiones que se resumían en la frase: Apunta, Jaume: de eso tenemos que hablar con Bargalló La conversación, y con ella la cordialidad, duró por lo menos una hora. Por supuesto, la cordialidad no es garantía de nada. A lo más, de la posibilidad de desahogarse sin temor alguno. De todo lo que Maragall prometió aquel día, no se ha cumplido nada de nada. Perdón, sí se ha cumplido algo, aunque en este caso no se trate propiamente de una promesa, sino más bien de una intuición cuya exactitud ha sido confirmada por los hechos. Justo al principio de la conversación, después de liquidar, en los términos ya indicados, el caso Malló, el presidente de la Generalitat de Cataluña afirmó con serenidad, como quien le ha dado ya unas cuantas vueltas al asunto, lo siguiente: Eso que pedís en el manifiesto, la creación de un nuevo partido en Cataluña, con estas características, no es ninguna tontería: el espacio político existe, y es bueno que alguien lo represente Daba realmente la impresión de haberse quitado un peso de encima, de que nosotros, con nuestra iniciativa, le habíamos ayudado a desprenderse de un lastre enorme.