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10 5 09 ACTUALIDAD Melchor Rodríguez El Ángel Rojo de la guerra (Viene de la página anterior) que no lo recuerda. La mayor discrepancia- -detalla Alfonso Domingo ante un ordenador que no responde esta tarde de calor prematuro- -residía en la política de la Consejería de Orden Público en manos de los comunistas. El PCE acusó a la CNT de tener a quintacolumnistas infiltrados y los anarquistas a Cazorla de tener cárceles secretas. El mismo Melchor que lo había investigado sacó de una de ellas a un sobrino de Sánchez Roca, subsecretario de Justicia, haciéndose pasar por inspector de policía, y le acusó directamente en la prensa de ser un agente provocador al servicio del fascismo y de tener prisiones encubiertas. Melchor quería impedir cualquier tipo de justicia extra legal y acabar con las sacas que elementos incontrolados y no tanto querían mantener a toda costa siguiendo las directrices dictadas desde los despachos de Moscú de eliminar lo máximo posible la retaguardia de Madrid para que los detenidos no formaran un cuerpo de ejército una vez que entraran los franquistas, como se pensaba. Incluso Pasionaria cita en sus memorias que, en los momentos de la caída del Consejo Nacional de Defensa, Melchor entregó, atados de pies y manos, una serie de presos a los franquistas, y eso no es verdad El investigador saca una bolsa de tabaco y lo hace picadillo sobre un papel de fumar con el que se lía un cigarro. Más de 10.000 personas, que podrían ser hasta 30.000, fueron salvadas por él, porque no se trata sólo de los que rescató directamente, sino de los que logró librar de una muerte segura gracias a sus disposiciones desde la Dirección General de Prisiones. Mira- -me cuenta- llevo quince años indagando sobre la guerra y a medida que pasa el tiempo su figura, en la que Pons Prades hizo que pusiera el foco, se agiganta. En un conflicto tan terrible, en que sale lo peor del ser humano, él lucha por asegurar la vida, sea del color que sea, por la legalidad, permite llevar comida a los presos, que sus familias sepan dónde están, que se les visite... Y luego desde la Concejalía de Cementerios logra dos millones de pesetas para acondicionar las necrópolis, dar sepultura a los insepultos de las embajadas y deja que los derechistas vayan a ver a sus muertos... Por eso me vuelco en él. Es un personaje de los que me gustan, perdedor, hombre digno, con ideas firmes que lleva a la práctica en una situación tan difícil como la guerra y que, además, es capaz de anteponer la vida y la amistad a las ideologías. Cuando acusan a su secretario Batista y a Rufo, su chófer, de ser agentes de la Quinta Columna, sólo les pide la palabra de que le son fieles. Y los traidores, que lo son, y que le deben la vida, se la dan. Eso le bas- Alfonso retrata a los Quintero con Melchor. Luego captaría el extraordinario sepelio de Serafín bajo el signo de la cruz Con los Quintero, entre la cruz y la palabra Alfonso, el fotógrafo, retrata a Serafín y Joaquín Álvarez Quintero junto a su gran amigo Melchor Rodríguez en el invierno del 38. Sería la última foto del mayor del hermanos. Posan tras la visita a las dependencias del hospital penitenciario al que acuden para elevar la moral de los presos. Allí están emboscados algunos falangistas y jefes del Ejército- -relata Alfonso Domingo- pero también alberga gente ida, extraviados de la locura ante la presión de la guerra. Serafín no puede contener la emoción. Tiempo después, Melchor, concejal de Cementerios de aquella ciudad más muerta que viva, pensará que el gran comediógrafo ya estaba preparando su partida El 7 de abril, el escritor sufre una parálisis y el día 12 fallece. En el velatorio, el maestro Padilla reparte colillas y se recitan versos. Joaquín abraza a Melchor entre sollozos y le pide un sueño. Serafín quería que le enterrasen bajo el signo de la cruz Yo me encargo- -responde el edil- La cruz irá con él, yo certifico Y del despacho de los hermanos Quintero sale el 13 de abril, miércoles santo- -aunque la Semana Santa ha sido abolida en ese Madrid sitiado- -el féretro con la cruz. Hay un suspiro de asombro El anarquista, en medio de la guerra, se la juega y vuelve a cumplir su palabra. ta. Fascinante. Preso en tres regímenes distintos, su historia permite repasar lo acontecido en casi un siglo de la historia de España. Reconstruir los mimbres de su vida me llevó cinco años de investigación Gracias a ese trabajo en archivos de España y Holanda, y a horas de entrevistas, se nos revela que Melchor Rodríguez García, nacido en Triana el 30 de mayo de 1893, en una familia que pasaba estrecheces aunque no hambre, que empezó a trabajar de calderero a los 10 años tras la muerte accidental del padre, que aprendió a leer y a escribir en el Círculo Republicano de Sevilla, que fue novillero antes que anarquista y al que las ideas libertarias hicieron desistir de su futuro torero porque ningún ser vivo merece sufrir que tuvo por su segunda casa la cárcel, y a los presos, por su otra familia debido a sus escritos en defensa de los obreros, que se casó con una bailaora de Pastora Imperio, Paca, con la que tuvo una hija Amapola- -el nombre de las flores que nacen libres- que fue letrista de cuplés y poeta... Que aquel hombre hecho a sí mismo llegó a pactar con las tropas de Franco el cese de los bombardeos de la aviación sobre los barrios obreros de Madrid a cambio de acabar con las sacas, que de cualquier manera no iba a permitir. ¿Un hombre bueno o un iluso?