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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE El cáncer de todo un hogar POR ANNA GRAU unca fue barato ir al médico en Estados Unidos. La ausencia de un serio sistema de salud pública universal obliga a suscribir seguros privados carísimos, individualmente o a medias con la empresa en la que se trabaja. Esta opción es la más extendida, pero tiene un efecto perverso: si te quedas en paro también te quedas automáticamente sin seguro médico cuando más lo necesitas. Es lo que les ha pasado a Danna y Russ Walker, un matrimonio de Texas, ambos de 46 años, que se consideraban de clase media hasta que a él le falló el negocio y a ella el empleo... con un hijo de 21 años, Jake, con cáncer de testículo. El cáncer se declaró hace tres años y cuando los médicos lo detectaron ya se había extendido al abdomen. En los dos años siguientes hubo que extirpar el testículo y las partes más dañadas del abdomen y del hígado. Jake se sometió a quimioterapia de choque y a un autotrasplante de células madre HUMBLE, TEXAS N MICHAEL STRAVATO (NYT) tan agresivo que se le caía la piel a tiras. La buena noticia: después de pasar por todo esto, Jake lleva más de un año limpio de la enfermedad, dando negativo en todos los análisis. La mala: hasta la fecha su tratamiento ha costado 2 millones de dólares, y la factura sigue subiendo. Sólo por la última cita con el oncólogo les piden entre 700 y 1.500 dólares. Era un drama humano y familiar, pero no económico mientras Danna trabajaba en la empresa de mensajería DHL (trabajó allí catorce años) y tenía seguro médico. Pero con la crisis ya no lo tiene. Por lo mismo se ha venido abajo el negocio de su marido, que era proveedor de DHL. Sin seguro y sin dinero, el hospital amenaza con dejar de tratar a Jake si sus padres no pagan al contado y por adelantado. Inamovibles ante las súplicas- -en ese hospital ejerce el único médico que dio esperanzas de curación a su hijo, y hasta ahora las ha cumplido- sugieren que los Walker hagan examinar a Jake en otro centro, más barato o con más tendencia a fiar, y que después lleven los análisis a su único doctor de confianza, que es el único que les ayuda y que pelea por ellos. Hasta el punto de estar dispuesto a no cobrar por su trabajo. Pero no basta. Los Walker ya no saben qué más hacer ni cuánto más humillarse para tratar de conseguir una póliza que cubra a su hijo. Es importante que no transcurra demasiado tiempo entre un seguro y otro porque entonces la aseguradora nueva se negaría a hacerse cargo de una enfermedad que pasó demasiado tiempo expuesta a la intemperie de los sin techo sanitario. Los Walker ya han llegado al punto de pedir caridad, cuenta The New York Times Pero por muchos formularios que rellenen no es fácil que se la den porque lo único que les queda en el mundo, la casa donde viven, les impide acogerse a ciertas ayudas. Da igual que para pagar el último seguro de Jake hayan tenido que quedar a deber un mes de hipoteca. Y negociar diez días de retraso en el pago del recibo de la luz. Si esto sigue así se enfrentan a la perspectiva de convertirse en homeless en una familia sin techo. O eso, o saltarse los tests de Jake, y arriesgarse a que si el cáncer vuelve nadie lo vea venir hasta que sea demasiado tarde. podían embarcarse en la compra del piso. La economía parecía entonces una ola que no dejaba de curvarse hacia el cielo y montados en ese lomo decidieron vender su casa y comprar otra, gracias en parte a la confianza del banco, que ni siquiera pidió un aval. Como muchos, también nosotros nos beneficiamos del momento Pero las cosas empezaron a torcerse, y con ellas el sueño de ingresar con pie firme en la esponjosa clase media. Subió el euribor como el termómetro en los veranos de la villa y corte, y los pagos inapelables se pusieron en la linde de los mil euros mensuales. En marzo, Franco perdió su empleo en una empresa de limpiezas. Al no tener trabajo, me consumo y me deprimo confiesa con las manos desnudas, tratando de manter la dignidad, de poner al mal tiempo buena cara y hablando suave, aunque no resulte fácil con una deuda de 128.000 euros a cuestas. Su mujer gana 800 euros. La hipoteca se lleva cada mes 750, a los que hay que sumar 12 letras pendientes de 380 euros para que no le embarguen la furgoneta de reparto. Han realquilado un cuarto para poder comer. Pero no es de extrañar que Bolívar y los suyos piensen ahora en volver a casa, a la luz de las luciérnagas. A otro sueño. A Franco Bolívar la crisis le rompió el sueño y se plantea irse de Entrevías y regresar a su Ecuador natal DANIEL G. LÓPEZ