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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE DE MI BITÁCORA Margaret Thatcher, in memoriam POR EDUARDO SAN MARTÍN inguna efeméride podría venir más a contrapelo en medio de la universal diatriba contra los modelos económicos vigentes a que ha dado lugar la crisis financiera internacional. Y sólo tres días después de los fastos con los que, urbi et orbi, se acaban de celebrar los primeros días en la presidencia de Estados Unidos de la gran esperanza keynesiana del momento. Hoy domingo 3 de mayo hace exactamente treinta años de la primera gran victoria electoral de Margaret Thatcher en el Reino Unido. Lagarto, lagarto. El recuerdo de la dama de hierro evoca en el momento menos oportuno, para la nutrida legión de sus detractores, la quintaesencia de ese modelo liberal del que aborrecía el otro día la vicepresidenta primera del Gobierno español, confundiendo el original, tal vez sin maldad, sólo por ignorancia, con la media docena de derivados que han ensuciado en las últimas décadas, con sus torpes prefijos, la doctrina de Adam Smith y los padres fundadores de la economía moderna. N No culpéis al capitalismo, culpad a los gobiernos clamaba en octubre pasado el economista americano Peter Schiff sobre el origen de la crisis actual. Claro que Schiff no es premio Nobel y el eco de su voz se ha perdido en el desierto. Y algunos lamentan que hayamos dejado pasar la oportunidad de un debate desapasionado sobre la responsabilidad de la recesión antes de que toda la artillería, sin más preguntas, haya terminado disparando contra el mercado. ¿Tiene la culpa el mercado de las tropelías de Peter Madoff o de las de la caterva de operadores financieros que prestaron a insolventes y luego vendieron esos créditos a terceros como si fueran diamante en bruto? Thatcher y después Reagan inspiraron la economía mundial durante más de una década y sus reformas fueron imitadas en los lugares más insospechados. Ni los más conspicuos defensores de la propiedad estatal, como Francia, pudieron resistirse a la ola de privatizaciones y desregulaciones. No hay alternativa proclamaba la primera ministra. El gobierno no es la solución; el gobierno es el proble- ma aseguraba Reagan desde la otra orilla del Atlántico. Veinte años después, y una gravísima crisis mediante, se yerguen otra vez los molinos contra los que ellos lucharon: la intervención del Estado, la subida de impuestos, las regulaciones y el proteccionismo. Y casi nadie recuerda la economía en ruinas, eso sí absolutamente regulada y tutelada por el Estado, que heredó Margaret Thatcher. Cosas del péndulo; o de los ciclos, ya que hablamos de economía. Algún día habrá que hacer un balance sereno. No todas las privatizaciones llenaron los bolsillos de unos cuantos listos, como en Rusia, ni todas las desregulaciones han desembocado en una anarquía libertaria. Y mucha de la prosperidad acumulada en todo el mundo en las últimas décadas tiene su origen en algunas de aquellas reformas. Que unos cuantos se hayan pasado en la dosis no quiere decir que la medicina fuera radicalmente equivocada. Campos de Agramante ero volvamos por un momento a la efeméride que todos celebran sin reserva, la de los cien días de Obama en la Casa Blanca. Hay un dato que subyace a todas las cifras de aprobación (casi un setenta por ciento, más o menos como Carter y apenas unos cuentos puntos más que los vituperados Reagan o P Bush junior en el mismo periodo) Y esa letra pequeña apenas subrayada por algún observador más perspicaz revela una realidad poco alentadora: los primeros pasos de la presidencia de Obama no han contribuido a colmar la enorme brecha partidaria que generaron los dos mandatos de Bush. Si acaso la ha ensanchado. Según una reciente encuesta del instituto Pew, mientras que el 88 por ciento de los votantes demócratas aprobaba la gestión del presidente en estos primeros cien días, sólo lo hacía el 27 por ciento de los republicanos, una diferencia partidaria mayor que la se manifestaba en abril de 2001 con Bush. Para valorar hasta qué punto la sociedad norteamericana se ha ido polarizando de una forma radical, baste recordar que hasta un 56 por ciento de los republicanos aprobaban la gestión del demócrata Jimmy Carter en marzo de 1977 y un 55 por ciento de demócratas la del republicano Richard Nixon en el mismo momento de su primera presidencia. El fenómeno no es privativo de Estados Unidos. Nuestro país es el campo de Agramante de dos ejércitos irreconciliables. Con el agravante de que los graves problemas del complejo mundo contemporáneo requieren una más estrecha más la colaboración entre partidos rivales y un creciente consenso social. www. abc. es blogs san- martin