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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Gripe, divorcio y paro POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE i en los próximos días se lograra controlar ese virus de la gripe porcina, que se multiplica más rápido aún que nuestros problemas, veríamos con más tranquilidad otro virus que se ha manifestado en las últimas semanas y que amenaza seriamente a algunas de las más sólidas estructuras de la pareja made in Hollywood. Resulta ciertamente sospechoso que de pronto leamos que Brad Pitt y Angelina Jolie se separan, que Sean Penn y Robin Wright Penn se separan, que Mel Gibson y su parienta de toda la vida, Robin Moore, se S disponen a pasar al libro Guiness de los records por protagonizar el divorcio mejor pagado de todos los tiempos, o sea, de este tiempo... ¿No sería el momento de que alguien llevara una partida de mascarillas a Hollywood Boulevard por si la cosa se transmitiera por el aire? A este lado de la barra del bar ya se sabe que allí, en el cine, la vida en pareja tiene un horizonte tan a mano como la bacinilla de un asilo, y que hay muchos que matrimonian rápido para que les dé tiempo a divorciarse, pero este revuelo de los últimos días no deja de ser susceptible de cierto recelo. En fin, la actualidad es siempre aparatosa y una plaga arroja un suave manto de olvido sobre las anteriores ya superadas. Y si esta gripe porcina es una amenaza mucho mayor que la llamada gripe aviar, o la gripe del invierno pasado o la del anterior, también han de ser más agresivos los aires de divorcio que enferman ahora Hollywood que aquellos que provocaron otros igualmente sonados, como los de Tom Cruise y Nicole Kidman, Bruce Willis y Demi Moore, Meg Ryan y Dennis Quaid o los reincidentes de Sean Penn y Madonna, Brad Pitt y Jennifer Aniston o Angelina Jolie y Billy Bob Thorton... Aquí, afortunadamente, el tema virus parece estar bien gobernado en ambos terrenos y Trinidad Jiménez, ministra de Sanidad y de Asuntos Sociales, tiene sujetas las riendas de las dos plagas: nos acatarramos poco y no hay divorcios sonados... Los del cine de aquí es- tán tan ocupados en otras cosas que ni siquiera nos ofrecen divorcios de grandes efectos especiales y de alto presupuesto; como mucho, separaciones de serie B. Nuestros desvelos e inquietudes van en otra dirección y le atañen a otras zonas del gabinete ministerial: una epidemia de paro que no hay mascarilla que la pare... Con cuatro millones largos de personas afectadas por el virus, y acabamos de celebrar el Día del Trabajo, que es como si en México celebraran el Día del Estornudo. Y como nos tiene demostrado nuestro presidente Zapatero que hacer pronósticos es elegante, nos arriesgaremos desde aquí a uno sencillito: se diluirá la tal gripe porcina, se volverán a casar los Pitt, los Penn, los Gibson y los Jolie, pero nuestra brutal epidemia seguirá tan presente, provocadora y vigorosa como Berlusconi en su finca. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO El ruido de los demás POR XAVIER PERICAY P arece que, poco a poco, la lucha contra el ruido va tomando cuerpo. No diré que estemos ante una gran cruzada, ante uno de esos vastos movimientos como el que tiene por señuelo el cambio climático y donde se juntan, todos a una, administradores y administrados; no, a tanto no llegamos- -entre otras razones, porque la lucha contra el ruido carece de ese componente apocalíptico que mueve montañas- Pero lo cierto es que los medios recogen cada vez más noticias sobre el par- ticular. Generalmente, esas noticias hablan de quejas, de denuncias, de expedientes, de sanciones. Incluso puede darse el caso de que un ayuntamiento haya puesto en marcha un programa piloto para tratar de devolver algo de silencio a una zona concreta de su ciudad y, en consecuencia, lo publicite. Y hasta puede que ese programa piloto acabe derivando en un plan de actuación. Con todo, el problema sigue ahí. Qué digo el problema; el problemón. Para convencerse de ello, bastará con un dato: hace cuatro años, un tercio de la población europea -o sea, 170 millones de habitantes- -se hallaba expuesta a niveles de ruido superiores al límite recomendado por la OMS. Y, aunque en los últimos tiempos muchos gobiernos hayan tomado medidas para intentar paliar los efectos nocivos del tráfico, la industria y el ocio- -los principales causantes de la contaminación acústica- todo indica que esas medidas son insuficientes. A no ser, claro, que consideremos que la solución no estriba tanto en reducir la intensidad del fenómeno como en evitar que nos alcance. Algo así sucede ya en España. A falta de otros remedios, la semana pasada se empezó a aplicar la nueva normativa sobre aislamiento de los hogares, que triplica las exigencias de insonorización vigentes hasta la fecha. Hay que felicitarse por ello, sin duda. En adelante, uno podrá comprarse un piso recién construido sin arriesgarse a que la televisión del vecino de al lado o la pelotita del pequeñín que vive arriba o las expansiones de la pareja de la casa contigua le amarguen la existencia. O, en fin, sin que se la amarguen tanto como ahora. Sin embargo, ello no debería llevarnos a renunciar al exterior. No, la calle también es nuestra. O también debería serlo. Y en el espacio público- -que es algo más que la calle, por supuesto- -el ruido sigue muy presente. En realidad, vivimos en un mundo del que ya casi ha desaparecido el silencio. Y no es sólo el ruido, el problema. La gente no habla, grita. La música y sus sucedáneos no dan tregua: están en el coche, en el metro, en los bares, en las salas de espera. Y, así las cosas, a nosotros sólo se nos ocurre encerrarnos en casa, bien parapetados, y considerar que el ruido, claro, son los demás.