Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE LA LETAL GRIPE ESPAÑOLA Mató a 50 millones de personas en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, pero las autoridades militares prohibieron hablar de ella para no minar la moral. Por eso la llamaron española lo largo de la historia los virus, bacterias y otros miasmas han viajado mucho más rápido que los seres humanos, aunque ha surgido una invención que les gana en velocidad: las noticias transmitidas por internet. Así, en estos días, en vivo y en directo, se muestra la todavía llamada gripe porcina como espectáculo audiovisual a escala global, mientras se esboza y define un tiempo de la peste que los encargados sanitarios pretenden controlar con protocolos exactos como latidos del corazón. Resulta difícil no evocar el reciente fallecimiento de la estrella de la telerrealidad británica Jade Goody debido a un cáncer de útero a los 27 años, un episodio en el cual lo único que se hurtó a la cámara fue el instante supremo de la muerte. La familia y los amigos querríamos tener intimidad al fin declaró la misma mañana del deceso su apenada (y ahora millonaria) madre. Este sentido de la enfermedad como espectáculo colectivo no es nuevo. Desde los tiempos bíblicos existe una manera de encauzar el miedo que produce, una fabricación cultural que la relaciona con un otro culpable, con aquellos otros diferentes que se consideran los agentes transmisores de la plaga, la carne, nunca mejor dicho, de lazaretos, islas de cuarentena o cementerios. La estigmatización sigue presente. Mientras los mexicanos siguen con disciplina, ánimo y fatalismo las órdenes de sus autoridades sanitarias, aquí y allá cierta mexicanofobia y el odio a un animal tan noble pero tan maldito como el cerdo abren los telediarios. El adjetivo es lo que cuenta, quizás debido a que el sustantivo, virus H 1 N 1, no dice nada. Que se trate de un híbrido con material genético procedente de cepas aviarias, porcina y humana, que habría saltado de una especie a otra, del cerdo al hombre, como ha ocurrido tantas veces, apunta que el proceso de domesticación de plantas y animales comenzado hace quizás unos diez o doce mil años sigue cobrándonos tributo, a pesar de nuestra inteligencia y tecnología. Pero aquí nos remitiríamos a un problema científico: el cultural resulta no menos enigmático y que estos días la atención informativa hacia la gripe española de 1918 sea general indica que lo atávico sigue presente y la nueva plaga despierta viejos reflejos identitarios. Como se recordará, en marzo de aquel año fatal se produjo en A Manuel Lucena Investigador del CSIC y profesor invitado en la Universidad de Harvard Camp Funston (Kansas) el primer caso, multiplicado en junio y octubre de la mano de la movilización de guerra como un relámpago, primero en Norteamérica, luego en Europa y el resto del mundo. Los reclutas de aquel campo habrían sido alimentados con carne de pollo y cerdo infectada con gripe, procedente de granjas cercanas. Era una práctica habitual: por eso algunos investigadores mantienen un origen francés de la gripe y dos años anterior. Las fotografías de los felices soldados desplumando pavos y alimentando cerdos no ofrecen lugar a dudas. A pesar de la virulencia y la rapidez del brote, la censura militar no informó sobre la epidemia para no afectar la declinante moral de las tropas, de modo que las únicas noticias fiables procedieron de los periódicos editados en España, una potencia neutral en la que se podía contar la verdad de lo que pasaba y que además cargaba con el estigma de la Leyenda negra. La segunda oleada epidémica, mucho más grave por la letal mutación del virus, mataba a los infectados, jóvenes y adultos en su mayoría, pocos días después de contraída la enfermedad, mediante neumonías y dolencias respiratorias agudas. La particular psicología de un tiempo bélico tuvo que ver con el terrible saldo de cincuenta millones de muertos y 500 millones de afectados (una cuarta parte de la población mundial) causado por aquella gripe, bautizada también como La pesadilla La madre patria y La dama española Temerosos de resquebrajar un patriotismo que explicaba la resisten- cia de los soldados y las retaguardias civiles, las autoridades optaron por una pedagogía social del silencio. Si no se hablaba de ella, no habría gripe. Más tarde la realidad se impuso y se encomendó a la gente no estornudar en público, llevar a mano pañuelos (los de tela debían ser hervidos, los de papel quemados) lavarse las manos con desinfectante, no usar los tranvías y evitar lugares sin ventilación. Aquella epidemia causó en España casi 150.000 víctimas oficiales, quizás el doble no reconocidas, pero por ese particular mecanismo de pendulación habitual en la historia de la humanidad, pudo ser el precedente necesario de los felices y divertidos años veinte El profesor Mamelund, de la Universidad de Oslo, mantiene que mientras en los países en guerra la fertilidad aumentó por los mecanismos habituales de reemplazo de los fallecidos, en naciones neutrales como Noruega o España fue la reacción adaptativa a la terrible mortandad causada por la gripe la que incentivó los nacimientos desde 1919. Ante la catástrofe epidémica, la población reaccionó multiplicándose. Tan viejo como la humanidad. Año 1918. Enfermos de la llamada gripe española se agolpan en un hospital de emergencia en Camp Funston (Kansas) AP