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26- 27 D 7 LOS DOMINGOS DE terrey, Santa Bárbara, Los Ángeles y San Diego. A regañadientes, los rusos dieron media vuelta al comprobar que los cañones que les apuntaban desde los presidios y fuertes estaban dispuestos a hacer fuego. Una retirada que provocó una situación de guerra nominal entre ambos países, y que se saldó sin mayores consecuencias. Una guerra en el fin del mundo que ganamos por abandono, debido a la incapacidad de la flota rusa para aprovisionarse a tan larga distancia de sus bases, y en gran parte, también, a la alianza alimentada por las ambiciones de Napoleón, que, después de ocupar el trono de España, cometió la enorme torpeza de invadir Rusia, con el resultado conocido. Puestos a lucubrar, surge otra pregunta: ¿Qué habría pasado si los rusos, y no España, hubieran colonizado la Alta California? La historia de las naciones, como la de las personas, es cómo es, pero podría haber sido de otra manera. Y en ese juego de imaginación fascinante se abren posibilidades narrativas interminables, como bien supo ver el gran Borges con su ceguera. Resulta asombrosa la escasez de medios y de gente con los que España se impone la tarea abrumadora de la descubierta, defensa y conquista del territorio norteamericano. Partiendo de México, las expediciones hacia el sur y el centro de Estados Unidos (una tierra entonces enigmática) se suceden con la insistencia de quienes nunca dan por perdido el sueño de conseguir fama y riqueza, y buscan obtener, ellos también, el premio gordo en metálico que ya habían conseguido Hernán Cortés y Pizarro. Dos ejemplos que atraen como un imán a sucesivas generaciones de hijos del riesgo y la aventura, en pos de la maldición del oro, ese El Dorado que se alejaba cada vez más a medida que los españoles parecían tenerlo al alcance de la mano. La Norteamérica que se encontraron al norte de Río Grande los Cabeza de Vaca, Vázquez de Coronado, Hernando de Soto, Ponce de León, Esteban Gómez, Juan de Oñate, fray Junípero Serra o el padre Kino, distaba mucho de la que hoy puede contemplar el viajero, surcada de buenas carreteras, con confortables alojamientos y ciudades deslumbrantes. La mayor parte de Nuevo México, Arizona, Texas, Utah, Nevada y Colorado eran planicies y mesetas áridas y desérticas, donde escaseaban el agua y los alimentos y que debían atravesarse, muchas veces a pie, abriéndose camino entre tribus bravas que preferían morir matando a someterse. Eran naciones de guerreros valientes, como los apaches, los semínola o los comanches, con los que España tuvo que combatir o negociar, en un equilibrio de fuerzas siempre inestable. La conquista del Oeste, que el cine Ellos quisieron hacer española Norteamérica. Arriba, Hernando de Soto, que intentó colonizar Florida, fue el primer europeo que llegó al Misisipi y recorrió Arkansas, Oklahoma y Texas. Derecha, Juan Ponce de León, descubridor de Florida, donde cuenta la leyenda que buscó las fuentes de la eterna juventud. Abajo, Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana fantaseó después, fue casi un paseo comparado con las penalidades que afrontaron los primeros españoles que atravesaron las ciénagas infectas de Florida, los llanos quemantes de Texas, las riberas pantanosas del Misisipi o los desiertos de Arizona con una penuria de efectivos materiales y humanos que nos deja pasmados. Apenas unos pocos centenares de soldados, casi siempre mal equipados, cubrían los miles de kilómetros de frontera que separan la punta de Florida del norte de California. Y esa fuerza no estaba de adorno. Con ella se combatió en Georgia, Florida, Luisiana, Texas y la Costa Este contra británicos, franceses, aborígenes y, finalmente, la pujante nueva nación estadounidense, que terminaría apuntillando a España en 1898, y devorando los despojos, todavía suculentos, del primer imperio mundial. Con el agotamiento demográfico causado por las continuas guerras y una expansión que abarcaba cinco continentes, la escasez de recursos humanos se revelaría dramática en la ocupación y defensa de los enormes espacios de Norteamérica. La exploración de los territorios del Norte era una empresa ingrata y poco rentable, que exigía demasiado esfuerzo y proporcionaba magros resultados. Y los colonos, sometidos a leyes comerciales muy restrictivas, llegaban a cuentagotas o no llegaban. Misioneros y soldados, en muchos casos auxiliados por los propios aborígenes, no cejaron en el empeño, obedeciendo órdenes de imposible cumplimiento, hasta que España, exhausta y arruinada, no pudo más, y se arriaron con dolor las últimas banderas. Más información en Banderas lejanas de Fernando Martínez Laínez. Edit. Edaf