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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Ulloa, otra más de los gallegos Juan Pinzás o Pilar Sueiro y en el caso cataMarc Recha. lán habría profusión donde elegir, desde Ventura Pons a Albert Serra o El eje Hollywood- cine catalán POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE D ESDE que el otro día nos enteramos de que la Academia del Cinema Català había establecido contactos con la Academia del Cine de Hollywood, como que aquí en Barcelona se puede ver al personal más erguido, más engallado. El presidente de la Academia catalana de cine, el actor, guionista, director e intelectual Joel Joan, tal vez consiga algo muy distinto a lo que realmente pretendía con esta gran iniciativa: que el cine español tenga la posibilidad de colar dos representantes en una lista de cinco nomina- dos al mejor filme en lengua extranjera. Si esta idea prosperara, y no es difícil que así sea llevándola alguien tan fino intelectualmente como Joel Joan, creo que habría que considerar la oportunidad que se le abre al conjunto del cine español si se amplía la iniciativa al cine gallego y al cine vasco: con un poquito de ambición y talento llegaría el año en que todas las candidatas al Oscar a la Mejor película en Lengua no Inglesa fueran españolas. No es difícil mirar por esta ventana al futuro: una del manchego Almodóvar, otra de los vascos Julio Medem o Juanma Bajo Personalmente, creo que el señor Joel Joan ha mostrado el mejor camino a seguir aún en estos tiempos de tiniebla: hay que ir a por todas (las candidaturas, se entiende) El presidente de la Academia del Cine Català- -la cual se fundó el pasado año con el fin primordial de crear los premios Gaudí de cine- acaba de ser reelegido para los próximos cuatro años, aunque el hecho de que sólo se presentara él a la elección del cargo habla aún más en su favor y en el del paisaje intelectual que se quiere crear alrededor de esta Academia del cine. En Hollywood, no se crean ustedes, tampoco se forman grandes colas para presidir su Academia, y ahí la tienen, dirigida por un publicista, Sid Ganis. Entre am- bos, Sid Ganis y Joel Joan, tendrán que sustanciar ese eje que se vislumbra entre la Academia de Hollywood y la del cine catalán, una vez que se les explique a los de allí qué es el cine catalán, que no es (según los baremos por puntos de catalanidad) el de Isabel Coixet sino el de Woody Allen. Y si estos propósitos del cine catalán (al menos del oficial, el que representa Joel Joan y su Academia) se consolidasen, podría apreciarse como un experimento para causas y empresas realmente descomunales, extraordinarias. Por ejemplo: si Joel Joan es capaz de convencer a los académicos de Hollywood de lo conveniente que sería la presencia del cine catalán en sus prestigiosos premios, por qué no acometer la hercúlea operación de convencer al público catalán de que vea su propio cine, o si lo prefieren, al público español de que vea cine español. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Gratis total POR XAVIER PERICAY na de las primeras consecuencias, no sé si felices, de la llegada de Ángeles González- Sinde a la categoría de ministra ha sido la revitalización de un viejo debate, el de la gratuidad de la cultura. ¿Debe ser gratuita, la cultura? Así lo creen- -o así afirman creerlo- -los miembros de esas asociaciones de internautas que, nada más conocerse el nombre de la nueva titular del Ministerio, pedían ya su cabeza por entender que desde su nuevo cargo va a emprender una cruzada contra la piratería en U la red- -o sea, contra ellos- Por supuesto, entre esos piratas contestatarios hay de todo. Pero, más allá de temperamentos y matices ideológicos, lo que hay, sobre todo, son hijos de nuestro tiempo. O, si lo prefieren, jóvenes y no tan jóvenes acostumbrados a que alguien- -cualquiera menos ellos, faltaría más- -provea. Se trata, claro, de la mismísima degeneración del Estado del Bienestar. Lo que fue en su origen un mecanismo solidario para garantizar el nivel de vida de los ciudadanos por medio de unos sistemas públicos de salud, de enseñanza y de pensiones, ha terminado derivando, con el paso del tiempo y como consecuencia de las grandes transformaciones sociales, en un modelo del que puede decirse, en el mejor de los casos, que está pidiendo a gritos reformas urgentes. Pero hay más. Porque a esa crisis estructural se le ha sumado un efecto perverso del propio modelo, algo así como una operación llamada. Consiste en razonar del siguiente modo: si papá Estado cuida de mi salud, de mi educación y de mi retiro, ¿por qué no me procura también una vivienda y un trabajo? ¿O acaso no tengo derecho a ello? Y, ya puestos, ¿por qué debo pagar por consumir cultura? ¿No se trata también de otro derecho? Resulta ocioso añadir hasta qué punto la invención de un Ministerio de la cosa- -ese desatino que De Gaulle y Malraux pusieron en práctica a mediados del siglo pasa- do y al que se acogieron gustosos, en cuanto tuvieron ocasión, nuestros socialistas- -ha venido a reforzar la certeza de que la cultura es un maná garantizado, cuya producción compete al Estado y del que los ciudadanos no pueden sino beneficiarse. Basta leer El Estado cultural de Marc Fumaroli para comprobar, con horror y desesperación, en qué zarzal nos han- -nos hemos- -metido. Y es que, si bien se mira, la actitud de quienes reivindican que el consumo cultural sea gratuito no dista demasiado de la de quienes consideran que el Estado no tiene más remedio que subvencionar sus propios caprichos, por el simple motivo de que ellos y no otros han sido agraciados- -vaya usted a saber cuándo, cómo y por qué- -con el don majestuoso e incomparable de la creación. El caso, en fin, es vivir del cuento.