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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE de una ley especial del Parlamento. Algunos sostenían juguetes en las manos, unos cuantos sostenían violines. Era el 2 de diciembre de 1938. Rufus Jones, el profesor de Haverford, fue a Alemania con otros dos hombres: Robert Yarnall, hombre de negocios cuáquero, y George Walton, director de un internado cuáquero. Albergaban la esperanza de hablar con alguna autoridad, quizá Hitler, de los sufrimientos de los judíos. Los tres hombres embarcaron en el Queen Mary y empezaron la travesía del Atlántico. Un periodista del Record de Filadelfia llamó por teléfono al barco y preguntó a Jones qué pensaba hacer en Alemania. Jones replicó que trataría de hacer todo lo posible y que estaba haciendo cuanto podía para evitar toda publicidad. El periodista escribió un artículo de primera plana en el que decía que los tres líderes de la Sociedad de los Amigos se proponían interceder personalmente con el canciller Adolf Hitler por los judíos perseguidos y por otros grupos minoritarios de Alemania La visita estaba envuelta en el mayor secreto añadió el periodista, deseoso de ayudar. Aparecieron varios artículos más en Nueva York y en Londres. El doctor Goebbels, el ministro de propaganda, leyó los artículos y escribió en su periódico que los tres reyes magos se hallaban en camino. Vienen a investigarnos porque en Pensilvania se habla mal de los alemanes que quitan a los pobres millonarios judíos un poco del dinero que han estafado- -dijo- No esperéis que nos los tomemos en serio. Rufus Jones y sus dos acompañantes visitaron la oficina que el Centro Cuáquero de Berlín había abierto para asesorar a los refugiados judíos y no arios. Les contaron historias sobre Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen. Hablaron con Wilfrid Israel, dueño de una destacada empresa de decoración de interiores; Israel dijo que probablemente iban a matarle a tiros antes de que transcurrieran diez días. Hablaron con Hjalmar que propuso que Estados Unidos y otros países se hicieran cargo de cincuenta mil refugiados inmediatamente. A su regreso a Estados Unidos, Jones dijo a los periodistas que habían hecho algunos progresos. Pero añadió que en todas partes los judíos les habían dicho que necesitaban salir del país: Decían: No pongáis los alimentos y el hambre en primer lugar. Podemos soportar el hambre. Podemos soportarlo todo, pero sacadnos de aquí antes de que ocurra algo más espantoso Charles Lindbergh se encontraba de nuevo en el Tercer Reich, practicando el tiro al blanco con Ernst Udet y tratando de convencer a Erhard Milch, el ministro de Aviación, de que vendiera motores de avión alemanes a Francia. Era el 20 de diciembre de 1938. En el tren que le llevaba de vuelta a París, Lindbergh pensó más en el problema judío No hablé con ninguna persona que no me causara la sensación de estar avergonzada de la ilegalidad y el desorden de las recientes manifestaciones- -escribió- Pero tampoco hablé con nadie que no quisiera que los judíos se fueran de Alemania, aunque no estuviera de acuerdo con los métodos que se emplean ahora. Los judíos, según le habían dicho a Lindbergh, eran responsables del derrumbamiento de Alemania después de la guerra. Dicen que en el período de la inflación los judíos se hicieron dueños de un elevado porcentaje de las propiedades en Berlín y otras ciudades... vivían en las mejores casas, conducían los mejores automóviles y alternaban con las mucha- Les contaron historias sobre Dachau. Hablaron con Wilfrid Israel, dueño de una empresa de decoración, quien dijo que probablemente iban a matarle a tiros antes de diez días Hoy seré profeta- -dijo Hitler- Si los judíos consiguen que las naciones se precipiten a una guerra mundial, el resultado será ¡el aniquilamiento de la raza judía de Europa! chas alemanas más bonitas. Era el 7 de enero de 1939. Stefan Zweig estaba en una agencia de viajes de Londres. Había en ella cincuenta refugiados, en su mayoría judíos. Un hombre agotado, de pelo canoso, dijo que le parecía que Haití y Santo Domingo aún aceptaban solicitudes; otro hombre había oído decir que Shanghai era una posibilidad. Como su visado de tránsito había expirado, debían irse- -escribió Zweig- irse con esposa e hijo a comenzar de nuevo, a hablar una lengua nueva, a una gente a la que no conocían y que no quería recibirles. Hitler agitó un dedo en el estrado del Reichstag. Detrás de él se encontraban Hermann Göring, presidente del Reichstag, y varios notables. Detrás de Göring había una enorme águila iluminada desde el fondo, con las alas extendidas, y cortinas en abanico, estilo boudoir, detrás de ella. Dos emblemas con la esvástica colgaban a derecha e izquierda del estrado. Hitler vestía chaqueta cruzada y corbata. Hoy seré profeta una vez más- -dijo Hitler- Si los financieros judíos internacionales, dentro y fuera de Europa, consiguen que las naciones se precipiten una vez más a una guerra mundial, entonces el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de los judíos, ¡sino el aniquilamiento de la raza judía de Europa!