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19 4 09 HORIZONTES Ciudad del Cabo abo La nueva Suráfrica de surferos, sus animados mercadillos y sus barrios remozados TEXTO Y FOTOS: MANENA MUNAR or una ventana minúscula de su exigua celda, Nelson Mandela pasó años atisbando el patio amurallado de la cárcel sin poder adivinar que tras él se encontraba el horizonte azul y la montaña bautizada como Table Mountain muy cerca del que en tiempos se llamó Cabo de las Tormentas, por los fuertes vientos que lo azotaban, el cabo más redondo de la tierra según Francis Drake o, finalmente, Cabo de Buena Esperanza a cuyo resguardo nació Ciudad del Cabo. En los casi dos decenios que pasó en la isla de Robben, haciendo jogging en su celda número 5 de apenas dos metros cuadrados y preparándose para un futuro político que transformaría radicalmente la vida de su país, Mandela no podía imaginar cómo al cabo de los años cambiaría la fisionomía de Robben. Esta isla carcelaria, antigua leprosería y manicomio, adquiriría un aire renovado después de que la prestigiosa cadena sura- Aún no se han borrado las huellas del apartheid pero la ciudad gana día a día un aire más moderno y cosmopolita, ideal para sus playas P fricana Sun International abriera The Table Bay hotel de cinco estrellas considerado el mejor de Suráfrica por las revistas Celebrated Living y Conde Nast Traveler situado en un enclave excepcional. Al fin el sombrío horizonte que delimitó la estancia en la cárcel de Mandela se liberaba y se abría a una vida más placentera. Ciudad del Cabo nació en 1652 como puerto de paso en el extremo sur de África para los barcos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Es una ciudad alegre, de clima benigno, con una luz radiante que se matiza en torno a Table Mountain montaña tutelar de la urbe a cuya cima se puede subir en funicular. Desde aquí se disfruta de una visión panorámica de los muchos atractivos de la ciudad: sus playas redondeadas de blanca arena, las suaves colinas envueltas en una niebla perpetua que se funde con el paisaje, la isla Robben de infausta memoria y el estadio recientemente construido en el que se disputará la semifinal Las coloridas casas del barrio de Boo Kaap de la copa mundial de fútbol de 2010. Cuando el país se dispone a celebrar sus cuartas elecciones democráticas tras el fin del apartheid Ciudad del Cabo presenta un aspecto amable, donde aún queda mucho por hacer para consolidar la convivencia y la igualdad, pero donde también es posible albergar la esperanza de que Suráfrica aprenda a superar ese penoso pasado en el que un 12 por ciento de la población explotó y humilló al 88 por ciento restante. El aire está impregnado del olor del fynbos (arbusto magnífico, en lengua afrikáner) que puebla los jardines y los campos de tierra roja de Suráfrica. Es un aroma muy especial, quizás sea la más inefable seña de identidad del país. Además, pinos de tipo mediterráneo bordean la ciudad y abundan los puestos de flores entre las que abundan las proteas flor nacional que adorna las calles de Ciudad del Cabo. Esta es una metrópoli relativamente pequeña, pero de una rica y abigarrada mezcla arquitectónica que bien puede hacer gala de la naturaleza multirracial que la ha conformado. En el barrio musulmán de Boo- Kaap, se alza la mezquita de Auul, construida en 1798 por musulmanes traídos a Ciudad del Cabo desde Malasia, Indonesia