Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE sangre, a Victoria le gustaba el sol. Al mes le gustaba Velázquez. A los dos meses le gustaban los piropos. Y al año decía desgarros madrileños, aprendidos del Rey, que cobraban en su acento, todavía británico, la gracia de un rayo de sol cuando penetra, como una cuchara de oro, en el puré de la niebla londinense. Pero la escuela del dolor siguió trabajando su alma y su vida. Parte del país la trató con celos y achares de cruel enamorado. Todos los españoles han visto la fotografía de la Reina, camino del destierro, dando a besar su mano a un grupo exiguo y fiel: sentada sobre una piedra del Guadarrama, a la vista del El Escorial. Fue su último trono español. Y en él sigue inconmoviblemente sentada. Roma o Lausana se volvieron para ella Sevilla, Madrid, Castilla o Navarra. Cuando su hijo Juan, Príncipe entonces, fue a abrazarla antes de salir para España, donde quería unirse a la defensa de la libertad, sus palabras fueron como tantas que se pronunciaron en los hogares de Estella, de Medina o de Córdoba: Hijo, cumple con tu deber. Los hombres, a luchar. Las mujeres, a rezar Al decirlo, la Reina había ascendido a la suprema y gloriosa indetermi- nación popular de cualquier madre Y desde entonces, diríamos con ritmo evangélico, Victoria crecía en españolidad, en maternidad y en Realeza. Tuve el privilegio de leer algunas cartas íntimas que la Reina, al morir Alfonso XIII, escribió a la que fue aya de su nuera María de las Mercedes, en Sevilla: Irene Rubín de Celis. Eran otra vez cartas de cualquier madre Nos queda el consuelo de su muerte ejemplar Todo lo que sufrió lo ofreció por España La cara se le llenó de gozo cuando llegó, al fin, el anunciado manto de la Virgen del Pilar Todos saben que aquel día, en su cuarto del Gran Hotel de Roma, el Rey respiró, con el oxígeno de su última disnea de cardíaco, una enorme cantidad de España. Pero es preciso recordar que también en un rincón de ese cuarto una española inglesa, como la de Cervantes, se ponía en fila para marchar detrás de tantos pañolitos negros y tantas negras faldas rítmicas, en la doliente procesión de las viudas de España. Victoria Eugenia, sin aceptar la complaciente licencia de Lope, se buscó otro oficio fuera del de hermosa criatura blanca y rubia. Yo la vi, hace poco, en los días de la boda de su nieta Pilar, pasar por un salón del hotel. No andar que es ejercicio de pura traslación utilitaria; no desfilar que es como un artificioso diálogo mímico entre alguien que es espectáculo y alguien que es espectador, sino pasar que es un arte sereno por el que una figura logra la esbelta ocupación del propio vacío de emoción y respeto que ella misma, para sí misma, se fabrica. JOSÉ MARÍA PEMÁN De izquierda a derecha. La Familia Real en el bautizo de María de las Mercedes (1911) en primera fila, tercera por la izquierda, Victoria Eugenia. La Reina sostiene en sus brazos a Don Juan (1913) En su salida de España el 15 de abril de 1931, Doña Victoria Eugenia hace un alto en Galapagar donde se despide de sus leales. Atentado contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda.