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19 4 09 ASÍ LO CONTÓ ABC 15 DE ABRIL DE 1969. Hace cuarenta años moría Doña Victoria Eugenia, mujer de Alfonso XIII, en el exilio de Lausana. En el despliegue informativo hecho por ABC en tal ocasión, se publicó la siguiente semblanza escrita por José María Pemán de aquella Reina venida de Inglaterra, pero enseguida española hasta la muerte Una Reina muy española egún la melancólica balada de Heine, el pino del Norte suspira por la palmera del Sur... Pero existen momentos excepcionales en los que el pino recaba la iniciativa del idilio; y es la palmera la que, inclinando hacia el Norte tronco y palmas, cobra figura de enamorado rendimiento. Cuando España conoció las primeras fotografías de la Princesa Ena, que iba a casarse con su Rey, se produjo esa irrupción irreprimible del Norte. Las criaturas blancas y rubias poseen para la solidez morena bética o celtibérica prestigio de maravillosa irrealidad. Es la atracción del romancero carolingio. Melisenda e Iseo eran criaturas rubias. Como lo son los ángeles y las hadas. En el espectro o arco iris hispano la franja última exterior, frontera de lo celestial, sólo se concibe en la gama dorada. Pero era preciso que la novia rubia y blanca, tan líquida y celeste S de ojos, cuajara en solidez de esposa y Reina; se redimiera de todo lo huidizo y etéreo. Porque la morenez del Sur se toma sus desquites frente al primer deslumbramiento del Norte rubicundo. La inglesita de Los sobrinos del Capitán Grant tenía listo su adjetivo de pavisosa para cedérselo a todo lo británico. Lope de Vega, sensual y moreno, había escrito: Notable oficio es la hermosura, y a quien Dios se la dio no busque otro Pero esto es demasiado esteticista. La novia hermosa y rubia que venía a España sabía que tenía que ejercer otro oficio. Sabía que no estaba todo hecho con retratarse, deslumbradora de belleza, sobre un caballo con uniforme de húsar de Pavía. Y precisamente el oficio y milagro de la Realeza está en su poder de identificación con las tierras hijas donde se reina, con desprendimiento de las tierras madres donde se nació. El posesivo su país tiene un régimen distinto en la sintaxis de la Realeza. ¿Acaso es ya alemán el duque de Edimburgo? ¿Acaso lo fue la Reina que madreaba las soleadas tierras de Pericles? Y tanto más cuando se trata de España: tierra de las celosas asimilaciones enamoradas. Tierra de las segundas naturalezas: de Grecos toledanos y Colones onubenses. ¿No es el Parque de María Luisa paisaje tópico de abanico con ser jardín francés de Forestier? Los Orleáns y los Montpensier, ¿no son tan sevillanos como aquel torero o aquella cantaora? ¿No son ya las cafeterías americanas tan chulaponas y madrileñas como la Bombilla? España es tierra que tira para sí. Y Victoria Eugenia se dejaba tirar de la mano, que no había entregado a un novio, sino a un pueblo de una Historia. Y España la probó en el dolor. Manchó de sangre su vestido de novia. Fue un momento de peligro. Pero el proceso de españolización de Victoria no se detuvo ni hizo crisis: porque tenía al lado al Rey Alfonso, máximo profesor de regeneracionismo, estilo 98, que desde el primer instante supo trasladarla a la España posible que él quería alcanzar. Desde el primer día Victoria, como su marido, empezó a amar a España. No porque no le gustara, como el exigente político joven, sino porque, a pesar de todo, le gustaba. Al día siguiente de sus bodas de