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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE DE MI BITÁCORA La OTAN no lucha por las mujeres POR EDUARDO SAN MARTÍN egresamos a marchas forzadas desde el furor misionero de los neoconservadores americanos a la realpolitik de la guerra fría. Al menos en lo que concierne a Afganistán y a esa guerra global contra el terror que ya no es tal de acuerdo con las instrucciones que han recibido los escritores de discursos de la nueva administración. Y esa vuelta atrás plantea en toda su crudeza la cuestión de qué es lo que defienden entonces los ochenta mil soldados estadounidenses y de la OTAN destacados en el país del Hindu Kush. Después de siete años de lucha, la opinión pública de Estados Unidos y Europa se merece claridad acerca de nuestros objetivos bélicos en Afganistán. No luchamos por los derechos de las mujeres. Luchamos para impedir que ese país de convierta de nuevo en una base para ataques contra occidente Quien esto escribe, para escándalo de tantos colectivos sociales occidentales indignados con la nueva ley que impone a las mujeres chíies afganas la esclavitud R sexual, no es un reaccionario machista. Se trata del columnista jefe de política internacional de Financial Times, Gideon Rachman. La del destacado comentarista británico no es una pirueta en el vacío, propiciada por esa tendencia a la extravagancia tan común entre los escritores de las islas. Encuentra un soporte sólido en la lógica de la nueva estrategia americana para Afganistán- Pakistán, anunciada por el presidente Obama hace un par de semanas. Una estrategia de salida que renuncia al utópico objetivo de instalar una democracia occidental en un país imposible, lacerado por señores de la guerra, traficantes de opio y gobiernos corruptos. Y apuesta, en cambio, por el más modesto de estabilizar el país, al precio político y social que ello cueste a la población afgana, para impedir, como recuerda Rachman, que el país siga siendo una plataforma de agresiones contra nosotros. El cinismo que rezuma esta nueva realpolitik se intenta enjugar con el propósito proclamado de presionar sobre el protegido Hamid Karzai para que, al menos mientras lo sigamos sosteniendo, impida la aprobación de esas leyes inaceptables. No con nuestra pasta. Estaría bueno. Otra cosa es lo que hagan quienes dejemos allá cuando, cumplidos los nuevos objetivos, las tropas occidentales se retiren de Afganistán. Hay modernizadores y gente valiente dentro de la sociedad afgana que lucharán por los derechos de las mujeres después de que la OTAN se haya retirado. Pero... no puede haber garantías de que los modernizadores vencerán concluye Rachman. Más bien las garantías son de lo contrario. Y lo sabemos. Porque, entre otras cosas, la nueva estrategia contempla también pactar con los jefes tribales que impulsan la aprobación de esas leyes. Pero, ¿no se trata de algo que sucede todos los días en la muy leal Arabia Saudí? Realpolitik. En Europa, polacos, húngaros o lituanos conocen bien lo que ese término significa. El tigre blanco as elecciones son un milagro en la India. Desde su independencia, hace ya sesenta años, nunca se ha interrumpido el rito de la convocatoria a las urnas. Sólo en algunos periodos de l gobierno del Partido del Congreso de Indira Gandhi, el país se asomó al despeñadero de las autocracias, otra de las consecuencias no deseadas del L reparto de poder de la guerra fría. Y ello, en un país con una población equivalente a la de treinta Españas, con decenas de religiones, centenares de lenguas, miles de señores feudales y un sistema de castas que condiciona aún la vida de decenas de millones de indios, nos reconcilia con un sistema que, en palabras de Churchill, sigue siendo el peor de los conocidos, con excepción de todos los demás Pero la celebración en que c onsisten una nuevas elecciones indias no nos debe confundir sobre la realidad de uno de los países que está llamado a emerger como una de las nuevas potencias mundiales después de la crisis. A quienes la película Slumdog millionaire les parezca una fantasía destinada al consumo de espectáculo, les recomiendo la novela Tigre blanco del ganador del premio Man Brooker del año pasado, el periodista indio Aravind Adiga. Un relato trepidante, cruel, pero revelador. Al final, el protagonista expresa su envidia por los vecinos chinos. No tienen democracia, pero sí una burocracia entrenada en la administración del estado desde hace tres mil años y una población disciplinada y con una ética de trabajo. Nosotros, europeos que no estamos obligados a elegir, no podemos entender el dilema que abruma al protagonista del libro. Y a centenares de millones de indios. www. abc. es blogs san- martin