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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA La gente, los perros, los geranios POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE L o normal es morirse sin conocer gran cosa ni de uno mismo ni de los demás. Con dedicación, uno acaba conociendo a su perro, a su geranio, incluso a sus sillas, sus mesas o sus toallas de baño, pero al ser humano, conocer, lo que se dice conocer, no se le llega a conocer nunca. Uno va por una calle de cualquier ciudad, una calle concurrida, y en un golpe de audacia o de desvergüenza se atreve a gritar, por ejemplo, la palabra TONTO... Tras ello, será incapaz de contar a todos los que de manera espontá- nea se habrán vuelto a mirarlo. Y digo tonto, por decir algo suave; pero si alguien se decide a gritar calificativos más sustanciosos, como chulo, asesino, ladrón o pederasta, el resultado será igualmente asombroso. Hay que pensar, lógicamente, que no todos los que se vuelvan a la llamada han de ser tontos, y mucho menos asesinos o pederastas, pero el caso comprobable es que oyen la voz y responden al menos visualmente, en un acto de involuntaria confesión: ¿es a mí? Este experimento temerario (y que no se lo aconsejo a nadie, pues sus consecuencias son imprevisi- bles) ha de estar luego acompañado de una mínima voluntad de análisis: ¿por qué han de responder al estímulo personas que nada tienen que ver con esas acusaciones tan directas e inequívocas? La conclusión a la que yo, y probablemente cualquiera, llega es que quien se vuelve a semejante llamado es: por inseguridad ¿seré yo tonto? por curiosidad (a ver quién es el tonto) o por un enfermizo animus belli (alguien busca pelea y yo no pierdo la ocasión) Tal vez haya otras razones, pero ahora no doy con ellas. Y en este paisaje, en esta calle concurrida o en este cuadro psicológicamente interesante hay un tercer personaje aún más sugerente y atractivo para el análisis: aquel que va caminando con otra persona y al oír el exabrupto le dice con aplomo sibilino al acompañante: ¿Has oído? creo que aquel tipo te está diciendo algo Y no es fácil estar armado y defenderse contra eso, lo digo por experiencia: el otro día iba con un supuesto amigo y me llamó (sin decírmelo) majadero porque alguien lo gritó en la calle. Como era previsible, reaccioné de la manera más humana y absurda: le pedí explicaciones al tipo indebido, al que no conocía y al que no se había dirigido a mí. Tras el desconcierto, conseguí llegar horas después a un corolario ya muy sabido: cuanto más trato a la gente, mejor entiendo a mi perro... o éste otro que viene a decir algo parecido: a medida que me voy conociendo, más empeño he de poner en regar mis geranios. Y este desmesurado preámbulo es lo que antecede al meollo del artículo. Voy a ello: hoy es el día de hablar de la nueva ministra de Cultura, Ángeles González- Sinde, pero lo más sensato será esperar hasta que mi perro se orine en los geranios. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Estadística y metafísica POR XAVIER PERICAY S oy profesor ambulante de metafísica Así es como se define, nada más empezar la obra, el protagonista de El diario de Hamlet García la muy estimable novela de Paulino Masip. Y para que nadie se llame a engaño sobre la naturaleza de su oficio, añade a continuación: Mi profesión me proporciona honra suficiente y provecho escaso. Ambos me bastan No parece ser este el caso de otro profesor de metafísica, a quien el presidente del Gobierno acaba de nombrar ministro de Educación. Y digo que no parece ser este el caso porque Ángel Gabilondo lleva ya muchos años perseverando en su afán por labrarse un nombre al margen de la que se supone sigue siendo su especialidad. Lo cual está muy bien, claro. ¡Sólo faltaría que la gente no pudiera dedicarse a la cosa pública con independencia de lo que haya estudiado! No, lo que me inquieta no es esa duplicidad, sino el poso que siempre acaba dejando la profesión. Cuando uno es metafísico es metafísico, por mucho que se dedique a regir una universidad, a presidir una conferencia de rectores o a dirigir un ministerio. Y aquí está el problema. Por más vueltas que le doy, no acierto a relacionar la estadística con la metafísica. La antigua ministra, al menos, era historiadora, y los historiadores suelen entender de porcentajes. Pero los metafísicos... Y es que, hoy en día, a un ministro de Educación no le interesan más que las estadísticas. Da igual que nuestros jóvenes no sepan hacer la o con un canuto; lo importante es que exista un porcentaje suficiente de españolitos de determinada edad que cumplan con su deber. Y ese deber, lejos de consistir, como antaño, en acreditar unos conocimientos- -sin los que era imposible imaginar siquiera que uno pudiera pasar de curso- se reduce en estos momentos a no abandonar las aulas. A seguir estudiando, en una palabra, después de la etapa obligatoria. De ahí la eliminación por decreto de cuantos obstáculos se oponen a dicho objetivo, empezando por las notas y los exámenes, y de ahí el intento de flexibilización- -frustrado por el Supremo, a Dios gracias- -del Bachillerato. Y, aun así, estamos como estamos. Es decir, en el 31 Nueve años atrás, el Consejo de Europa reunido en Lisboa se fijó como meta para 2010 un abandono escolar cercano al 10 España se hallaba entonces en el 26 Ahora, cuando quedan tan sólo unos meses para iniciar el último año de la década, ese porcentaje, lejos de haber disminuido, ha crecido cinco puntos. Aunque, bien mirado, quizá no haya sido tan mala idea el nombramiento de Gabilondo. Al fin y al cabo, ¿qué puede hacer, en tal tesitura, un presidente del Gobierno sino encomendarse a un profesor- -ambulante o no- -de metafísica?